El acantilado
Qué omnímoda potestad,
Cuánta embriaguez de poder
Otorga la facultad
De elegir: ser o no ser.
(Lalo de Pablo)
Sobre este fragmento reflexionaba yo en esa mañana de otoño, rumiando mentalmente los nunca publicados versos, que siempre consideré de lo más valioso escrito por Lalo de Pablo, a la vez que la revelación más auténtica del profundo drama de su breve vida.
Hay mil motivos para el suicidio y hay también sitios más adecuados que otros para consumar ese acto póstumo y fatal. Aquí, frente a este increíble Atlántico, azul, profundo y eterno, en el sur del sur, conozco uno de los mejores lugares. El mismo Zigajna, ese fiel amigo de Passolini, me confesó que Pier Paolo hubiera cumplido su programada inmolación en estos lares si no existiera Ostia y si el esteta hubiese trascendido al místico.
De momento, es un inapreciable legado de la naturaleza destinado sólo a los privilegiados lugareños; el día en que lo descubran las masas, seguramente cambiará su destino. Sospecho que se organizarán excursiones para suicidas que tal vez hasta terminen convirtiéndose en un brillante negocio.
El lugar es la cima de un acantilado que sólo se hace visible mirándolo desde otra escarpa similar, ubicada septentrionalmente con relación a él. Se recorta en el horizonte, abrupto y señero, envuelto en una estética inigualable, formando un precipicio hacia las rocas y el agua helada, que realmente invita al salto final. Es la muerte que sale al encuentro de uno y no uno al encuentro de la muerte. Me recuerda a la jaula de Kafka que fue en busca de un pájaro.
Desde este emplazamiento, se desvanecen los motivos para perpetrar la auto inmolación, a pesar de ser seguramente innumerables y definitivas las causas aparentes. El simple hecho de habitar este rincón inhóspito, alejado de la mano de Dios, es para muchos, suficiente justificación. Pero como hay también quienes vislumbran en el hecho de vivir en este lugar su redención personal y su única vía de supervivencia, parece quedar demostrado que no sólo los extremos se tocan, sino que la misma causa puede tener efectos aún contrapuestos.
Sin duda, existen también las causas intrínsecas. Lalo de Pablo, que reflexionó mucho sobre su propio aniquilamiento, llegó a la conclusión de que el suicida no es más que un homicida egocéntrico, egoísta y frecuentemente ególatra. Como se trata de características para nada escasas entre los humanos, no es raro que existan potencialmente innumerables aspirantes.
El mismo de Pablo, a pesar de todo, no dudó en materializar su planeada autodestrucción. En el escrito que dejó como testimonio, atribuyó el hecho a la imposibilidad de comunicarse con el mundo y con sus semejantes. Su recién inaugurada adolescencia nos privó de futuros y probables escritos, pero quiero transcribir su ópera póstuma, porque nació precisamente en este escenario. La tituló Incomunicación:
En una playa desierta,
Mil calaveras mortales.
Nubes negras en el cielo,
Olas de furia en el mar.
Y en mi cuerpo, hambre y sed…
Deshidratación brutal.
Gritos ensordecedores
Que el agua grita en las rocas;
Soledad desgarradora
De cadáveres humanos.
El cuerpo se desvanece…
Tiemblan sin fuerza las manos…
Ni un sol triste que me alegre,
Ni un pájaro que me cante,
Ni un corazón que me hable…
¡Soledad que vuelve loco!
Y mi cuerpo, enfermo y débil,
Va cediendo poco a poco…
Gris tristeza de una tarde
Sembrada de calaveras.
¡Incomunicación re-cruel!
¡Suplicio peor que el hambre!
…En la playa triste y gris
Yace ahora otro cadáver.
De estos versos postreros de de Pablo puedo deducir que tal vez ya antiguamente el acantilado despertaba ese secreto y oscuro impulso exterminador, de lo contrario sería difícil justificar la cantidad de calaveras que inundaban la playa; la historia no registra allí ninguna batalla que pudiera explicarlo ni los indígenas del lugar tenían por costumbre establecer los cementerios junto al mar, sino en lo alto de la meseta, los llamados chenques.
De todas maneras, la humanidad toda es muy propensa al suicidio. Regresando a Kafka, para el Quijote el suicidio era una importantísima proeza, pero, ya muerto, necesitaba de un espacio viviente para lograrlo. Los sucesores del Quijote, necesitamos una víctima. Contra lo que es común creer, el suicida es victimario; las víctimas son su prójimo; víctimas de una cruel y feroz venganza, que los aniquila sin siquiera tocarlos.
De Pablo estaba, a todas luces, muy enamorado de la muerte, cualidad tan habitual entre los adolescentes como entre las naturalezas sensibles en demasía; sus versos son casi empalagosos en ese sentido. Tal vez ello encuentre explicación justamente en su mentada adolescencia de aquellos días, que se manifiesta también en la inmadurez literaria de sus versos, pese a la cual quise transcribirlos en forma literal (aunque en fragmento), porque creo que su clima logra abrir una ventana al alma del autor en ese instante en que ya había decidido su destino.
¿Sería la soledad la verdadera causa de su decisión, o fué víctima del hechizo que el enorme promontorio ejerce sobre quienes osan establecer allí su atalaya para indagar el universo?
Esta inquisición me persiguió durante largo tiempo, hasta que caí en la cuenta de que en este escenario toda causa pasa a ser subalterna; en realidad, el impulso surge como ineluctable necesidad de satisfacer un hecho estético, trascendente e irrepetible, definitivo e irrevocable.
En mi caso particular, hubo un solo argumento capaz de refrenar mi impulso en el instante final, y fue la conciencia de que no podemos manipular el ser o no ser; simplemente, no podemos renunciar a ser, sólo podemos decidir sobre el estar o no estar.
Recuerdo que escribí ese día en mi diario:
"…El aire duro del mar golpeó mi cara, / oxigenó mis poros. / Las olas golpeaban las rocas / en la lejana profundidad. / Percibía el sordo ruido de esa música brutal. / La lucha interior continuaba…/ Me di cuenta en ese instante / de que me sería imposible dejar de ser. / Apenas, conseguiría dejar de estar. / Y además, después de todo, / siempre habría tiempo…".
Cumplido este rito íntimo de introspección, se abortó el intento en su mismo impulso inicial y me quedé mirando el infinito desde el acantilado imponente y sobrecogedor.
Desde entonces, la posibilidad del suicido es lo que me mantiene vivo. Frecuento los escritos de suicidas famosos, desde Hemingway hasta Pablo de Rokha, pero por sobre todos me interesan los suicidas frustrados, porque sobrevivieron al intento y son los que mejor testimonio pueden dar de la experiencia previa y posterior. Entre ellos, mi favorito es Gauguin, que hizo una obra de arte de su vida y de su muerte, y que realizó uno de los intentos más interesantes y coloridos de la humanidad, desde la elección del escenario hasta la forma, el método y el desenlace.
Mientras tanto, dejé de visitar el acantilado, hasta que sienta la ineludible y fatal necesidad de hacerlo.