La página de Lorenzo Strukelj

Croquis

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (1)

CROQUIS

Janez Menart

  

Kavarna. Miza: marmor, mrzel, siv

- Življenja otipljiva prispodoba -.

V kozarčku konjak; nizko izpod roba;

In lužica tam, kjer se je polil.

 

Prst čopič je in lužica paleta;

Lenobno rišem: hišica, drevo,

Nad hišo sonce, klopica pred njo

In roža, ki ob roži se razcveta.

 

In še stezica, ki drži od hiše

In lepa žena, ki med rože leže…

A v tem natakar vljudno predme seže,

Pobere vse in mizico pobriše.

 

In gledam ga, kako svoj pladenj nosi,

Kako opleta sem in tja s prtičem

In skoraj žalostno za njim zakličem:

"Gospod natakar, še en konjak, prosim!".

 

 

CROQUIS

Prevod / Traducción: Lorenzo Strukelj

  

Un bar. La mesa. El mármol gris, helado,

Espejo de la vida monocorde;

La copa de cognac casi hasta el borde

Y un charco donde aquél se ha derramado.

 

Pincel el dedo, el charco es la paleta;

Dibujo con desgano: una casa, un pino,

Sobre la casa el sol, un banco en el camino

Y una flor bella, que a otra flor inquieta.

 

Un sendero que se aleja en un recodo

Y una mujer, jardinera diligente…

De pronto, el mozo se acerca gentilmente,

Limpia la mesa; desaparece todo.

 

Observo al mozo: su inmaculada ropa,

La gracia de una seña de su mano

Y suena triste mi lúgubre reclamo:

"¡Por favor, mozo, sírvame otra copa!".

 

 

¿A dónde?

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (1)

France Prešeren

 

KAM ?

 

Ko brez miru okrog divjam,

Prijatlji prašajo me, kam?

 

Prašajte raj' oblak neba,

Prašajte raj' val morja,

 

Kadar mogočni gospodar

Drvi jih semtertje vihar.

 

Oblak ne ve, in val ne kam,

Kam nese me obup, ne znam.

 

Samo to znam, samo to vem,

Da pred obličje nje ne smem,

 

In da ni mesta vrh zemlje,

Kjer bi pozabil to gorje.

 

 

¿ADÓNDE?

Prevod / Traducción: Lorenzo Strukelj

  

Viendo mi frenético ambular,

Me preguntan mis amigos, ¿dónde vas?

 

Pregunten mejor a una nube,

Pregunten a una ola del mar,

 

Esclavas de los caprichos

De una tormenta infernal.

 

Ola, nube y yo ignoramos

Ciegos y perdidos, dónde vamos.

 

Sólo se, con prístina certeza,

Que me está vedado el ver su rostro

 

Y que el mundo no alberga en sus entrañas

Lugar donde olvidar pena tamaña.

  

Sonetos de la desdicha

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (0)

France Prešeren

 

 SONETJE NESREČE 1

  

O Vrba! srečna, draga vas domača,

Kjer hiša mojega stoji očeta;

Da b' uka žeja me iz tvojga sveta

Speljala ne bila, goljfiva kača!

 

Ne vedel bi, kako se v strup prebrača

Vse, kar srce si sladkega obeta;

Mi ne bila bi vera v sebe vzeta,

Ne bil viharjov notranjih b' igrača!

 

Zvestó srce in delavno ročico

Za doto, ki je nima miljonarka,

Bi bil dobil z izvoljeno devico;

 

Mi mirno plavala bi moja barka,

Pred ognjam dom, pred toče mi pšenico

Bi bližnji sosed varoval svet' Marka.

 

 

 SONETOS DE LA DESDICHA 1

 Prevod / Traducción: Lorenzo Strukelj

 

Vrba feliz, pueblo natal amado

Que dejé atrás por un banal... ¿qué soy?

Mi vida entera yo daría hoy

Por no haberte jamás abandonado!

