Nueva aventura

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¡Bienvenidos a mi blog!

Me llamo Lorenzo Fernando Strukelj; en Eslovenia soy Lovro Štrukelj.

Nací en la Patagonia Argentina el 14 de Abril de 1954 y hace casi ocho años que vivo en Eslovenia, tierra de mis padres (en la foto, estoy en Kranjska Gora, muy cerca de la frontera tripartita Austria-Italia-Eslovenia, el pueblo de mi abuelo paterno).

Toda mi vida he escrito, aunque he publicado poco; tengo algunos premios literarios, locales, nacionales e internacionales, tanto en prosa como en poesía ("El poeta desconocido", cuento, premio Círculo de letras C. Riv, Argentina - "Capricho borgeano", poesía, premio nacional Diario Crónica, Argentina - "El ignoto castillo del Sur", cuento, premio recibido en Punta Arenas, Chile...).

En la vida me han interesado muchas cosas.

He trabajado en teatro durante más de 20 años.

Canté en diferentes coros y conjuntos musicales (con "Los sí" ganamos un concurso regional de la canción blanca en Viedma, Río Negro).

Hice un curso de realización cinematográfica de un año de duración y realicé dos cortometrajes.

Milité en política durante años (MID, Justicialismo). En Eslovenia milito en el partido Nova Slovenija (Nueva Eslovenia) y actualmente soy candidato a concejal por la Municipalidad de Cerklje na Gorenjskem.

En fin... habría muchísimo más que contar; lo voy a ir haciendo a lo largo del blog, mezclando hechos actuales y vivencias pasadas, con una buena dosis de mis creaciones literarias en cuento y poesía.

Ojalá despierte el interés de algún lector; si alguien disfruta aunque sea un poco leyendo mis escritos me siento compensado.

Así comienzo esta nueva aventura de publicar mi blog.

Como decía Neustadt: no me dejen solo (!)

Lo que nos queda cuando la vida nos quita todo

http://lorenzostrukelj.blogdiario.com/img/Alexayyo.jpg Hola!

Aquí estoy con mi hija Alexandra. La llamamos Alexa.

Es todo lo que tengo. Es mi amor, mi orgullo, mi compañía, el objeto de mis pensamientos, la meta de mi ternura.

Después de esta laaaarga enfermedad en que perdí todo, vuelvo a las fuentes, a la esencia, para corroborar qué es lo que en realidad tengo y no puedo perder aunque pierda todo.

Lo único que me queda después de que perdí todo. El amor incondicional, infinito.

Gracias a la vida, gracias a Dios, por este regalo.

¿Perdemos lo que perdemos?

Hablaba recién de lo que no perdemos cuando perdemos todo.

Hablaba de mi hija Alexandra.

Pero hay también otras cosas que no perdemos.

Veamos.

Cuando buceamos en nuestro fuero interior en búsqueda de lo trascendente, de lo que significa para nosotros este viaje por la vida, nos encontramos con algunas cuestiones básicas, que suelo concretar en tres preguntas básicas:

- ¿Qué quiero ser?

- ¿Qué quiero tener?

- ¿Qué quiero hacer?

 

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Puedes perder lo que tienes (éxito, dinero, amigos, familiares, pareja).

Puedes perder la capacidad de hacer lo que hacías.

Pero no puedes perder lo que eres.

Por eso, trabaja sobre lo que quieres ser. Trata de acercar lo más que puedas esa imagen de lo que quieres ser con lo que en realidad eres.

El ser incluye el cómo eres (amable, simpático, generoso... aburrido, amargado... engreído, irritable... inteligente, informado, interesado en lo que pasa y en los demás... despótico, humilde, sumiso, servil, decidido, miedoso, culto, urbano, soez, refinado... - somos tantas cosas en uno).

En conclusión: no se pierde lo que se es y no se pierde el amor de los seres queridos (aunque mueran, el amor continúa así como la vida, camino de la trascendencia).

La violencia que queda

Después de las dos sangrientas y mundiales guerras del siglo pasado, casi todos estábamos convencidos de que la humanidad, luego de tanto y tan feroz sufrimiento, renunciaría para siempre a las guerras, a la violencia como arma para imponer derechos, ideas, formas de interpretar el mundo y concebir la vida.

Pero hoy, con dolor, vemos que nada hemos aprendido.

Los conflictos armados brotan como hongos por todo el orbe.

Los Israelíes con sus proyectos hegemónicos, con su activismo sionista...

Los Arabes fundamentalistas con su guerra santa...

Juntos, convierten la "París de oriente" en un cementerio, un basural y un montón de escombros.

Los Estados Unidos con su manera de arreglar las cosas al estilo Far-West...

Europa que se avergüenza de su tradición cristiana, que debería traer consigo amor, perdón, fraternidad...

Regímenes como el de Cuba, que siguen torturando, desapareciendo personas, haciendo un culto de la personalidad de un personaje patológico...

- el capitalismo, que no incluye en el haber del capital planetario la vida, cuando no conviene a sus negocios;

- el comunismo, que desprecia la vida de quien no es amigo del régimen;

- el islamismo, que desprecia la vida de quien no adora a Dios al modo islámico;

- el sionismo, que sólo sabe medir el sufrimiento de su propia gente, pero no el que él mismo produce;

- las tiranías de países pobres con gobernantes ricos, dueños de la vida y los bienes de todos;

- las republiquetas que no pueden garantizar estándares mínimos de dignidad...

Un mundo lleno de basura. Un basural lleno de inmundicia. Una inmundicia llena de egoísmo.

 

New York y la guerra santa,

Madrid y la guerra santa,

Buenos Aires y la AMIA,

La espada demente de oriente,

Las víctimas y el dolor…

El mundo se va de madre

¡La madre que los parió!

 

 

Y seguimos descendiendo. ¿Hasta cuándo?, ¿hasta dónde?

¿Hasta que nos destruyamos nuevamente y haya que comenzar de nuevo?

¿Como Europa después de la guerra?

 

Extasis de muerte (Srecko Kosovel, Eslovenia)

 

(traducción: Lorenzo F. Strukelj)

 

¡Todo es éxtasis, éxtasis de muerte!

¡Oh, torres doradas de Europa, decadente!

Oh, cúpulas níveas  (¡éxtasis total!)

Un hirviente caldo de rojos es el mar.

Se embriaga de ocaso con el sol que muere,

El hombre europeo, ya muerto mil veces.

- Éxtasis total, éxtasis letal. -

 

 

Qué bella imagiono la muerte de Europa,

Cual reina en oropeles, rodeada de pompa

Yacerá en la oscura tumba de los siglos;

Morirá en silencio como si cerrara

Sus dorados ojos, una reina anciana.

- Éxtasis total, éxtasis letal. -

 

Una nube púrpura y ardiente en el ocaso,

(El último rayo de luz para Europa)

Baña de sangre mi hastiado corazón.

Y ya no queda agua; no hay agua en Europa

Y ya bebemos sangre los hombres de estos días,

Sangre de unas nubes dulces y tardías.

- Éxtasis total, éxtasis letal. -

 

Recién nacido, ya ardes en las llamas del final,

Los mares están rojos, colmados de sangre,

Los lagos, sin agua, son lagos de sangre;

No hay agua que lave las culpas del hombre,

Su sucio corazón; que limpie su nombre.

No hay agua que sacie la sed devoradora

De una nueva vida y una fecunda aurora.

 

Ya todo es ocaso y no habrá mañana

Hasta que no muera el último culpable

De tamaño crimen

Y no quede nadie…

 

¿También sobre esta tierra, sobre ésta también,

Arrojarás ardientes, sol del ocaso,

Tus rayos letales? ¿Sobre ésta también?

 

Un sangriento mar, ardiente y postrero

Inunda la campiña, verde, vegetal…

Ya no hay salvación, criminal raigambre,

Hasta que no caiga el último mortal,

Hasta no caer también nosotros dos

Bajo el peso denso de este mar de sangre.

 

Y el sol derramará su rayo postrero

Sobre nuestro yerto cadáver europeo.

¿En qué creeemos, si es que aún creemos?

CREDO

 

Creo en lo invisible, lo visible y lo increíble

En lo material, lo impalpable, lo ignorado,

Lo apenas sugerido, lo prohibido, lo imposible,

Lo que está por venir, lo perdido y lo olvidado.

 

Creo en los proyectos, en la duda y la utopía,

La voz de la conciencia, los coros celestiales,

Las lenguas sin sonido y la telepatía,

Lo ignoto, lo sagrado y los irracionales.

 

Creo en una mano que nos guía, imperceptible

Y que señala todos los caminos a los ciegos;

Que insiste hasta llegar de lo trivial a lo indecible

Y que vela por la lista de oraciones y de ruegos.

 

En el misterioso cuerpo místico de Cristo

Y en el cuerpo etéreo nacido de la red;

Los dos nos comunican y viven sin ser vistos,

Despiertan en nosotros las ansias y la sed.

Una pequeña historia

 

Describe tu aldea

Y describirás el mundo

Describe el mundo

Y desnudarás tu alma

Desnuda tu alma

Y desnudarás el universo


I . El universo

 “En un principio era el caos;

“Las tinieblas cubrían el abismo…

Más tarde fue la luz, la mar, las flores,

Diversidad de seres y de amores.

Y, siglos después, más de lo mismo…

Así, querido amigo, en dos más dos.

Después, exhaustos ya los siglos,

Mi génesis y yo.


II – Yo

Y existo desde entonces yo, arrojado,

En esta simple historia,

Sin fuerzas, sin valor, como atrapado,

Sin pena verdadera y tan sin gloria.

 

En este cuerpo animado,

Alma encarnada y pasión de rojo,

Onomatopeya vital

De otros que le antecedieron,

Sólo veo carne nula

Que se pudre con el tiempo,

Que arrastra todo mi ser

Por el fango del olvido.

Se borrarán horas largas

Con el tiempo que no existe,

Que es un "ahora" eterno, inmóvil,

Como el ser.

Un puñado de nervios y sangre

Que acumula experiencias,

Que alimenta angustias

O finge dichas y lame hiel.

Hiel amarga de existencia,

De duras inexperiencias,

De inmadurez progresiva

De un siempre inmutable y cruel.

Con un tendal de vivencias

Putrefactas e inmorales

Ante los ojos mortales

De otra carne como yo:

Un cúmulo de fracciones

De amor y libertinaje,

De invencible ignorancia,

De negro hedor e impotencia,

De veleidad de poder.

Son los ojos de la carne

Que sólo son temporales

Y quieren ser radicales

En necias afirmaciones

Al auscultar las tinieblas

Pardas e indescifrables

Que mienten a la razón,

Factores de destrucción.

 

Y en la senda del seré,

Mis ojos perdieron el camino;

La rosa de los vientos se ocultó,

Otras manos forjaron mi destino.

 

Había bruma en mi ser dolorido,

Y era grito de angustia

Arrojado con asco,

Escupido al camino,

Para que en tu minuto de hueca humanidad

Se hiciera carne en ti;

Para que en ese instante de leve vacuidad

Se hiciera sangre en ti.

 

Había luz en mi día claro

Y era vida parida al azar,

Existencia iluminada,

Un camino hacia la esencia,

Para transformar tu carne

Y mirar conmigo el siempre.

 

¿Y por qué esta soledad

Que me carcome los huesos?

Osteoporosis del alma,

Socava mi fuerza y mi paz,

No me da quietud ni calma.

 

En una playa desierta,

Mil osamentas mortales;

Nubes negras en el cielo,

Olas de furia en el mar.

Y en mi cuerpo, hambre, sed…

¡Deshidratación brutal!

Gritos ensordecedores

Que el agua grita en las rocas;

Soledad desgarradora

De cadáveres humanos.

El cuerpo se desvanece…

Tiemblan sin fuerza las manos…

Ni un sol triste que me alegre,

Ni un pájaro que me cante,

Ni un corazón que me hable.

