En una estancia del sur

Mary tomó un par de hojas de heliantemo, las unió con algunas semillas de la misma especie e introdujo esa armoniosa mezcla verde amarillenta en una bolsita de tela también verde, pero mucho más intenso, con ornamentos rojos; luego ató todo con un cordón dorado y lo guardó en un rincón íntimo y secreto.

Aunque Mary vivía en la distante y marginal Patagonia, en una de esas desmesuradas propiedades llamadas estancias, todas las navidades repetía el mismo rito, continuando con la tradición de su madre, de su abuela y de quién sabe cuántas generaciones en la vieja Inglaterra; esto traería fortuna y prosperidad. También traería salud, ya que para los griegos el heliantemo estaba dedicado a Esculapio el curador y Mary, por ascendencia paterna, era precisamente griega.

Kazantzaki decía que no hay una sola gota de sangre griega antigua en los griegos modernos, pero el mismo Kazantzaki dijo y se desdijo de esto constante y alternadamente a lo largo de toda su vida; en todo caso el padre de Mary vivió orgullosamente en la conciencia de su origen, como si fuera el heredero único y universal de la Grecia clásica.

El marido de Mary, John Sykes, fumaba a un costado del hogar - en ese momento apagado, dado que en estas latitudes del mundo la navidad llega en verano - vacío y oscuro como una gran boca desdentada, abierta y de helado aliento. El humo de la pipa iba invadiendo la atmósfera con un atrayente olor a tabaco high quality, traído especialmente para "Mister John", como solían llamarlo, desde una exclusiva tabaquería londinense.

Marido y mujer, rara vez discutían de política; John era tory, mientras que Mary prevenía de una familia de whigs, profundamente arraigada a sus creencias y tradiciones.

Tampoco la religión era tema de debates. El era anglicano y ella católica conversa, a pesar de que el anglicanismo de John era mas bien proclamado y folclórico, dado que, como hombre paradigmático de esta nueva civilización, fruto y causa del progreso, oriundo del país donde se gestó la revolución industrial, consideraba como su deber y obligación el no sentirse atado a esas retrógradas fruslerías; adhería sólo a lo científico, a la manera tan propia de los últimos siglos, en que la ciencia se convirtió en una religión tan dogmática como aquellas a las que desprecia.

Pero, como ya he dicho, de todos estos asuntos hablaban poco o nada; con esa flema natural de los británicos, mas bien gastaban su tiempo ocupados en quehaceres, que no en vanos debates.

Había momentos de inactividad, como éste, pero aún en esos momentos predominaba el silencio. Aunque Mary no lo decía, disfrutaba de la callada y simple presencia de John, así como del balsámico aroma, profundo y amargo, que despedía su pipa.

En ese preciso momento, llegó Nahuel para interrumpir esa idílica paz hogareña con la novedad de que una inmensa manada de guanacos había invadido el campo en su paso hacia el sur y había secado todas las aguadas. Había que hacer algo con premura si se quería salvar la hacienda. Esta sed inagotable de los camélidos, sumada a la voracidad de los zorros y los pumas y a la crueldad de las extemporáneas heladas mantenían en una lucha permanente y desigual al abnegado poblador: lucha universal entre lo autóctono y lo implantado; lucha a la manera de David y Goliat, contra las siete plagas de Egipto y el monstruo de Tasmania juntos. Por suerte para la historia, estos pobladores eran esforzados gallegos, tanos y gringos, que nunca supieron de desfallecimientos.

El campo era tan extenso que gran parte de la hacienda no llegaba jamás a los molinos; las aguadas secas serían la muerte segura para esos trashumantes rebaños de generosos vellones albos.

Mister John, de mala gana, dio una última pitada a su humeante y aromática pipa, elegante, marrón y de boquilla negra. No necesitaba decirle nada a Mary; ella había escuchado al peón tanto como él; sólo se levantó y salió tras los pasos de su fiel empleado de tantos años. Mary, en una reacción casi automática, corrió a su habitación, se desvistió rápidamente, se calzó un pantalón y sus botas de montar, una camisa escocesa y un grueso suéter de lana y trilló los pasos de su marido.

En la caballeriza se encontraron; su yegua tenía ya la montura y el apero colocados, esperándola. Los dos hombres ya montaban sus briosos corceles, puro nervio y energía. Mary, por su parte, montó a Candy y los tres salieron en apresurado galope, al ritmo de contrapunto de los sonoros relinchos.

El golpe de los cascos resonaba en el anchuroso silencio de esas soledades. La estela polvorienta que dejaban a su paso permitía adivinarlos desde distancias incalculables en la gran llanura; esa llanura que supo ser tierra de tehuelches, invadida por mapuches y que se extendía hasta territorio ona, donde los selk´nam se transportaban con sus canoas, como habitantes de una lejana y helada Venecia; esa llanura que conformó el Adelantazgo de Alcazaba; esa llanura de choikes mankes y pagís, con tantos misterios en sus entrañas.

Y esas entrañas devoraron a los tres. El árbol navideño quedó preparado en la gran sala, esperando ingenuamente una celebración que no llegaría nunca; la mezcla de heliantemo permanece aún en su recoleto y oculto espacio, pero esta vez sus efectos aparentemente fallaron: nunca más se supo nada de John, Mary y su fiel sirviente Nahuel.

Actualmente, la gran estancia pertenece a la corona británica, por uno de esos indescifrables milagros de los procesos sucesorios.

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