 

Ahora no sabría del veneno

Que bebe el corazón que anhela miel,

Confiado en mí, a mis principios fiel,

Y a los tormentos íntimos ajeno.

 

Corazón puro y manos hacendosas

Me legarían un feliz destino,

Con la elección de mi adorada esposa;

 

Al vendaval ajeno iría mi barco,

Protegidos mis bienes y mis cosas

Por los buenos vecinos de San Marco.

  

Francisco Pietrobelli, fundador

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (20)

Los buenos vinos y los cuentos comparten una suerte análoga de aromas y sabores. Resulta encantador ese olor misterioso y ese sabor a mito lejano e inaccesible que envuelve a los cuentos añejos, atemporales. Opuestamente, resultan tediosas las historias referidas a un pasado tan flamante que se esconde apenas a un palmo de nuestra contemporaneidad; huelen a simple lectura de diario o, peor aún, a ominosa e indeseada lección de historia.

También debe ser verdad, si Borges no se equivoca, que "solamente los países nuevos tienen pasado" (Evaristo Carriego - Palermo de Buenos Aires), por lo que no tengo reparos en relatar esta historia que me fuera confiada en una noche de vigilia, en la trasnochada semipenumbra de un bar y al calor de un porrón de ginebra. Está referida al pretendido fundador del pueblo1 que me vio nacer hace ya tantos años.

Según me aseguró el confidente, los manuscritos y crónicas de viaje atribuidos a don Francisco Pietrobelli son apócrifos, compartiendo tal suerte con el propio génesis e identidad del autor. Su origen piamontés es apenas circunstancial; sus padres venían del Friuli y ya a sus antepasados habíanles modificado el nombre de familia. Eran eslovenos del Véneto y su abuelo se llamaba Peter Beli (traducido literalmente, Pedro Blanco).

Su bisabuelo había sido alcalde de una de esas vecindades (sosednje) que fueran modelo de comunidad autogestionaria a orillas del río Natisone en el siglo XVIII. Una vez al año, se reunían los alcaldes de la región para discutir cuestiones de estado alrededor de una gran mesa de piedra, a la sombra de un robusto tilo. En 1805, los franceses irrumpieron con sus tropas invasoras, destruyendo tanto la organización política de los Landar como sus mesas y sus tilos. No obstante, el subsiguiente dominio napoleónico, que duró hasta 1813, trajo un gran auge cultural al flamante dominio francés – denominado Provincias Ilíricas - que se extendía desde el Tirol hasta Dalmacia, con capital en Ljubljana. La presión tributaria, en contrapartida, se hizo insostenible; había que financiar las aventuras militares del Gran Corso. Derrotado éste, la región se volvió a anexar al Imperio Austríaco de los Habsburgos y, muchos años después, pasó a formar parte de Italia. Nunca más fue ni autónoma ni eslava.

Despaciosamente, la comarca se fue colmando de pobladores venidos de las regiones italianas vecinas. Con el tiempo arribaron también gentes subsidiadas, provenientes de otras regiones más lejanas de la península, llegando a superar en número a la primigenia población eslovena, lo que produjo un superestrato cultural en toda esa parte del litoral Adriático y el interior adyacente, zona de exquisitos vinos y frescos olivares.

Fue en ese tiempo, que se modificaron muchos nombres de lugares y personas. Trst se convirtió en Trieste, Videm en Udine, Grad en Grado y así adelante. De la misma suerte, rebautizaron a Peter Beli, logrando una síntesis – Pietrobelli - que se convirtió en apellido para su descendencia.