¡Soledad que vuelve loco!

Y mi cuerpo, enfermo y débil,

Va cediendo poco a poco…

Gris tristeza de una tarde

Sembrada de calaveras.

¡Incomunicación re-cruel,

Suplicio peor que el hambre!…

…En la playa triste y gris

Yace ahora otro cadáver.

III – Tu

Y entonces apareces de improviso

Cual Eva de un edén casi olvidado

Que, empero, regenera mis recuerdos,

Revive en mis entrañas el pasado…

Recrea mis vivencias y mis duelos,

Mis viejas frustraciones y mis sueños.

Lastima mis otoños con su ausencia,

Alegra mis mañanas con su risa,

Remueve mi letargo con su prisa

Desnuda mis pasiones y mi esencia.

 

Descubrí el universo en tus ojos.

¿Recuerdas esa aurora y esos rojos

Destellos tenues de tu tierna juventud?

El hecho es que tampoco tú te has ido

Y entonces el recuerdo me devuelve

Aquellos pobres versos dedicados

En un poemario breve y escogido:

“Nada son veinte

“Poemas de amor,

“Nada una canción desesperada.

“Cuando alguien quiere

“Como quiero yo,

“Todos los poemas no son nada.

“No es nada el libro ni nada la palabra

“Ni es nadie Neruda en este asunto.

“¿Por qué te regalo entonces yo esta obra?

“Porque sí; porque te quiero y punto.

Recuerdo que reíste y me besaste

Y yo gocé, feliz, de nuestro idilio.

Jamás imaginé que nuestros pasos

Pudieran ir camino del exilio.


IV – Nosotros

Todo comenzó,

Como comienza todo.

Luego, el tiempo me enseñó

Que es ése el único modo.

Vivimos días de dicha

Y siglos de hondo dolor...

Noches negras y cerradas

Y días de intenso sol...

Conocí tu vientre tibio

Y conocí tu traición...

El mar sabe de la calma

Y sabe también del furor...

Juntos contamos los días,

Las estrellas y los vientos.

Juntos hicimos los hijos,

Juntos les dimos consejos,

Juntos gastamos la vida...

Juntos llegamos a viejos.

 

Y juntos hicimos el mundo

Cargado de angustia,

Colmado de pena,

Que en ti se hizo grito

Y en mi se hizo guerra.

Y parí violencia.

Y nos destruimos.

Y ya no existimos

En aquel camino que tracé contigo.

Y fuimos violados.

Y ni en el recuerdo tenemos morada:

Fuimos olvidados

Y de nuestro paso ya no queda nada.

Ni una huella triste, marcada al pasar

De nuestra existencia gris, acelerada,

De nuestras ansias natas de dejar estela.

Y un pájaro yerto hoy se nos parece.

Y el segundo breve de la breve opción

Hoy desaparece,

Bajo las tinieblas de la oscura nada.

Sólo nos anima y late en nosotros

La leve esperanza de la redención.

A ti te debemos; a mi se me debe,

Esta triste destrucción.

Ya nada tenemos, ya nada sabemos.

Tan solo nos queda,

Esperar perdón.

 

V – Ellos (los otros, los lugares y las cosas)

Anduvimos el camino en soledad,

Pero en una soledad acompañada.

Estar juntos, codo a codo, en realidad,

Es muy frecuente que no quiera decir nada.

Estaban ellos, compañeros invisibles

De un camino de placeres y dolores,

Compartiendo silenciosos nuestras horas,

Las auroras y el perfume de las flores.

El cante jondo, Valle Inclán, Dalí, Picasso,

Serrat, Machado, Nuria Espert y algún pecado...

Buñuel, Gauguin, Sabina y Mallarmé,

Algunas dudas, Prešeren, Kosovel.

Venecia, Bled, Pidal, Pelayo, Lorca,

Tu vientre tibio y el juego de la horca,

Miguel Hernández, Prevert y el postre helado

Que preparabas, tan rico y esperado.

El costumbrismo español, el pan y el vino,

Mis padres, Heidi y Paco de Lucía.

Mi sueño en sol mayor, Bizet, Tchaikowski

Y los sabores que contigo compartía.

 

Y en larga procesión, estéril y fecunda,

Lugares, hechos, hombres,

Los héroes y las tumbas,

Fantasmas y demonios,

Lo incierto y lo sagrado.

La yerma Patagonia

 y el fruto del pecado.

 

Samuel Agnon, sus leyendas y sus nombres.

Vivaldi, Bach y el canto postergado,

Y vuelves siempre, Gauguin, hache de pé,

Con todo tu paquete de viviencias,

De cambios, de heroísmos y temores,

Suicidios fracasados, duda y fe.

Jugando con lo efímero y lo eterno,

Los planes y el vivir improvisado,

Lograste lo que pocos han logrado:

Gozar cual ciudadano del infierno.

No obstante el cruel infierno de tu vida,

Viviste tu arte a fondo y en plena libertad,

Esclavo voluntario de tu firme vocación

Igual que redivivo Cicerón.

Como un lobo salvaje sin collar

En este bosque, en esta selva singular;

Seurat, Van Gogh, Mallarme, Laval

Bebieron a tu mesa, frívola y frugal.

Tu amor por Vaitúa, tu amor por Tahití,

Tu amor por la vida, el amor y la bebida...

Ya se, ya se, Gauguin, el dolor no se va.

Ya se, ya se, Gauguin, sin sufrir no hay crear.

 

Uá maté, Gauguin, Ua peté énata

Uá maté, Gauguin, Ua peté énata

Uá maté, Gauguin, Ua peté énata

(Aún resuena hueco, lúgubre y final

Ese canto grave, postrero y fatal,

Como un eco triste de un pueblo olvidado

Que, una vez al menos, se ha sentido amado)

 

Tahití, con sus demonios, selvas y desnudos,

Patagonia, tierra estéril,

Patagonia, fin del mundo…

 

Y sigues siendo, terrón que me ha parido,

La tierra gris que llevo en mis entrañas.

No se si tu existir tiene sentido

O sólo es escenario de míseras hazañas.

 

Crecí, no obstante, oyendo cantos, cuentos,

Palabras, melodías y leyendas,

Viviendo fantasías e historias de la guerra

Contadas con pasión en otra lengua.

Y entonces con la leche

Materna, dulce, tibia,

Se cuela otra cultura por mis venas.

Es Europa que avanza despaciosa

Por los vasos capilares de otra tierra.

 

Canta, tierra, austral, desierta,

Odas de sangre retinta

Meollo de venas secretas,

Oasis sin agua ni vida.

Drusa incrustada en la piedra.

Oro negro bajo tierra,

Roncando en paz y silencio,

Génesis de crueles guerras.

Oro blanco bajo el cielo,

Terso, suave, lana al viento,

Deambulando, padeciendo,

Vagoroso en tus misterios.

Recorriendo laberintos

Intrincados, grises, secos.

Anduvieron, te pisaron

Duendes envueltos en sueños...

Aventureros sufridos

Viendo tus cien años nuevos

¿Imaginaron acaso,

A dónde tus pasos fueron?

 

¿Y a dónde fueron mis pasos?

¿Dónde me llevó la vida?

Disfrutando de espejismos,

Del manjar y la bebida

En una orgía sensual

Sin principio ni final.

Llegaron los Rolling Stones,

Los Beatles, Mozart, Pink Floyd,

Leonardo, Plečnik, Gaudí,

Tartini con su violín

Y un Ménart, canto y pasión,

Deep Purple, vida, emoción.

 

Amé ciento tres mujeres

En seis idiomas distintos.

Pagué caros los pecados

Dictados por mis instintos.

I love you, je t’aime, ti amo,

Y también Ich liebe Dich.

Piero y Jairo me cantaron,

Jetro Tull… y algún desliz.

Aún no cancelé la deuda

Y sigo pagando a diario;

No se terminan las hojas

De este, mi cruel calendario.

El mar mojó mi piel blanca,

Hubo caviar y champaña,

Largas noches sin dormir

Y hasta algún tiempo en España.

Surgieron nuevas ideas

Cual palomas de galera

Y revueltas de estudiantes,

Dolina, Bioy, Ginastera…

…El alma sigue sedienta

Y no hay quien pague la cuenta.

 

Y el mundo me llama y yo voy como Ulises,

A Ulises lo engañan, me engañan a mí.

En mi alma desierta no hay tiempo de dudas.

Como un vagabundo total, me perdí.

 

Anduve pregonando mi destino,

Nihilismo total de mi existencia.

Ausencia de soles,

Inanidad de estar en el camino.

Los bancos, las finanzas

Mi cuenta corriente,

Los brazos engañosos

De alguna hembra ardiente,

El trabajo y sus horarios,

Las revistas y los diarios,

Poblaron mis días

Y mis vanas fantasías.

Malgastaron mi tiempo

Sin ningún miramiento.

Llegué así, sin piedad,

A una edad

En que recién descubrí

Todo lo que olvidé,

Todo lo que perdí.

Y no es que me haya ocurrido

Sólo y tan sólo a mí.

Por lo que suelo escuchar,

Es error universal.

Y entonces,

Pretendemos recobrar inútilmente

Aquello que perdimos

Irremediablemente.

Y arrastramos esa pena tanto, tanto,

Que la llevamos hasta el mismo camposanto.


VI – Armagedón

Sueño con convertirme

En un animal alado

Y alejarme raudamente

De este suelo envenenado.

(Lalo de Pablo)

 

Y así vegetamos

Perdidos en un mundo

Que no nos da tregua

Ni pausa en la lucha.

Que no nos comprende,

Que no nos escucha.

Vivimos con temores,

 Con odios, con guerras.

La duda existencial

Se torna banal:

Perdemos la conciencia

Por simple subsistencia.

Preguntas sin respuesta,

Respuestas sin sentido,

Impuestos sin servicios,

Servicios no pedidos.

Batallas profundas

Libradas por en el alma;

Batallas frugales

Eternas, cotidianas,

Que opacan el hoy,

Que ahogan el mañana.

Cual aves rapaces

Regresan y anidan

Y nada nos dan

Mas todo nos quitan.

  

Pero en ese cruel camino, largo, ajeno,

No me ahorraron ni una pena ni un dolor;

Me bebí hasta el fondo la poción

Que me estaba destinada del veneno

De algún Hobbes con su amargo Leviatán:

Hombres lobos que en contienda sin final

Nos mordemos a matar o a morir

Para todos, finalmente, sucumbir

Los hijos abandonados,

La prédica cotidiana:

Cambio amor por condón,

Cambio dinero por paz.

Toma, hijo, a disfrutar

Y déjame descansar.

 

Descartes con su dualismo

De todo me hizo dudar

Y ni Sartre ni Camus

Arrojaron mejor luz.

Para colmo, vino Marx

A proponer soluciones

Y otros muchos diletantes

En opíparos salones

Que, apelando a mi idealismo,

Me hicieron tomar partido

En el proceso penoso

De crear un mundo podrido.

Y en la vereda de enfrente

No había opción ni elección:

El capital, el mercado

Y los pobres, estafados;

La bestia, que no descansa,

Atacaba de ambos lados.

 

New York y la guerra santa,

Madrid y la guerra santa,

La espada demente de oriente,

Las víctimas y el dolor…

El mundo se va de madre

¡La madre que los parió!

¿Es que tendrá que volver

El flaco eterno, barbudo,

Judío de Palestina,

Porque todos los demás

No hallamos la medicina?

 

Así se sumaba la ley natural

A la ley del hombre, cruda y demencial,

Haciendo al humano perder la esperanza,

Herido de hastío, cubierto de llagas,

Violado en su esencia, sin voz y sin alma.

Vejado, sin consuelo, sin gloria y sin cielo.

 

Y así todo termina en mar de conjeturas,

Dolor, ausencia, duelo, traiciones, soledad,

Pesar, contradicciones, mentiras sin piedad,

Heridas sin remedio, bravatas y bravuras.