Pero volvamos a la Patagonia y al relato que nos entretiene. Pietrobelli trabó profundo conocimiento y algo parecido a la amistad con los caciques pehuenches y tehuelches de la región. Me refiero a algo sólo parecido a la amistad, porque los aborígenes jamás harían amistad verdadera con un representante de los usurpadores, sin menoscabo y no obstante la simpatía que pudiera inspirarles a título singular y personal; es una ley de la sangre que aún se corresponde con el antiguo principio de hospes hostis2. Sin embargo, salvo alguna transcripción literal de los extensos conciliábulos celebrados, los manuscritos genuinos de don Francisco habrían sido sustituidos por un relato nuevo y distinto, recreado a manu servus3 y, por supuesto, conveniente a la versión oficial de la historia. Los originales, amén de sus crónicas de viaje, contenían datos siniestros y condenatorios sobre hechos atroces ocurridos en la Patagonia en las postrimerías del siglo XIX. Pese a constituir un secreto muy mal guardado, pocos son los que se han animado a escribir sobre estas atrocidades y aún lo publicado echó más sombras que luces sobre la historia, contribuyendo al ocultamiento de la verdad verdadera.

Un dato clave de la verdad sería que Pietrobelli no llegó a ver jamás el Golfo San Jorge. En vida, sólo llegó al valle de la actual comuna de Sarmiento, que lo deslumbró con su virgen potencial, tan parecido a la campiña de sus ancestros en la añorada llanura del Po, fértil enclave entre los Apeninos y los Alpes.

Al llegar a Sarmiento, Pietrobelli estaba ya muy enfermo, preso de una extraña fiebre que lo mantenía postrado en su campamento, a pocos pasos del río. Cierto día, el toqui4 Painefilu – del linaje de los Calfulcurá - enterado de su enfermedad, le envió a su propia curandera y pitonisa, una Machi5 de mirada ausente y piel ajada cual añoso papiro; engañadora del Gualicho6 y conocedora de las palabras vedadas; ni los más ancianos sabían adivinar su edad.

Llegó con una corte de lanceros, pero demasiado tarde; el expedicionario ya agonizaba abrasado por un fuego cruel y devastador. Ella, con su profunda y misteriosa sabiduría, reconoció claramente los signos del apocalipsis personal de aquel portentoso aventurero, que supo ser un roble hasta esos días.

De los co-expedicionarios de don Francisco quedaban en el campamento apenas cuatro. Un par de ellos había regresado a Gaiman; algunos pocos habían muerto durante el viaje. Entre los que quedaban, más el séquito de la vieja india, incluídos ésta y el moribundo, sumaban once almas. Con uno más, podrían parodiar con mediano éxito a los confundidos apóstoles de la última cena, pero el que faltaba aquí, a todas luces, no era Judas.

Una vez muerto el caudillo, la permanencia en el lugar perdió sentido, pero nadie atinaba a hacer nada: ni a levantar campamento, emprendiendo el regreso, ni a comenzar alguna actividad con miras a afincarse en el lugar. Los indios, pragmáticos y supervivientes, vieron en la inmensa cantidad de vituallas que había en las siete enormes carretas, una posibilidad de aprovechamiento para los suyos; entonces, los blancos se convirtieron en un estorbo.

A Pietrobelli lo embalsamaron en medio de un ritual en el que ofició de sacerdotisa doña Heka Guennake, tal el nombre de la hechicera. Sus condiciones chamánicas le previnieron acerca de la intención de los lanceros de matar a los expedicionarios: lo supo en un sueño, como todo lo que sabía. No me fue revelado si intentó impedirlo; de todas formas era tarde. Ya los aborígenes habían perpetrado el sangriento hecho, del que sólo Blas Cancler ("Cruento Sur", cap.23) da testimonio.

Heka no los amonestó, dado que, de acuerdo al pensamiento fatalista de su cosmografía, carecía de sentido la pretensión de influir sobre los hechos, así como ensayar conclusiones morales sobre los mismos. Menos aún, juzgar lo consumado (si ocurrió, es porque así debía ser). Para ella, sólo se podía obrar sobre el presente y, aún ello, por intercesión de los dioses y no mediante la libre voluntad: las criaturas seríamos simples actores en una compleja obra escrita, dirigida y montada para escena por los dioses y sus sirvientes. Tal, su rudimentaria teología.

Los cuerpos sin vida fueron arrojados al río, dado que, al no pertenecer a la raza, no les correspondía la sepultura según la usanza moluche. En cambio don Pietrobelli corrió distinta suerte. Los indígenas daban a los jefes de otros grupos un tratamiento similar a sus pares; esto formaba parte de su protocolo y reglas del ceremonial. La vieja tomó el mando (que por otra parte siempre había tenido, con excepción del hecho de sangre relatado) y dispuso que a don Francisco lo sepultaran mirando al mar y al oriente, dado que de allí provenía. Así fue, que llegó el expedicionario a la costa atlántica, pero ya sin vida, cual añoso árbol que se ha talado y que servirá ahora para otros propósitos.

El viaje hasta el mar fue breve; apenas tres jornadas. Cuando llegaron, los dioses les regalaron un día luminoso y diáfano, con ese mar intensamente azul que sólo puede verse en estas latitudes. La vista desde el acantilado era extasiante. A Pietrobelli lo enterraron de pié, al lado de su caballo, en lo más alto del Chenque7, mirando hacia el noreste.

Apenas consumada la inhumación, se desató una tormenta infernal de vientos huracanados acompañados de lluvia y nevisca, que duró tres días con sus tres noches.

Al cuarto día, los aborígenes decidieron regresar a sus pagos, con el tranquilizador sentimiento de la misión cumplida. Camino de regreso hacia el Neuquén, levantaron el campamento que habían dejado a la orilla del río Chubut, llevándose una verdadera riqueza en vituallas y ropajes de las siete generosas carretas que habían pertenecido a la expedición.

Painefilu no fue informado de los pormenores y como jefe prudente, sabio y veterano, tampoco preguntó. Sólo se interesó por la salud de Pietrobelli. Todo lo demás, quedó escondido tras la sonrisa enigmática y arrugada de la hermética sacerdotisa de piel de papiro y ubicua sapiencia. Painefilu sabía que ella al menos había estado a la altura de las circunstancias. Por otra parte, lo acaecido llegaba a ser apenas una sombra, un pequeño detalle en el proceso de devolución de favores a los blancos por todas las tropelías, tan cercanas al genocidio, de las que habían sido víctimas. Sabríamos más acerca de ello, si los escritos originales de Pietrobelli no se hubieran perdido.

La ausencia de noticias en Rawson motivó que los dos miembros originales del grupo colonizador que habían vuelto a Gaiman, regresaran ahora al valle del Senguerr. Inútilmente buscaron a sus compañeros y a su jefe. Ante la extensa e infructuosa búsqueda, terminaron afincándose en el lugar y es recién a partir de entonces que comenzaron las acciones de asentamiento.

Pronto se hizo imperiosa la búsqueda de un puerto marítimo como salida para los productos del fértil valle. Curiosamente, no hay precisiones sobre esta parte de la historia, tan actual como anónima. Ni siquiera se conocen los nombres de los dos fundadores; sólo sabemos que realizaron el proyecto trunco que Pietrobelli no pudo concluír, a pesar de que se le atribuye su consumación. Algunos, tal vez malintencionados, insisten en que el vacío se debe al analfabetismo de estos pioneros. Otros dicen que no había tiempo para registrar los hechos porque los acontecimientos se producían en una vorágine que sólo dejaba tiempo para la mera y elemental subsistencia.

Pero esas son discusiones marginales. Una vez más, la historia demuestra aquel arcaico principio de que la fuerza creadora está en el deseo y la intención, aunque sean inconscientes, potenciales y futuros; el resto, son simples herramientas.

Mirando a la luz de la proyección de nuestros planes y su cristalización extemporánea, sabemos hoy que, de haber vivido, Pietrobelli hubiera buscado una salida al mar y hubiera fundado un asentamiento a sus orillas. Algo se interpuso para que no fuera así, pero lo revelado, lo que trascendió, fue lo que debía ocurrir porque estaba programado en una mente, como todas, portentosa. Por otra parte, es sabido que la memoria cósmica sólo puede contener las líneas esenciales del devenir, no así las circunstancias. Si Pietrobelli debía fundar la ciudad, entonces la fundó: tiempo, espacio, corporalidad, son ajenos a la esencia de los hechos y totalmente intrascendentes e ineficaces.