 

Y fue, cada palabra, sin frutos pronunciada;

Cada gota de tinta, vanamente derramada.

Cada voz, todas las voces, a los puercos arrojadas

Cual bíblicas margaritas, mustias y deshojadas.

 

La ausencia duele y confunde.

El vacío sin retorno desespera y angustia.

Aun así, me pregunto por qué

Tanta impudicia y crueldad

En aras de explicar un destierro.

Y es que no fue el desamor,

Ni fue el inviolable destino.

Tampoco el consumirse al engendrar,

Sólo vaguedades y espejismos.

No fue una cobarde huída,

Ni un capítulo novel

De una búsqueda porfiada

Eternal, hueca, extraviada,

Sin sentido y hasta cruel,

Mera etapa procesal

De una existencia sin sal

Que busca darle un sentido

A lo pasado y vivido.

 

Fue sólo aquella idea alumbrada tiempo atrás,

Postrer y promisoria de secretos y penumbras,

Mil veces releída, repensada en secreto:

"... ¿y para qué ser poeta en tiempos de penuria?..." (*)

 (*) Hölderlin, en "Brod und Wein"

 

VII – Postrimerías

¿Y qué quedó de aquello que fuimos y vivimos?

¿Por qué se nos escapa la fiesta de la vida?

¿No existe ya esperanza para los que nacimos?

¿Hemos perdido todo o hay algo todavía?

 

Tan sólo la poesía

De Lalo de Pablo

Luchando su lucha

Entre Dios y el diablo:

“Mas la existencia del hombre

“Es una tendencia al Ser,

“Es un negar el olvido:

"Ser hombre es tender a Dios".

“Esperanza azul abierta

“A este rojo actual, finito,

“Limitado, impropio, impuro,

“Efervescencia de soles,

“Potencia de las potencias,

“Micrométrica por hoy;

“Aplastada por las guerras,

“Pisoteada por los hombres,

“Limitada por si misma:

“Negación de libertad

“Reina del libertinaje,

“Descalza, tullida, manca,

“Circunscripta, perseguida,

“Apoteosis de pasión.

“Pero hay una fuerza oculta:

"llegar a ser": LIBERACION.

 

De Pablo, cual profeta de los desesperados,

Encuentra su camino, resuelve su pasado,

Enciende una luz nueva que alumbra mi intelecto,

Concilia las afrentas, hedor de sangre y fuego.

No aquieta, sin embargo, las dudas de mi soma;

Me falta una vivencia total, definitiva,

Que en eclosión vital, cual santa parusía,

Inunde mi interior, aquiete mis hormonas.

 

Revolución profunda que integre mi existencia

Con todo lo que tengo de ciencia y de ignorancia

Y el todo universal, inacabable archivo

Que envuelve y delimita lo físico y mi esencia.

Hoy es hoy

Sé que parece un poco rara esta perogrullada.

Sin embargo, si comienzas a escribir "hoy es hoy" a las 11.59:58 pm, es probable que hoy ya no sea hoy al terminar la frase, si es que por hoy comprendemos el momento en que la iniciamos; y viceversa.

Me dirán que complico la cosa. Y es absolutamente verdad. En honor a aquel famoso principio: ¿para qué fácil, si se puede complicar?

La complicación es todo un arte, que algunos practican con encomiable éxito. A veces me ponen furioso, otras veces los admiro; a veces los odio, otras veces me divierten.

El arte de la compliación no está en las listas de las bellas artes, pero sí que es una de las más extendidas.

¡Viva la complicación!

Así de simple.

Otro ejemplo: yo me llamo Lorenzo Strukelj, sin embargo eso no es totalmente cierto, porque en realidad soy Štrukelj, pero como esa palabreja contiene una letra que no existe ni en el castellano ni en el inglés, entonces sólo puedo apellidarme así cuando estoy en Eslovenia.

Pero, por ejemplo, en el blog no puedo ser ni lo uno ni lo otro, porque existe otro carácter llamado "espacio", que no existe en el idioma "blog", entonces ahí tengo que ser lorenzostrukelj.

Por añadidura, en Eslovenia soy Lovro en lugar de Lorenzo...

¡Pucha, digo! ¡qué crisis de identidad! pero, sobre todo, qué complicación, ¿no?

Hasta... ¿hoy?

Homenaje a Borges

Dedicatoria

 

Hay tres poetas, en tres riberas,

Que me han saciado de arte:

 

En la del Rio de la Plata, el universal Jorge Luis Borges;

En la del Segura, el sufrido Miguel Hernández;

Y el genial France Preseren, en la del Sava.

 

Este es un homenje al primero de ellos.

El de los otros dos,

Aún está en el alma.

 

 

CAPRICHO BORGEANO

 

Me han dicho, Jorge Luís, que te has marchado

Y es bueno que yo sepa que no es cierto;

Morar en otro mundo, con los dioses,

No puede ser lo mismo que estar muerto.

 

El ostracismo estaba ya en tu mente

Cual rara pero firme vocación,

¿Por qué afanarnos, pues, inútilmente

Buscando a tu destierro explicación?

 

Hoy sabes ya quién fue tu tercer hombre,

Vagando por las ruinas circulares;

Hoy sabes de los números, los nombres,

Las tierras misteriosas y los mares.

 

Has muerto y sin embargo sigues vivo;

Te fuiste y sin embargo estás aquí...

¿Será que vida y muerte son lo mismo?

¡Curiosa ubicuidad la del morir!

 

Trelew, Junio de 1986

 

 

JUSTIFICACION DE UNA AUSENCIA

 

En la Helvecia eternal

-patria tan añorada-

se me ha muerto como del rayo don Jorge Luis

-pluma tan admirada-

(remedando a Miguel Hernández)

 

Génesis inevitable de conjeturas y desconcierto:

La muerte.

Puebla el error, empero, cada espacio conjetural.

Y así fue cada palabra vanamente pronunciada;

Cada gota de tinta vanamente derramada.

 

La ausencia duele y confunde.

El vacío sin retorno desespera y angustia.

Aun así, me pregunto por qué

Tanta impudicia y crueldad

En aras de explicar un destierro...

 

Y es que no fuel el desamor,

Ni fue el inviolable destino;

No fue tampoco el consumirse al engendrar.

Todas, aproximaciones y espejismos.

No fue una cobarde huída

Ni un nuevo capítulo de otra porfiada búsqueda.

Menos aún, una mera etapa procesal de la existencia.

 

Fue, simplemente, aquella luminosa idea

Alumbrada tienpo atrás

E innumerables veces releída y repensada en secreto:

"... ¿Y para qué ser poeta en tiempos de penuria? ..." (*)

 

(*) Hoelderlin en "Brot und Wein"

 

Trelew, Julio de 1986

 

 

LAS DOS PROFECIAS

 

Bettina, reina de Tracia,

A quien cantara Jorge en inspirado vuelo;

Realeza nueva, sin aristocracia,

Nacida en surco al horadar el suelo.

 

Mas Luís se empecinó en hacerte prosa

Sin importarle pronunciar tu nombre en vano.

Así nació su conocida glosa

En aquel libro, tan divino cual profano.

 

Es Borges quien, sacrílego pronuncia

Tu nombre sin temor ni miramientos.

No se cumplió la maldición que anuncia

El misterioso libro de los cuatro vientos:

 

El mora entre nosotros, no se ha ido;

La profecía, pues, no se ha cumplido.

 

Trelew, abril de 1986

 

 

QUERIDO JORGE LUIS

 

En dos cosas acertaste solamente

Y aún en ellas

No fue total tu suerte.

 

Fue verdad que volverías a Ginebra,

Pero fue antes

De tu pretendida muerte.

 

No estás en Recoleta,

Tal cual lo predijiste;

Y estás también allí,

Tal cual lo presentiste.

(Nadie puede decir

Que no estará en un lugar

Si no ha pensado antes

En estar).

 

¿Juego de palabras?

¿Adivinación y suerte?

... ¡Caprichos de la ruleta

En que giran vida y muerte!

 

Comodoro Rivadavia, Junio de 1994

 

El castillo del Sur

Pocas personas escucharon hablar de este castillo en el remoto sur de América; muchas menos aún son las que lo han conocido. Para ser más precisos, sólo tres mortales hemos gozado de tal privilegio en los últimos dos siglos. El príncipe indio y el baqueano que me llevaron hasta el lugar han muerto ya, por lo que creo ser el único conocedor de tamaña obra, atemporal y extraña. Esta amalgama de raras circunstancias es la que me impulsa hoy a revelar aquellos acontecimientos que me parecen a veces tan lejanos y, a veces, tan recientes. Siento casi como una obligación ineludible el dar testimonio de ello. Misteriosamente, esta sensación de deber se ha ido intensificando en los últimos tiempos y no puedo adivinar la verdadera razón. ¿O será que mis días también están llegando a su fin?

Uno de los encantos de la Patagonia es su virginidad. Si desplegamos el mapa, veremos dos larguísimos hilos laterales que la recorren de Norte a Sur, bordeándola por el Este y por el Oeste, por el mar y por la cordillera, con escasos nexos entre ambas: apenas un par de rutas demasiado distantes. Están también los caminos menores, invariablemente de tierra, y las huellas apenas recorridas por algún habitante perdido en sus entrañas sobreviviendo con sus ovejas. Pero aun asi, sumando todos los caminos, quedan extensiones inconmesurables que no figuran en ningún destino ni existe brújula que enseñe cómo llegar hasta allí.

En verdad, creo que este suelo estepario está menos explorado que la misma selva amazónica; la diferencia reside en que la selva es virgen por impenetrable y en cambio el desierto patagónico por simple destino de soledad: por esa condena que otorga la lejanía. Hay quienes sostienen que más que condena es una bendición y hay días en los que me incluyo entre ellos; hay días en cambio en los que creo todo lo contario y otros en los que sinceramente creo que ambos tienen razón y que, a su vez, ninguno la tiene. Y esto último es lo más probable.

Con el príncipe Llantén nos conocimos por obra de la casualidad, a pesar de que no creo en ella. Al baqueano, en cambio, lo buscamos durante mucho tiempo, pero el esfuerzo valió la pena. Realmente fue un valioso hallazgo.

Cuando nos internamos en esa mal llamada pampa, justo sobre el nivel de la meseta, se desplegó delante nuestro una interminable e imprevisible alfombra de variados matices que iban del gris al verde oscuro, con algunos puntitos amarillos y violetas pintados por las flores de la estación. No hay como la primavera para ensayar estas excursiones hacia las entrañas mismas de la estepa para disfrutar de ese colorido tan rico como sutil y que me figuro similar al que buscaron Gauguin y van Gogh cuando se afincaron en la luminosa Provenza. Como contrapartida, para que el idilio no sea perfecto, el viento golpea como en ninguna otra época del año.

Lo sorprendente es que, apenas alejados de los caminos trillados y las huellas preexistentes, el paisaje cambia tanto que uno llega a creer que se trata de un engaño. De pronto se abren cañadones que sólo diez pasos atrás eran isospechables; sierras de puntas afiladas, invisibles hace apenas cinco golpes de clepsidra; cuevas que parecen haber albergado a toda una civilizacion perdida en la memoria del tiempo. La flora y la fauna, cambiantes y de una variedad insólita, constituyen otro misterio no menos interesante. Juraría que las variantes orograficas y la riqueza de vida que descubrimos fueron un espejismo, si no confiara tanto en mis sentidos. Aun hoy me sigo preguntando si habrá sido real, aunque se perfectamente que lo fue. Desde la ruta he observado miles de veces ese horizonte indiferente y monótono, tratando de adivinar algo de todo lo que vi en aquel viaje, pero me resulta imposible a pesar de mi insistencia. Incluso desde el avión, desde donde pareciera que la visión es más rica y completa, no logré jamás una simple insinuación de la verdad, ni el más vago bosquejo que dé fundamento a mis recuerdos. ¿Pueden unos pocos pasos cambiar tanto la realidad? Sin duda que si; puedo dar fe de ello, porque yo anduve esos caminos con Llantén y el baqueano Sosa.