 

Notas:

1.        Comodoro Rivadavia, Patagonia Argentina.

2.        (= “extranjero, enemigo”) Locución latina que indica que todo extranjero es, en esencia, enemigo.

3.        (= “con mano de siervo”) Locución latina; expresión con que se califica lo escrito con motivos mercenarios.

4.        Cacique.

5.        Chamán, curandero/a.

6.        Espíritu del mal, también llamado Huecuvoé ("el viejo que merodea por fuera"), hermano del Chachao ("padre de la gente").  Ambos representan la bipolaridad mal-bien en la concepción de la deidad mapuche.

7.        Chenque = cerro a cuyo pie creció la población de Comodoro Rivadavia. En lenguaje autóctono significa “cementerio”; para nosotros es “cementerio de indios”.

 

El acantilado

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (2)

Qué omnímoda potestad,

Cuánta embriaguez de poder

Otorga la facultad

De elegir: ser o no ser.

(Lalo de Pablo)

 

Sobre este fragmento reflexionaba yo en esa mañana de otoño, rumiando mentalmente los nunca publicados versos, que siempre consideré de lo más valioso escrito por Lalo de Pablo, a la vez que la revelación más auténtica del profundo drama de su breve vida.

Hay mil motivos para el suicidio y hay también sitios más adecuados que otros para consumar ese acto póstumo y fatal. Aquí, frente a este increíble Atlántico, azul, profundo y eterno, en el sur del sur, conozco uno de los mejores lugares. El mismo Zigajna, ese fiel amigo de Passolini, me confesó que Pier Paolo hubiera cumplido su programada inmolación en estos lares si no existiera Ostia y si el esteta hubiese trascendido al místico.

De momento, es un inapreciable legado de la naturaleza destinado sólo a los privilegiados lugareños; el día en que lo descubran las masas, seguramente cambiará su destino. Sospecho que se organizarán excursiones para suicidas que tal vez hasta terminen convirtiéndose en un brillante negocio.

El lugar es la cima de un acantilado que sólo se hace visible mirándolo desde otra escarpa similar, ubicada septentrionalmente con relación a él. Se recorta en el horizonte, abrupto y señero, envuelto en una estética inigualable, formando un precipicio hacia las rocas y el agua helada, que realmente invita al salto final. Es la muerte que sale al encuentro de uno y no uno al encuentro de la muerte. Me recuerda a la jaula de Kafka que fue en busca de un pájaro.

Desde este emplazamiento, se desvanecen los motivos para perpetrar la auto inmolación, a pesar de ser seguramente innumerables y definitivas las causas aparentes. El simple hecho de habitar este rincón inhóspito, alejado de la mano de Dios, es para muchos, suficiente justificación. Pero como hay también quienes vislumbran en el hecho de vivir en este lugar su redención personal y su única vía de supervivencia, parece quedar demostrado que no sólo los extremos se tocan, sino que la misma causa puede tener efectos aún contrapuestos.

Sin duda, existen también las causas intrínsecas. Lalo de Pablo, que reflexionó mucho sobre su propio aniquilamiento, llegó a la conclusión de que el suicida no es más que un homicida egocéntrico, egoísta y frecuentemente ególatra. Como se trata de características para nada escasas entre los humanos, no es raro que existan potencialmente innumerables aspirantes.

El mismo de Pablo, a pesar de todo, no dudó en materializar su planeada autodestrucción. En el escrito que dejó como testimonio, atribuyó el hecho a la imposibilidad de comunicarse con el mundo y con sus semejantes. Su recién inaugurada adolescencia nos privó de futuros y probables escritos, pero quiero transcribir su ópera póstuma, porque nació precisamente en este escenario. La tituló Incomunicación:

En una playa desierta,

Mil calaveras mortales.