Sosa nos anticipó que no conocía el camino. Pero, en realidad, Sosa conocía todos los caminos: los que anduvo y los que no. Era baqueano de raza, de esos que, si le tapan los ojos y lo largan en medio de la estepa siberiana, en pocos minutos se las arregla como si hubiera nacido allí.

El camino que él decía no conocer, era el camino al castillo. Tampoco había oído hablar de su existencia. El único que tenía noticias era Llantén y, con vagas referencias, iba guiando al baqueano hasta donde podía. Yo, con mi escaso protagonismo, parecía ser el convidado de piedra, aunque en realidad era todo lo contrario, porque el príncipe indio me eligió para hacerme partícipe de su conocimiento y éste fue el único y real móvil del viaje.

Andábamos en silencio. Largas horas a caballo -o días, tal vez, cómo asegurarlo- y el tramo final a pie. Sólo escuchábamos el crujir de las piedras bajo nuestros pies y el silbido del viento entre las matas. Pero había momentos en los que el viento amainaba, entonces el ruido de las pisadas se hacia más vívido y se disfrutaba como una música honda, visceral y profunda. Cuando llegábamos a algún médano y desaparecía el ruido de las pisadas debido a la alfombra de arena, entonces el silencio se hacía infinito y total. Sosa y Llantén apenas ensayaban algún monosílabo de tanto en tanto. Yo, en cambio, no me atrevía a ultrajar esa paz desconocida e irrepetible ni siquiera con mi respiración. Era un éxtasis digno de ser vivido.

Por trechos, nos acompañaban distintos animales. Creo que así debe haber sido en el paraíso terrenal, porque esas bestias mansas y apacibles parecían no haber experimentado jamás la agresión de un humano. Se nos arrimaban como perritos falderos y nos seguían hasta que se aburrirían, supongo, de nuestra insípida compañía, pero enseguida eran reemplazados por otros, como si se tratara de una marcha programada en la que unos entregaban a otros la posta.

El sol subía y bajaba dibujando paisajes distintos a cada instante: proyectando sombras, quemando arenas, desdibujando perfiles, pintando y repintando con distintos matices el paño de nuestra visión.

Nadie llevaba reloj ni almanaque, desagradables carceleros que suelen encorsetar nuestras ansias de libertad hasta el fin de nuestras vidas, de modo que solamente la subjetividad de los sentidos primarios daba algún orden a nuestros días.

Durante toda la marcha nos cruzamos sólo con un humano. Era indio y Llantén parecía conocerlo, ya que se trenzaron en un breve y cordial visteo, analogía de una armoniosa a la vez que viril danza, en la cual ambos demostraron ser diestros. Cambiaron apenas tres palabras y luego el extraño siguió su camino, veloz sobre su brioso potrillo dorado, que más parecía una flecha que un caballo. Después, volvimos a la rutina del camino silencioso.

Justo en el momento en que ya el ciclo del asombro comenzaba a agotarse para convertirse en monotonía, se produjo la gran sorpresa. El camino comenzó a cerrarse como en una quebrada cada vez más angosta y, de pronto, se alzó ante nosotros una arcada que parecía ser la puerta de acceso a un mundo totalmente distinto. Hasta el olor del aire cambió de repente. Llantén sonrió, lo que para su flemática personalidad equivalía a un grito desaforado. Se adivinaba en su rostro el disfrute anticipado de una victoria que se está por conseguir. No dijo una palabra; sólo señaló hacia el noroeste con el brazo derecho extendido y hacia allí nos dirigimos.

A poco andar, comenzaron a hacerse más altas las matas y también más tupidas. Ya nos costaba avanzar sin coleccionar rasguños y azotes de las abundantes ramas. Pronto tuvimos que dejar los caballos y continuar de a pie y con machete, como si estuviéramos en plena selva. Por suerte no fue largo el camino. De buenas a primera, nos encontramos ante un gran farallón que no se podía confundir con las altas bardas que bordeaban el profundo valle, porque su constitución era totalmente distinta. No me animo a decir que era piedra, pero tampoco era ninguno de los materiales de construcción hasta hoy conocidos. He visitado innumerables ruinas y castillos en la vieja Europa, pero éste era distinto. Llantén apoyó ambas palmas sobre la inmensa pared y levantó la cabeza apuntando a la cúspide de aquel muro. Luego, como si se tratara de un extraño rito de alguna ignota liturgia, bajó la mirada al suelo cayendo en un estado de éxtasis o profunda meditación, mientras su cabeza se mecía casi imperceptiblemente en un rítmico vaivén. Hizo una larga inspiración, se irguió y retomó la marcha sin decir palabra, esta vez bordeando el muro hacia la izquierda.

Con Sosa nos mirábamos cada tanto como queriendo adivinar cada uno lo que pensaba el otro. No sabíamos muy bien de qué se trataba, pero sentíamos esa especie de sobrecogimiento que se experimenta en los momentos en que está por suceder algo muy importante.

Llegamos por fin a una gran puerta y, a través de ella, a un inmenso patio interior. ¡Era imponente! Recorrer con la mirada los muros que nos rodeaban producía vértigo. Desde los huecos de algunas aberturas, volaron grandes aves que seguramente habían establecido allí sus nidos ante la falta de otros habitantes. El patio era atravesado por un hilo de agua que surgía cerca de la puerta y se perdía en una grieta en el otro extremo, entre dos grandes piedras que le oficiaban de marco. Jamás vi ojos más grandes que los de Llantén recorriendo cada detalle. Cara de asombro como la de Sosa tampoco vi jamás.

De pronto, semiescondida por unos matorrales algo más altos que el resto, descubrimos una entrada lateral. Aparentemente la vimos todos en el mismo instante ya que, como en un acto reflejo, nos abalanzamos sobre ella los tres a un tiempo; pero Llantén nos hizo una seña para que esperásemos donde estábamos y siguió solo. Extenuados, nos resignamos a obedecer y tomamos asiento sobre unas piedras que parecían haber sido colocadas allí a modo de invitación al descanso y a la pausa. No se cuánto tiempo esperamos, porque me quedé dormido, exhausto por el viaje y la emoción del descubrimiento.

Cuando desperté, vi a mi lado al baqueano. Me dijo que el indio seguía sin aparecer. Comenzamos a recorrer el patio; vimos otras entradas, ingresando en algunas de ellas, pero eran todas entradas muy obvias y ninguna tenía el misterio de la que fagocitó a Llantén. Descubrimos algunas galerías largas y espaciosas, otras más reducidas y algunas que se convertían en pasadizos casi infranqueables. Seguimos vagando largamente y aquello parecía no tener fin. Era como andar y andar sin llegar nunca al final. ¿Tan grande sería aquel castillo? La luz entraba por distintas aberturas a modo de ventanas, pero todas demasiado altas para que pudiéramos mirar a través de ellas. Hasta que, de pronto, vimos una que no estaría a más de un metro y medio del piso. Grande fue nuestra sorpresa cuando, al asomarnos, descubrimos que estábamos a una gran altura, desde la que divisábamos todo el valle y aun mucho más allá. En realidad, podíamos ver casi todo el camino recorrido en el largo viaje que nos había traído hasta allí. Pero, nos preguntábamos con Sosa, cómo podía ser que viéramos el camino tan lejano y sin embargo, cuando en él habíamos estado, no vimos ningún accidente en el horizonte que pudiera hacernos sospechar siquiera la existencia del lugar donde ahora nos encontrábamos. Nos prometimos desentrañar este misterio a nuestro regreso. Seguramente no habíamos mirado bien o algún velo nebuloso había censurado nuestra visión, pero a la vuelta observaríamos atentamente hasta descubrir cómo se veía el castillo desde la distancia. También compartimos la sospecha de que las galerías por las que habíamos caminado seguramente conformaban una gran espiral, sutil pero eficiente, ya que en ningún momento habíamos subido escalera alguna, antes bien, nos pareció caminar todo el tiempo en forma horizontal, llana, y de pronto resultaba que estábamos a una altura similar a la cima de una gran montaña, desde la que se divisaba una extensión casi infinita de territorio. Nos entretuvimos adivinando el lugar en el que habíamos dejado los caballos. No parecía lejos.

Permanecimos tres días con sus noches en el castillo, caminando casi todo el día; recorriendo galerías y habitaciones, conociendo pasadizos y recovecos, explorando grandes salones y pequeñas recámaras, incansablemente y sin parar. En los tres días no recuerdo haber estado dos veces en el mismo lugar, lo que me hace pensar que aquello era realmente colosal. Tampoco encontramos en todo ese tiempo a Llantén, ni pudimos volver a encontrar la entrada por la que se había introducido él en el castillo. Varias veces creímos verla, pero al acercarnos caíamos en la cuenta de que en realidad no era ésa la puerta del indio.

Como por arte de magia, al tercer día, Llantén apareció ante nosotros, sonriente y gozoso, más comunicativo de lo que lo recordaba y con una luz en la mirada que tenía algo de misterioso y celestial. Así y todo, no fue mucho lo que nos dijo. Lacónicamente narró algunas noticias que a él le habían contado sobre la historia del castillo y que involucraban a sus antepasados muy remotos. También nos dio algunas referencias vinculadas con distintos puntos del castillo y su orientación, mencionando alineamientos estelares y planetarios que no comprendí muy bien. De golpe, como si le atacara una imprevista urgencia, nos indicó la salida y hacia allí nos dirigimos.

El camino de regreso fue muy similar al de ida. Los mismos silencios, los mismos monosílabos, el mismo paisaje, el mismo crujir de las piedras. Con Sosa intentamos descubrir el castillo desde la distancia, de acuerdo a lo planeado, sin embargo todo intento fue infructuoso, como si un acto de prestidigitación lo hiciera invisible casi de golpe. Por un momento sentí el impulso de volver para verificar que fuera verdad, pero no me animé. Creo que a Sosa le pasó lo mismo. Llantén seguía callado, pero algo había cambiado en él. No sólo su mirada; hasta su piel parecía más lozana. Era como si hubiera rejuvenecido.

Cuando llegamos al punto en el que nos habíamos encontrado con aquel otro indio en nuestro viaje de ida, el príncipe nos hizo saber que allí se separaban nuestros caminos. La despedida no fue ni solemne, ni triste, ni alegre, ni nada. Parecía sólo un acto banal, sin ninguna importancia ni trascendencia. Apenas saludó, tomó la misma dirección que había tomado su hermano de sangre y desapareció de nuestra vista con la misma premura con que lo había hecho el otro.

Nosotros, sin salir de la sorpresa por la intempestiva despedida, desandamos el resto del camino, idéntico pero opuesto al de ida y, llegados a la ruta, también nos despedimos, prometiendo encontrarnos en algún momento en la ciudad.

Siempre viví con la idea de que volvería a ver a Llantén, pero no fue así. A Sosa lo vi un par de veces y conversamos sobre lo vivido en esos días, por eso estoy seguro de que fue real. Sosa murió hará cosa de un año, soñando con serpientes, pobre. Por el padre Antonio Mateos, un santo español que anda por entre las tribus y reservaciones de la cordillera, supe que Llantén también murió. Según el padre Antonio, Llantén era un iluminado. Y debió ser así, porque ya el padre Barreto me lo había dicho muchos años antes, cuando nos presentó. Algún día relataré ese encuentro.

Durante muchos años callé todo esto, por temor al ridículo. Me sentía como quien vio un platillo volador y teme ser tomado por loco. Pero últimamente comencé a sentir un impulso extraño y una necesidad de contarlo que me llevó a hacerlo tal vez en demasía. Lo sigo haciendo compulsivamente, sin poder contenerme. La gente me escucha; algunos no dicen nada y se quedan pensando. Otros sonríen con sorna, desconfiados y a un tiempo condescendientes para con mis delirios. Esas muecas de Mona Lisa son las que menos tolero; prefiero a los que, directamente y sin rodeos, me manifiestan su incredulidad. He pasado a ser un personaje extravagante y sospechado de cierta insanía.

Sin embargo esta historia, tan simple como maravillosa, fue real. Nunca me atreví a regresar al lugar, pero puedo dar su ubicación aproximada. Miles y miles de veces he repasado el mapa, rehaciendo mentalmente el camino andado hace ya tantos años. Para quien se interese en investigar la verdad de mis dichos o tenga inquietud por descubrir los secretos de una civilización que aparentemente nada tiene que envidiar a los mayas, a los aztecas ni a los egipcios, voy a dar una referencia que supera toda ambigüedad: si trazamos una línea recta imaginaria uniendo Camarones con Trevelín y otra similar entre Chimpay y Colonia Sarmiento, donde se produce la intersección de ambas, no estaremos lejos del lugar. En cuanto al camino a tomar, lo más indicado es, desde la Ruta Tres, internarse hacia el oeste en las inmediaciones del camino que lleva a Sierra Cuadrada; luego, buscar el punto indicado por las coordenadas antedichas. Lo ideal es ir en primavera, aunque en otoño debe ser también espectacular y asombroso.

En una estancia del sur

Mary tomó un par de hojas de heliantemo, las unió con algunas semillas de la misma especie e introdujo esa armoniosa mezcla verde amarillenta en una bolsita de tela también verde, pero mucho más intenso, con ornamentos rojos; luego ató todo con un cordón dorado y lo guardó en un rincón íntimo y secreto.

Aunque Mary vivía en la distante y marginal Patagonia, en una de esas desmesuradas propiedades llamadas estancias, todas las navidades repetía el mismo rito, continuando con la tradición de su madre, de su abuela y de quién sabe cuántas generaciones en la vieja Inglaterra; esto traería fortuna y prosperidad. También traería salud, ya que para los griegos el heliantemo estaba dedicado a Esculapio el curador y Mary, por ascendencia paterna, era precisamente griega.

Kazantzaki decía que no hay una sola gota de sangre griega antigua en los griegos modernos, pero el mismo Kazantzaki dijo y se desdijo de esto constante y alternadamente a lo largo de toda su vida; en todo caso el padre de Mary vivió orgullosamente en la conciencia de su origen, como si fuera el heredero único y universal de la Grecia clásica.

El marido de Mary, John Sykes, fumaba a un costado del hogar - en ese momento apagado, dado que en estas latitudes del mundo la navidad llega en verano - vacío y oscuro como una gran boca desdentada, abierta y de helado aliento. El humo de la pipa iba invadiendo la atmósfera con un atrayente olor a tabaco high quality, traído especialmente para "Mister John", como solían llamarlo, desde una exclusiva tabaquería londinense.

Marido y mujer, rara vez discutían de política; John era tory, mientras que Mary prevenía de una familia de whigs, profundamente arraigada a sus creencias y tradiciones.

Tampoco la religión era tema de debates. El era anglicano y ella católica conversa, a pesar de que el anglicanismo de John era mas bien proclamado y folclórico, dado que, como hombre paradigmático de esta nueva civilización, fruto y causa del progreso, oriundo del país donde se gestó la revolución industrial, consideraba como su deber y obligación el no sentirse atado a esas retrógradas fruslerías; adhería sólo a lo científico, a la manera tan propia de los últimos siglos, en que la ciencia se convirtió en una religión tan dogmática como aquellas a las que desprecia.

Pero, como ya he dicho, de todos estos asuntos hablaban poco o nada; con esa flema natural de los británicos, mas bien gastaban su tiempo ocupados en quehaceres, que no en vanos debates.

Había momentos de inactividad, como éste, pero aún en esos momentos predominaba el silencio. Aunque Mary no lo decía, disfrutaba de la callada y simple presencia de John, así como del balsámico aroma, profundo y amargo, que despedía su pipa.

En ese preciso momento, llegó Nahuel para interrumpir esa idílica paz hogareña con la novedad de que una inmensa manada de guanacos había invadido el campo en su paso hacia el sur y había secado todas las aguadas. Había que hacer algo con premura si se quería salvar la hacienda. Esta sed inagotable de los camélidos, sumada a la voracidad de los zorros y los pumas y a la crueldad de las extemporáneas heladas mantenían en una lucha permanente y desigual al abnegado poblador: lucha universal entre lo autóctono y lo implantado; lucha a la manera de David y Goliat, contra las siete plagas de Egipto y el monstruo de Tasmania juntos. Por suerte para la historia, estos pobladores eran esforzados gallegos, tanos y gringos, que nunca supieron de desfallecimientos.

El campo era tan extenso que gran parte de la hacienda no llegaba jamás a los molinos; las aguadas secas serían la muerte segura para esos trashumantes rebaños de generosos vellones albos.

Mister John, de mala gana, dio una última pitada a su humeante y aromática pipa, elegante, marrón y de boquilla negra. No necesitaba decirle nada a Mary; ella había escuchado al peón tanto como él; sólo se levantó y salió tras los pasos de su fiel empleado de tantos años. Mary, en una reacción casi automática, corrió a su habitación, se desvistió rápidamente, se calzó un pantalón y sus botas de montar, una camisa escocesa y un grueso suéter de lana y trilló los pasos de su marido.

En la caballeriza se encontraron; su yegua tenía ya la montura y el apero colocados, esperándola. Los dos hombres ya montaban sus briosos corceles, puro nervio y energía. Mary, por su parte, montó a Candy y los tres salieron en apresurado galope, al ritmo de contrapunto de los sonoros relinchos.

El golpe de los cascos resonaba en el anchuroso silencio de esas soledades. La estela polvorienta que dejaban a su paso permitía adivinarlos desde distancias incalculables en la gran llanura; esa llanura que supo ser tierra de tehuelches, invadida por mapuches y que se extendía hasta territorio ona, donde los selk´nam se transportaban con sus canoas, como habitantes de una lejana y helada Venecia; esa llanura que conformó el Adelantazgo de Alcazaba; esa llanura de choikes mankes y pagís, con tantos misterios en sus entrañas.

Y esas entrañas devoraron a los tres. El árbol navideño quedó preparado en la gran sala, esperando ingenuamente una celebración que no llegaría nunca; la mezcla de heliantemo permanece aún en su recoleto y oculto espacio, pero esta vez sus efectos aparentemente fallaron: nunca más se supo nada de John, Mary y su fiel sirviente Nahuel.

Actualmente, la gran estancia pertenece a la corona británica, por uno de esos indescifrables milagros de los procesos sucesorios.

El acantilado

Qué omnímoda potestad,

Cuánta embriaguez de poder

Otorga la facultad

De elegir: ser o no ser.

(Lalo de Pablo)

 

Sobre este fragmento reflexionaba yo en esa mañana de otoño, rumiando mentalmente los nunca publicados versos, que siempre consideré de lo más valioso escrito por Lalo de Pablo, a la vez que la revelación más auténtica del profundo drama de su breve vida.

Hay mil motivos para el suicidio y hay también sitios más adecuados que otros para consumar ese acto póstumo y fatal. Aquí, frente a este increíble Atlántico, azul, profundo y eterno, en el sur del sur, conozco uno de los mejores lugares. El mismo Zigajna, ese fiel amigo de Passolini, me confesó que Pier Paolo hubiera cumplido su programada inmolación en estos lares si no existiera Ostia y si el esteta hubiese trascendido al místico.

De momento, es un inapreciable legado de la naturaleza destinado sólo a los privilegiados lugareños; el día en que lo descubran las masas, seguramente cambiará su destino. Sospecho que se organizarán excursiones para suicidas que tal vez hasta terminen convirtiéndose en un brillante negocio.

El lugar es la cima de un acantilado que sólo se hace visible mirándolo desde otra escarpa similar, ubicada septentrionalmente con relación a él. Se recorta en el horizonte, abrupto y señero, envuelto en una estética inigualable, formando un precipicio hacia las rocas y el agua helada, que realmente invita al salto final. Es la muerte que sale al encuentro de uno y no uno al encuentro de la muerte. Me recuerda a la jaula de Kafka que fue en busca de un pájaro.

Desde este emplazamiento, se desvanecen los motivos para perpetrar la auto inmolación, a pesar de ser seguramente innumerables y definitivas las causas aparentes. El simple hecho de habitar este rincón inhóspito, alejado de la mano de Dios, es para muchos, suficiente justificación. Pero como hay también quienes vislumbran en el hecho de vivir en este lugar su redención personal y su única vía de supervivencia, parece quedar demostrado que no sólo los extremos se tocan, sino que la misma causa puede tener efectos aún contrapuestos.

Sin duda, existen también las causas intrínsecas. Lalo de Pablo, que reflexionó mucho sobre su propio aniquilamiento, llegó a la conclusión de que el suicida no es más que un homicida egocéntrico, egoísta y frecuentemente ególatra. Como se trata de características para nada escasas entre los humanos, no es raro que existan potencialmente innumerables aspirantes.

El mismo de Pablo, a pesar de todo, no dudó en materializar su planeada autodestrucción. En el escrito que dejó como testimonio, atribuyó el hecho a la imposibilidad de comunicarse con el mundo y con sus semejantes. Su recién inaugurada adolescencia nos privó de futuros y probables escritos, pero quiero transcribir su ópera póstuma, porque nació precisamente en este escenario. La tituló Incomunicación:

En una playa desierta,

Mil calaveras mortales.

Nubes negras en el cielo,

Olas de furia en el mar.

Y en mi cuerpo, hambre y sed…

Deshidratación brutal.

Gritos ensordecedores

Que el agua grita en las rocas;

Soledad desgarradora

De cadáveres humanos.

El cuerpo se desvanece…

Tiemblan sin fuerza las manos…

Ni un sol triste que me alegre,

Ni un pájaro que me cante,

Ni un corazón que me hable…

¡Soledad que vuelve loco!

Y mi cuerpo, enfermo y débil,

Va cediendo poco a poco…

Gris tristeza de una tarde

Sembrada de calaveras.

¡Incomunicación re-cruel!

¡Suplicio peor que el hambre!

…En la playa triste y gris

Yace ahora otro cadáver.

De estos versos postreros de de Pablo puedo deducir que tal vez ya antiguamente el acantilado despertaba ese secreto y oscuro impulso exterminador, de lo contrario sería difícil justificar la cantidad de calaveras que inundaban la playa; la historia no registra allí ninguna batalla que pudiera explicarlo ni los indígenas del lugar tenían por costumbre establecer los cementerios junto al mar, sino en lo alto de la meseta, los llamados chenques.

De todas maneras, la humanidad toda es muy propensa al suicidio. Regresando a Kafka, para el Quijote el suicidio era una importantísima proeza, pero, ya muerto, necesitaba de un espacio viviente para lograrlo. Los sucesores del Quijote, necesitamos una víctima. Contra lo que es común creer, el suicida es victimario; las víctimas son su prójimo; víctimas de una cruel y feroz venganza, que los aniquila sin siquiera tocarlos.

De Pablo estaba, a todas luces, muy enamorado de la muerte, cualidad tan habitual entre los adolescentes como entre las naturalezas sensibles en demasía; sus versos son casi empalagosos en ese sentido. Tal vez ello encuentre explicación justamente en su mentada adolescencia de aquellos días, que se manifiesta también en la inmadurez literaria de sus versos, pese a la cual quise transcribirlos en forma literal (aunque en fragmento), porque creo que su clima logra abrir una ventana al alma del autor en ese instante en que ya había decidido su destino.

¿Sería la soledad la verdadera causa de su decisión, o fué víctima del hechizo que el enorme promontorio ejerce sobre quienes osan establecer allí su atalaya para indagar el universo?

Esta inquisición me persiguió durante largo tiempo, hasta que caí en la cuenta de que en este escenario toda causa pasa a ser subalterna; en realidad, el impulso surge como ineluctable necesidad de satisfacer un hecho estético, trascendente e irrepetible, definitivo e irrevocable.

En mi caso particular, hubo un solo argumento capaz de refrenar mi impulso en el instante final, y fue la conciencia de que no podemos manipular el ser o no ser; simplemente, no podemos renunciar a ser, sólo podemos decidir sobre el estar o no estar.

Recuerdo que escribí ese día en mi diario:

"…El aire duro del mar golpeó mi cara, / oxigenó mis poros. / Las olas golpeaban las rocas / en la lejana profundidad. / Percibía el sordo ruido de esa música brutal. / La lucha interior continuaba…/ Me di cuenta en ese instante / de que me sería imposible dejar de ser. / Apenas, conseguiría dejar de estar. / Y además, después de todo, / siempre habría tiempo…".

Cumplido este rito íntimo de introspección, se abortó el intento en su mismo impulso inicial y me quedé mirando el infinito desde el acantilado imponente y sobrecogedor.

Desde entonces, la posibilidad del suicido es lo que me mantiene vivo. Frecuento los escritos de suicidas famosos, desde Hemingway hasta Pablo de Rokha, pero por sobre todos me interesan los suicidas frustrados, porque sobrevivieron al intento y son los que mejor testimonio pueden dar de la experiencia previa y posterior. Entre ellos, mi favorito es Gauguin, que hizo una obra de arte de su vida y de su muerte, y que realizó uno de los intentos más interesantes y coloridos de la humanidad, desde la elección del escenario hasta la forma, el método y el desenlace.

Mientras tanto, dejé de visitar el acantilado, hasta que sienta la ineludible y fatal necesidad de hacerlo.

Francisco Pietrobelli, fundador

Los buenos vinos y los cuentos comparten una suerte análoga de aromas y sabores. Resulta encantador ese olor misterioso y ese sabor a mito lejano e inaccesible que envuelve a los cuentos añejos, atemporales. Opuestamente, resultan tediosas las historias referidas a un pasado tan flamante que se esconde apenas a un palmo de nuestra contemporaneidad; huelen a simple lectura de diario o, peor aún, a ominosa e indeseada lección de historia.

También debe ser verdad, si Borges no se equivoca, que "solamente los países nuevos tienen pasado" (Evaristo Carriego - Palermo de Buenos Aires), por lo que no tengo reparos en relatar esta historia que me fuera confiada en una noche de vigilia, en la trasnochada semipenumbra de un bar y al calor de un porrón de ginebra. Está referida al pretendido fundador del pueblo1 que me vio nacer hace ya tantos años.

Según me aseguró el confidente, los manuscritos y crónicas de viaje atribuidos a don Francisco Pietrobelli son apócrifos, compartiendo tal suerte con el propio génesis e identidad del autor. Su origen piamontés es apenas circunstancial; sus padres venían del Friuli y ya a sus antepasados habíanles modificado el nombre de familia. Eran eslovenos del Véneto y su abuelo se llamaba Peter Beli (traducido literalmente, Pedro Blanco).

Su bisabuelo había sido alcalde de una de esas vecindades (sosednje) que fueran modelo de comunidad autogestionaria a orillas del río Natisone en el siglo XVIII. Una vez al año, se reunían los alcaldes de la región para discutir cuestiones de estado alrededor de una gran mesa de piedra, a la sombra de un robusto tilo. En 1805, los franceses irrumpieron con sus tropas invasoras, destruyendo tanto la organización política de los Landar como sus mesas y sus tilos. No obstante, el subsiguiente dominio napoleónico, que duró hasta 1813, trajo un gran auge cultural al flamante dominio francés – denominado Provincias Ilíricas - que se extendía desde el Tirol hasta Dalmacia, con capital en Ljubljana. La presión tributaria, en contrapartida, se hizo insostenible; había que financiar las aventuras militares del Gran Corso. Derrotado éste, la región se volvió a anexar al Imperio Austríaco de los Habsburgos y, muchos años después, pasó a formar parte de Italia. Nunca más fue ni autónoma ni eslava.

Despaciosamente, la comarca se fue colmando de pobladores venidos de las regiones italianas vecinas. Con el tiempo arribaron también gentes subsidiadas, provenientes de otras regiones más lejanas de la península, llegando a superar en número a la primigenia población eslovena, lo que produjo un superestrato cultural en toda esa parte del litoral Adriático y el interior adyacente, zona de exquisitos vinos y frescos olivares.

Fue en ese tiempo, que se modificaron muchos nombres de lugares y personas. Trst se convirtió en Trieste, Videm en Udine, Grad en Grado y así adelante. De la misma suerte, rebautizaron a Peter Beli, logrando una síntesis – Pietrobelli - que se convirtió en apellido para su descendencia.

Pero volvamos a la Patagonia y al relato que nos entretiene. Pietrobelli trabó profundo conocimiento y algo parecido a la amistad con los caciques pehuenches y tehuelches de la región. Me refiero a algo sólo parecido a la amistad, porque los aborígenes jamás harían amistad verdadera con un representante de los usurpadores, sin menoscabo y no obstante la simpatía que pudiera inspirarles a título singular y personal; es una ley de la sangre que aún se corresponde con el antiguo principio de hospes hostis2. Sin embargo, salvo alguna transcripción literal de los extensos conciliábulos celebrados, los manuscritos genuinos de don Francisco habrían sido sustituidos por un relato nuevo y distinto, recreado a manu servus3 y, por supuesto, conveniente a la versión oficial de la historia. Los originales, amén de sus crónicas de viaje, contenían datos siniestros y condenatorios sobre hechos atroces ocurridos en la Patagonia en las postrimerías del siglo XIX. Pese a constituir un secreto muy mal guardado, pocos son los que se han animado a escribir sobre estas atrocidades y aún lo publicado echó más sombras que luces sobre la historia, contribuyendo al ocultamiento de la verdad verdadera.

Un dato clave de la verdad sería que Pietrobelli no llegó a ver jamás el Golfo San Jorge. En vida, sólo llegó al valle de la actual comuna de Sarmiento, que lo deslumbró con su virgen potencial, tan parecido a la campiña de sus ancestros en la añorada llanura del Po, fértil enclave entre los Apeninos y los Alpes.

Al llegar a Sarmiento, Pietrobelli estaba ya muy enfermo, preso de una extraña fiebre que lo mantenía postrado en su campamento, a pocos pasos del río. Cierto día, el toqui4 Painefilu – del linaje de los Calfulcurá - enterado de su enfermedad, le envió a su propia curandera y pitonisa, una Machi5 de mirada ausente y piel ajada cual añoso papiro; engañadora del Gualicho6 y conocedora de las palabras vedadas; ni los más ancianos sabían adivinar su edad.

Llegó con una corte de lanceros, pero demasiado tarde; el expedicionario ya agonizaba abrasado por un fuego cruel y devastador. Ella, con su profunda y misteriosa sabiduría, reconoció claramente los signos del apocalipsis personal de aquel portentoso aventurero, que supo ser un roble hasta esos días.

De los co-expedicionarios de don Francisco quedaban en el campamento apenas cuatro. Un par de ellos había regresado a Gaiman; algunos pocos habían muerto durante el viaje. Entre los que quedaban, más el séquito de la vieja india, incluídos ésta y el moribundo, sumaban once almas. Con uno más, podrían parodiar con mediano éxito a los confundidos apóstoles de la última cena, pero el que faltaba aquí, a todas luces, no era Judas.

Una vez muerto el caudillo, la permanencia en el lugar perdió sentido, pero nadie atinaba a hacer nada: ni a levantar campamento, emprendiendo el regreso, ni a comenzar alguna actividad con miras a afincarse en el lugar. Los indios, pragmáticos y supervivientes, vieron en la inmensa cantidad de vituallas que había en las siete enormes carretas, una posibilidad de aprovechamiento para los suyos; entonces, los blancos se convirtieron en un estorbo.

A Pietrobelli lo embalsamaron en medio de un ritual en el que ofició de sacerdotisa doña Heka Guennake, tal el nombre de la hechicera. Sus condiciones chamánicas le previnieron acerca de la intención de los lanceros de matar a los expedicionarios: lo supo en un sueño, como todo lo que sabía. No me fue revelado si intentó impedirlo; de todas formas era tarde. Ya los aborígenes habían perpetrado el sangriento hecho, del que sólo Blas Cancler ("Cruento Sur", cap.23) da testimonio.

Heka no los amonestó, dado que, de acuerdo al pensamiento fatalista de su cosmografía, carecía de sentido la pretensión de influir sobre los hechos, así como ensayar conclusiones morales sobre los mismos. Menos aún, juzgar lo consumado (si ocurrió, es porque así debía ser). Para ella, sólo se podía obrar sobre el presente y, aún ello, por intercesión de los dioses y no mediante la libre voluntad: las criaturas seríamos simples actores en una compleja obra escrita, dirigida y montada para escena por los dioses y sus sirvientes. Tal, su rudimentaria teología.

Los cuerpos sin vida fueron arrojados al río, dado que, al no pertenecer a la raza, no les correspondía la sepultura según la usanza moluche. En cambio don Pietrobelli corrió distinta suerte. Los indígenas daban a los jefes de otros grupos un tratamiento similar a sus pares; esto formaba parte de su protocolo y reglas del ceremonial. La vieja tomó el mando (que por otra parte siempre había tenido, con excepción del hecho de sangre relatado) y dispuso que a don Francisco lo sepultaran mirando al mar y al oriente, dado que de allí provenía. Así fue, que llegó el expedicionario a la costa atlántica, pero ya sin vida, cual añoso árbol que se ha talado y que servirá ahora para otros propósitos.

El viaje hasta el mar fue breve; apenas tres jornadas. Cuando llegaron, los dioses les regalaron un día luminoso y diáfano, con ese mar intensamente azul que sólo puede verse en estas latitudes. La vista desde el acantilado era extasiante. A Pietrobelli lo enterraron de pié, al lado de su caballo, en lo más alto del Chenque7, mirando hacia el noreste.

Apenas consumada la inhumación, se desató una tormenta infernal de vientos huracanados acompañados de lluvia y nevisca, que duró tres días con sus tres noches.

Al cuarto día, los aborígenes decidieron regresar a sus pagos, con el tranquilizador sentimiento de la misión cumplida. Camino de regreso hacia el Neuquén, levantaron el campamento que habían dejado a la orilla del río Chubut, llevándose una verdadera riqueza en vituallas y ropajes de las siete generosas carretas que habían pertenecido a la expedición.

Painefilu no fue informado de los pormenores y como jefe prudente, sabio y veterano, tampoco preguntó. Sólo se interesó por la salud de Pietrobelli. Todo lo demás, quedó escondido tras la sonrisa enigmática y arrugada de la hermética sacerdotisa de piel de papiro y ubicua sapiencia. Painefilu sabía que ella al menos había estado a la altura de las circunstancias. Por otra parte, lo acaecido llegaba a ser apenas una sombra, un pequeño detalle en el proceso de devolución de favores a los blancos por todas las tropelías, tan cercanas al genocidio, de las que habían sido víctimas. Sabríamos más acerca de ello, si los escritos originales de Pietrobelli no se hubieran perdido.

La ausencia de noticias en Rawson motivó que los dos miembros originales del grupo colonizador que habían vuelto a Gaiman, regresaran ahora al valle del Senguerr. Inútilmente buscaron a sus compañeros y a su jefe. Ante la extensa e infructuosa búsqueda, terminaron afincándose en el lugar y es recién a partir de entonces que comenzaron las acciones de asentamiento.

Pronto se hizo imperiosa la búsqueda de un puerto marítimo como salida para los productos del fértil valle. Curiosamente, no hay precisiones sobre esta parte de la historia, tan actual como anónima. Ni siquiera se conocen los nombres de los dos fundadores; sólo sabemos que realizaron el proyecto trunco que Pietrobelli no pudo concluír, a pesar de que se le atribuye su consumación. Algunos, tal vez malintencionados, insisten en que el vacío se debe al analfabetismo de estos pioneros. Otros dicen que no había tiempo para registrar los hechos porque los acontecimientos se producían en una vorágine que sólo dejaba tiempo para la mera y elemental subsistencia.

Pero esas son discusiones marginales. Una vez más, la historia demuestra aquel arcaico principio de que la fuerza creadora está en el deseo y la intención, aunque sean inconscientes, potenciales y futuros; el resto, son simples herramientas.

Mirando a la luz de la proyección de nuestros planes y su cristalización extemporánea, sabemos hoy que, de haber vivido, Pietrobelli hubiera buscado una salida al mar y hubiera fundado un asentamiento a sus orillas. Algo se interpuso para que no fuera así, pero lo revelado, lo que trascendió, fue lo que debía ocurrir porque estaba programado en una mente, como todas, portentosa. Por otra parte, es sabido que la memoria cósmica sólo puede contener las líneas esenciales del devenir, no así las circunstancias. Si Pietrobelli debía fundar la ciudad, entonces la fundó: tiempo, espacio, corporalidad, son ajenos a la esencia de los hechos y totalmente intrascendentes e ineficaces.

 

Notas:

1.        Comodoro Rivadavia, Patagonia Argentina.

2.        (= “extranjero, enemigo”) Locución latina que indica que todo extranjero es, en esencia, enemigo.

3.        (= “con mano de siervo”) Locución latina; expresión con que se califica lo escrito con motivos mercenarios.

4.        Cacique.

5.        Chamán, curandero/a.

6.        Espíritu del mal, también llamado Huecuvoé ("el viejo que merodea por fuera"), hermano del Chachao ("padre de la gente").  Ambos representan la bipolaridad mal-bien en la concepción de la deidad mapuche.

7.        Chenque = cerro a cuyo pie creció la población de Comodoro Rivadavia. En lenguaje autóctono significa “cementerio”; para nosotros es “cementerio de indios”.

 

Sonetos de la desdicha

France Prešeren

 

 SONETJE NESREČE 1

  

O Vrba! srečna, draga vas domača,

Kjer hiša mojega stoji očeta;

Da b' uka žeja me iz tvojga sveta

Speljala ne bila, goljfiva kača!

 

Ne vedel bi, kako se v strup prebrača

Vse, kar srce si sladkega obeta;

Mi ne bila bi vera v sebe vzeta,

Ne bil viharjov notranjih b' igrača!

 

Zvestó srce in delavno ročico

Za doto, ki je nima miljonarka,

Bi bil dobil z izvoljeno devico;

 

Mi mirno plavala bi moja barka,

Pred ognjam dom, pred toče mi pšenico

Bi bližnji sosed varoval svet' Marka.

 

 

 SONETOS DE LA DESDICHA 1

 Prevod / Traducción: Lorenzo Strukelj

 

Vrba feliz, pueblo natal amado

Que dejé atrás por un banal... ¿qué soy?

Mi vida entera yo daría hoy

Por no haberte jamás abandonado!

 

Ahora no sabría del veneno

Que bebe el corazón que anhela miel,

Confiado en mí, a mis principios fiel,

Y a los tormentos íntimos ajeno.

 

Corazón puro y manos hacendosas

Me legarían un feliz destino,

Con la elección de mi adorada esposa;

 

Al vendaval ajeno iría mi barco,

Protegidos mis bienes y mis cosas

Por los buenos vecinos de San Marco.

  

¿A dónde?

France Prešeren

 

KAM ?

 

Ko brez miru okrog divjam,

Prijatlji prašajo me, kam?

 

Prašajte raj' oblak neba,

Prašajte raj' val morja,

 

Kadar mogočni gospodar

Drvi jih semtertje vihar.

 

Oblak ne ve, in val ne kam,

Kam nese me obup, ne znam.

 

Samo to znam, samo to vem,

Da pred obličje nje ne smem,

 

In da ni mesta vrh zemlje,

Kjer bi pozabil to gorje.

 

 

¿ADÓNDE?

Prevod / Traducción: Lorenzo Strukelj

  

Viendo mi frenético ambular,

Me preguntan mis amigos, ¿dónde vas?

 

Pregunten mejor a una nube,

Pregunten a una ola del mar,

 

Esclavas de los caprichos

De una tormenta infernal.

 

Ola, nube y yo ignoramos

Ciegos y perdidos, dónde vamos.

 

Sólo se, con prístina certeza,

Que me está vedado el ver su rostro

 

Y que el mundo no alberga en sus entrañas

Lugar donde olvidar pena tamaña.

  

Croquis

CROQUIS

Janez Menart

  

Kavarna. Miza: marmor, mrzel, siv

- Življenja otipljiva prispodoba -.

V kozarčku konjak; nizko izpod roba;

In lužica tam, kjer se je polil.

 

Prst čopič je in lužica paleta;

Lenobno rišem: hišica, drevo,

Nad hišo sonce, klopica pred njo

In roža, ki ob roži se razcveta.

 

In še stezica, ki drži od hiše

In lepa žena, ki med rože leže…

A v tem natakar vljudno predme seže,

Pobere vse in mizico pobriše.

 

In gledam ga, kako svoj pladenj nosi,

Kako opleta sem in tja s prtičem

In skoraj žalostno za njim zakličem:

"Gospod natakar, še en konjak, prosim!".

 

 

CROQUIS

Prevod / Traducción: Lorenzo Strukelj

  

Un bar. La mesa. El mármol gris, helado,

Espejo de la vida monocorde;

La copa de cognac casi hasta el borde

Y un charco donde aquél se ha derramado.

 

Pincel el dedo, el charco es la paleta;

Dibujo con desgano: una casa, un pino,

Sobre la casa el sol, un banco en el camino

Y una flor bella, que a otra flor inquieta.

 

Un sendero que se aleja en un recodo

Y una mujer, jardinera diligente…

De pronto, el mozo se acerca gentilmente,

Limpia la mesa; desaparece todo.

 

Observo al mozo: su inmaculada ropa,

La gracia de una seña de su mano

Y suena triste mi lúgubre reclamo:

"¡Por favor, mozo, sírvame otra copa!".

 

 

Vrnitev (Regreso)

Kje je tisti poštenjak

ki ga omenja Trstenjak?

Vrnitev

Lorenzo Štrukelj

 

Po tebi hrepenim; kje si, slovenska duša,

slovensko tí srce, slovenstva jedro?

ki sem te opazoval daleè na obzorju,

kot tisto toplo, drago, nedosegljivo dednost,

na drugi strani obale, ob drugem daljnem morju,

in te dosegel šele v poznem popoldnevu,

ko se že bliža mrak, in vid me vara .

 

A si bila samo hipna iluzija?

A si bila samo optièna prevara?

Komaj lastovka poletna si res bila,

a umrljiva cvetlica le, nemara?

 

Kje tvojih nežnih je nageljev naivnost,

kje tvojih nakel je tista pridna pridnost?

Kje tisti vdih, ki je pesnike prevzel,

kje tisti narod, ki Prešeren mu je pel?

 

Kje tista vera, ki je cerkvice gradila,

in kje zvestoba, ki v presežnost je verjela?

Kje tista množica, ki je delala in molila,

in ki pri trdem delu je še veselo pela?

 

Le še imetje in premoženje te navduši

in bolj bogate zavidaš jih sosede,

niè te ne moti praznota v prazni duši

èe te oèarljivo z zlatninami pretrese.

 

Kakšno strupeno snov si dolgo èasa pila,

da ti je srce in dušo posušila ?

In kdo je dal ti hrano tol'k strupeno,

da živeti ali umreti ti je vseeno?

 

Reke bratovske krvi… izgon toliko ljudi…

Grenke ure zgodovine… A so bile le zaman?

Zakaj poti ne najdeš do res iskrene sprave?

Do danes le vse kaže, kot da ne bi vedla kam.

 

A mene siv obup nikakor ne premaga,

in trmasto bom v svoji globoki veri vztrajal;

zaupljivo bom doèakal bodoèo oživitev

lastnosti in vrednot, ki so slovenska slava.

 

Odkopal in prebrskal bom svoje korenine,

saj mi ne bo težkó, dokler bom še moèan…

In ker èas teèe hitro, in tudi hitro mine,

tej ljubi rodni grudi, moje kosti predam.

Éxtasis de muerte

 

 

SREČKO KOSOVEL

 

Ekstaza smrti

 

Vse je ekstaza, ekstaza smrti !

Zlati stolpovi zapadne Evrope,

Kupole bele - (vse je ekstaza!)-

Vse tone v žgočem, rdečem morju;

Solnce zahaja in v njem se opaja

Tisočkrat mrtvi evropski človek.

- Vse je ekstaza, ekstaza smrti. -

 

Lepa, o lepa bo smrt Evrope:

Kakor razkošna kraljica v zlatu

Legla bo v krsto temnih stoletij,

Tiho bo umrla kot bi zaprla

Stara kraljica zlate oči.

- Vse je ekstaza, ekstaza smrti. -

 

Ah, iz oblaka večernega (zadnjega

Sla, ki oznanja Evropi še luč!)

Lije kri v moje trudno srce,

Joj in vode ni več v Evropi

In mi ljudje pijemo kri,

Kri iz večernih sladkih oblakov.

- Vse je ekstaza, ekstaza smrti. -

 

Komaj rojen, že goriš v ognju večera,

Vsa morja so redeča, vsa morja

Polna krvi, vsa jezera in vode ni,

Vode ni, da bi pral svojo krivdo,

Da bi opral svoje srce ta človek,

Vode ni, da pogasil bi z njo

Žejo po tihi, zeleni, jutranji prirodi.

 

In vse je večer in jutra ne bo

Dokler ne umremo, ki nosimo

Krivdo umiranja, dokler ne umremo

Poslednji…

 

Joj, v to pokrajino, še v to,

Solnce večerno, boš zasijalo

S pekočimi žarki? Še v to?

 

Morje preplavlja zelene poljane,

Morje večerne, žgoče krvi

In rešitve ni in ni,

Dokler ne padeva jaz in ti,

Dokler ne pademo jaz in vsi,

Dokler ne umremo pod težo krvi.

 

Z zlatimi žarki sijalo bo solnce

Na nas, evropske mrliče.

 

 

Extasis de muerte

Prevod / Traducción: Lorenzo F. Strukelj

 

¡Todo es éxtasis, éxtasis de muerte!

¡Oh, torres doradas de Europa, decadente!

Oh, cúpulas níveas  (¡éxtasis total!)

Un hirviente caldo de rojos es el mar.

Se embriaga de ocaso con el sol que muere,

El hombre europeo, ya muerto mil veces.

- Éxtasis total, éxtasis letal. -

 

¡Qué bella imagino la muerte de Europa!:

Cual reina en oropeles, rodeada de pompa

Yacerá en la oscura tumba de los siglos;

Morirá en silencio como si cerrara

Sus dorados ojos, una reina anciana.

- Éxtasis total, éxtasis letal. -

 

Una nube púrpura y ardiente en el ocaso,

(El último rayo de luz para Europa)

Baña de sangre mi hastiado corazón.

Y ya no queda agua; no hay agua en Europa

Y ya bebemos sangre los hombres de estos días,

Sangre de unas nubes dulces y tardías.

- Éxtasis total, éxtasis letal. -

 

Recién nacido, ya ardes en las llamas del final,

Los mares están rojos, colmados de sangre,

Los lagos, sin agua, son lagos de sangre;

No hay agua que lave las culpas del hombre,

Su sucio corazón; que limpie su nombre.

No hay agua que sacie la sed devoradora

De una nueva vida y una fecunda aurora.

 

Ya todo es ocaso y no habrá mañana

Hasta que no muera el último culpable

De tamaño crimen

Y no quede nadie…

 

¿También sobre esta tierra, sobre ésta también,

Arrojarás ardientes, sol del ocaso,

Tus rayos letales? ¿Sobre ésta también?

 

Un sangriento mar, ardiente y postrero

Inunda la campiña, verde, vegetal…

Ya no hay salvación, criminal raigambre,

Hasta que no caiga el último mortal,

Hasta no caer también nosotros dos

Bajo el peso denso de este mar de sangre.

 

Y el sol derramará su rayo postrero

Sobre nuestro yerto cadáver europeo.

Vlady Kociancich - exquisita escritora argentina

Hay muchos escritores que leo con deleite. Hay innumerables plumas que me sacian de arte.

Vladi Kociancich es una escritora exquisita. Pero confieso que la he comenzado a gustar aún más cuando supe de su origen esloveno.

Aquí, algunos datos biográficos que levanté de internet:

 

http://lorenzostrukelj.blogdiario.com/img/Kociancich.gif (Además, es linda, ¿no?)

 

Vlady Kociancich nació en Buenos Aires en 1941. Desde muy temprano supo que sería escritora: "a los nueve años escribí mi primera novela policial y a los diez u once traté de vender un cuento a Billiken con la vieja fantasía de creer que alguien puede escribir un libro de la noche a la mañana y hacerse rico y famoso", dice la autora. Estudió Letras e inglés antiguo junto a Jorge Luis Borges. Fue periodista, crítica literaria y traductora. Los viajes, el gusto por la literatura anglosajona y una particular visión de Buenos Aires han signado todos sus libros, que fueron traducidos a varios idiomas. Publicó las novelas La octava maravilla (1982), Ultimos días de William Shakespeare (1984), Abisinia (1985), Los Bajos del Temor (1992, Premio Sigfrido Radaelli), El templo de las mujeres (1996, finalista del Premio Rómulo Gallegos), y los libros de cuentos Coraje (1971) y Todos los caminos (1990, Premio Gonzalo Torrente Ballester, España). En 1988 obtuvo el Premio Jorge Luis Borges, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes. En 1998 publicó Cuando leas esta carta (cuentos).
  De ella se ha dicho: "¿Cómo no envidiar la buena estrella, o el talento, de Vlady Kociancich...? El trabajo de una inteligencia rica es quizá el mejor título para invocar la alegria de vivir. (Adolfo Bioy Casares); "Vlady Kociancich es una de las mejores narradoras argentinas de estas últimas décadas. " (S. Olguín, Página/30); "Un dominio de la prosa realmente deslumbrante. " (Diario 16, Madrid); "Sensibilidad genuinamente femenina, romanticismo lúcido y desolado...un castellano, el de Vady Kociancich, depurado y acariciante, como rara vez se encuentra en nuestros días." (Qué leer, Madrid); "Una imaginación brillante y arrolladora." (Financial Times, Londres)

Entre sus obras:
  

A imagen y semejanza

Uno frente a sí mismo

¿Qué es eso?

¿Desdoblarse y verse?

¿Mirarse al espejo?

 

Pero yo no quiero

Realizarlo así;

Quiero hacer a alguien

Tan igual a mí

Que, viendo a mi criatura,

Me pueda descubrir.

Como el Hudson

Por el camino del shamán,

Llegué al pie de la montaña iluminada.

Y me volví montaña.

 

Penetré la luz hasta su mismo corazón,

Al tiempo que la luz se adueñaba de mí:

¡Milagrosa con-fusión!

 

Se iluminaron mis ocultas entrañas

Y un fuego purificador me derretía;

En ese instante sublime, no sabía

Si yo era yo, o era la montaña.

 

Viví de pronto una expansión infinita

Y ya no cupe más en mí;

Algo se abultaba en mi vientre enardecido,

Pujando fuertemente por salir.

 

Fue entonces que mi alma estalló

En un infierno de fuego,

Liberándose del molde de mi cuerpo,

Elevándose rauda hacia el cielo.

 

Como siempre, después, siguió la calma.

Mis partículas, dispersas a merced del viento;

Liberada mi alma.

 

Comodoro Rivadavia, Julio 1991.

 

Nota:

Estos versos fueron escritos a seguido de una profunda relajación y como descripción de una vivencia interna experimentada en dicho estado meditativo.

Su título original era "por el camino del shamán", pero a los tres días de ello estalló el volcán Hudson, lo que motivó el cambio del título, dado el convencimiento que tengo de que se trató de una sintonización de ese hecho, al margen de las limitaciones tiempo-espacio; dicha sintonización es posible cuando ambos hemisferios cerebrales trabajan simultáneamente y en armonía, en un bajo nivel de frecuencia vibratoria (ondas alfa), en el arte también conocido como "efecto Mozart".

Patagonia

 

IMPREDECIBLE PATRIA TEMPORAL

 

Si esta tierra en este Sur tiene un destino,

Vocación compartida de sus hombres,

Lo verá nuestra sangre en el camino

De los siglos, los números, los nombres.

 

Tanta fuerza encorsetada entre las piedras

Es seguro que no puede ser estéril.

Tanta dermis con heridas tan sangrientas

Será génesis, sin duda, de lo fértil.

 

Tanto cielo, tanto hueco, tal vacío,

Por las mismas leyes físicas atrae

Como imán inexorable, lo excesivo:

Cuerpos, vidas y energía de otros lares.

 

Patagonia, tu pasado es el desierto;

Tu presente, hoy por hoy, sólo tus hijos,

Pese a todo y pese a nada aún enteros,

Como cuñas enclavados, yertos, fijos.

 

Tu futuro, una promesa sospechable

Que quizá serán los sueños del gran santo(1)

O tal vez un maremágnum de estandartes,

Factoría de otras voces y otros cantos.

 

 

(1) Se refiere a los sueños de Don Bosco sobre la Patagonia.

Nosotros, los hombres, los linyeras

 

Cuando el día grita y grita

Que la luz y el sol están

Y quemarán sin piedad

Las piedras y los caminos

Y los pies del peregrino;

Que el viento será una llama

Y la sombra un espejismo

Y el horizonte una meta

Que nunca se ha de alcanzar,

Sale, vestido en pobreza,

El linyera a caminar.

 

Y camina largas sendas

Y duerme bajo la lluvia

Y camina... y nunca llega.

 

Soles y heladas,

Vientos y tempestades,

Le endurecen la piel;

Y bebe toda esa hiel

Para llegar al final.

Y camina bajo el frío,

Y camina... y nunca llega

Y se muere sin llegar.

 

Y los hombres caminamos

Persiguiendo un no se qué.

(Ni siquiera lo sabemos,

Pero siempre lo buscamos)

Y caminamos y andamos

Todo el tiempo que vivimos.

Pero siempre nos sucede

-somos eternos linyeras-

Que, antes de llegar, morimos.

Mañana yo estaré contigo, amigo

 

El frío, ayer decías, me tortura.

Y el frío es ahora tu existencia.

Tus huesos están hechos a medida

De esa caja en que ahora está tu vida.

 

La tierra que a paladas te arrojamos

Es desde hoy la puerta de tu casa.

Y en la puerta has dejado a tus hermanos

Que, llorosos los ojos, la miramos.

 

Y el frío es contagioso, te lo juro.

Lo siento ya en mis células finitas.

Mañana yo también, te lo aseguro,

Tendré una posesión allá en lo oscuro.

 

E iremos a reunirnos los dos juntos

Como antes, a bebernos unas copas.

Y entonces sí, seremos los difuntos

Los más grandes bebedores de estos mundos.

 

La piedra tapará nuestra existencia

Y los ingenuos mortales, ¡qué inocencia!

Creerán que estamos muertos a la vida.

...¡Y nosotros disfrutando la bebida!

 

Y estaremos, como ayer, en un abrazo,

Los dos ebrios, sonrientes y cantando;

Mientras, en larga procesión, en nuestra puerta,

Los vivos estarán, pobres, llorando.

Dolor

 

Señor, te pido:

No me alejes del dolor;

Quiero crecer.

Sólo dame fuerza y valor

Para vencer

Y no sucumbir por él.

Introspección

 

 

En este cuerpo animado,

Alma encarnada y pasión

De rojo:

Onomatopeya vital

De otros que le antecedieron,

Sólo veo carne nula

Que se pudre con el tiempo,

Que arrastra todo mi ser

Por el fango del olvido.

 

Se borrarán horas largas

Con el tiempo que no existe,

Que es un "ahora" eterno, inmóvil,

Como el Ser.

Un puñado de nervios y sangre

Que acumula experiencias,

Que alimenta angustias,

O finge dichas y lame hiel:

Hiel amarga de existencia,

De duras inexperiencias,

De inmadurez progresiva

De un siempre inmutable y cruel.

 

Con un tendal de vivencias

Putrefactas e inmorales

Ante los ojos mortales

De otra carne como yo.

Un cúmulo de fracciones

De amor y libertinaje,

De invencible ignorancia,

De negro hedor e impotencia,

De veleidad de poder.

 

Son los ojos de la carne

Que sólo son temporales

Y quieren ser radicales

En necias afirmaciones

Al auscultar las tinieblas

Pardas e indescifrables

Que mienten a la razón:

¡Factores de destrucción!

 

Más, la existencia del hombre

Es una tendencia al Ser,

Es un negar el olvido:

"Ser hombre es tender a Dios".

 

Esperanza azul abierta

A este rojo actual finito,

Limitado, impropio, impuro,

Efervescencia de soles,

Potencia de las potencias,

Micrométrica por hoy;

Aplastada por las guerras,

Pisoteada por los hombres,

Limitada por si misma:

Negación de libertad

Reina del libertinaje,

Descalza, tullida, manca,

Circunscripta, perseguida,

Apoteosis de pasión.

Pero hay una fuerza oculta:

"llegar a ser": LIBERACION.

 

Septiembre 1972

Diálogo

 

- ¿Por qué te gusta vivir solo?

- Hago lo que quiero.

- ¿Y qué sueles hacer?

- Sentirme solo.

El más grande poeta esloveno

 

France Prešeren

 

ZDRAVLJICA

 

Prijatlji! Obrodile

So trte vince nam sladko,

Ki nam oživlja žile,

Srce razjasni in oko,

Ki utopi

Vse skrbi,

V potrtih prsih up budi!

 

……………………………………

 

Žive naj vsi narodi,

Ki hrepene dočakat dan,

Ko, koder sonce hodi,

Prepir iz sveta bo pregnan,

Ko rojak

Prost bo vsak,

Ne vrag, le sosed bo mejak!

 

 

 

BRINDIS

(Fragmento: primera y séptima estrofas)

Prevod / traducción: Lorenzo Strukelj

 

Amigos, ya las viñas

Del vino brindan su dulzor,

Que aviva nuestras venas

Y da calor al corazón.

Sabe ahogar

El penar

Y nuevas esperanzas

En nuestro pecho despertar.

 

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Salud a las naciones

Que ansían ver el día en que

De Oriente a Occidente

Ni un solo odio quede en pie.

Que la humanidad

Viva en libertad

Y las fronteras sean

Encuentro y buena vecindad.

 

Curiosidades:

1)      Preseren escribió "brindis" obedeciendo a una métrica que otorga a las estrofas forma de copa.

2)      La séptima estrofa, es la letra del Himno nacional esloveno.

Un poco de humor

 

LA ONTO-ENOLOGIA (o el Ser como quinto elemento)

Breve clase de filosofía por Lorenzo Strukelj

 

Cuando Thales de Mileto

"el ser es el agua", decía,

Anaxímedes también

Su opinión comprometía

Replicando con donaire:

"Señores, el Ser es el aire".

 

Para evitar discusiones,

Conflictos, cavilaciones,

Empédocles intervino

Predicando con tesón:

"los cuatro elementos son".

 

Y asi los cuatro elementos

(Agua, aire, tierra y fuego)

Fueron los destinatarios

Del pensamiento primario.