Nubes negras en el cielo,

Olas de furia en el mar.

Y en mi cuerpo, hambre y sed…

Deshidratación brutal.

Gritos ensordecedores

Que el agua grita en las rocas;

Soledad desgarradora

De cadáveres humanos.

El cuerpo se desvanece…

Tiemblan sin fuerza las manos…

Ni un sol triste que me alegre,

Ni un pájaro que me cante,

Ni un corazón que me hable…

¡Soledad que vuelve loco!

Y mi cuerpo, enfermo y débil,

Va cediendo poco a poco…

Gris tristeza de una tarde

Sembrada de calaveras.

¡Incomunicación re-cruel!

¡Suplicio peor que el hambre!

…En la playa triste y gris

Yace ahora otro cadáver.

De estos versos postreros de de Pablo puedo deducir que tal vez ya antiguamente el acantilado despertaba ese secreto y oscuro impulso exterminador, de lo contrario sería difícil justificar la cantidad de calaveras que inundaban la playa; la historia no registra allí ninguna batalla que pudiera explicarlo ni los indígenas del lugar tenían por costumbre establecer los cementerios junto al mar, sino en lo alto de la meseta, los llamados chenques.

De todas maneras, la humanidad toda es muy propensa al suicidio. Regresando a Kafka, para el Quijote el suicidio era una importantísima proeza, pero, ya muerto, necesitaba de un espacio viviente para lograrlo. Los sucesores del Quijote, necesitamos una víctima. Contra lo que es común creer, el suicida es victimario; las víctimas son su prójimo; víctimas de una cruel y feroz venganza, que los aniquila sin siquiera tocarlos.

De Pablo estaba, a todas luces, muy enamorado de la muerte, cualidad tan habitual entre los adolescentes como entre las naturalezas sensibles en demasía; sus versos son casi empalagosos en ese sentido. Tal vez ello encuentre explicación justamente en su mentada adolescencia de aquellos días, que se manifiesta también en la inmadurez literaria de sus versos, pese a la cual quise transcribirlos en forma literal (aunque en fragmento), porque creo que su clima logra abrir una ventana al alma del autor en ese instante en que ya había decidido su destino.

¿Sería la soledad la verdadera causa de su decisión, o fué víctima del hechizo que el enorme promontorio ejerce sobre quienes osan establecer allí su atalaya para indagar el universo?

Esta inquisición me persiguió durante largo tiempo, hasta que caí en la cuenta de que en este escenario toda causa pasa a ser subalterna; en realidad, el impulso surge como ineluctable necesidad de satisfacer un hecho estético, trascendente e irrepetible, definitivo e irrevocable.

En mi caso particular, hubo un solo argumento capaz de refrenar mi impulso en el instante final, y fue la conciencia de que no podemos manipular el ser o no ser; simplemente, no podemos renunciar a ser, sólo podemos decidir sobre el estar o no estar.

Recuerdo que escribí ese día en mi diario:

"…El aire duro del mar golpeó mi cara, / oxigenó mis poros. / Las olas golpeaban las rocas / en la lejana profundidad. / Percibía el sordo ruido de esa música brutal. / La lucha interior continuaba…/ Me di cuenta en ese instante / de que me sería imposible dejar de ser. / Apenas, conseguiría dejar de estar. / Y además, después de todo, / siempre habría tiempo…".

Cumplido este rito íntimo de introspección, se abortó el intento en su mismo impulso inicial y me quedé mirando el infinito desde el acantilado imponente y sobrecogedor.

Desde entonces, la posibilidad del suicido es lo que me mantiene vivo. Frecuento los escritos de suicidas famosos, desde Hemingway hasta Pablo de Rokha, pero por sobre todos me interesan los suicidas frustrados, porque sobrevivieron al intento y son los que mejor testimonio pueden dar de la experiencia previa y posterior. Entre ellos, mi favorito es Gauguin, que hizo una obra de arte de su vida y de su muerte, y que realizó uno de los intentos más interesantes y coloridos de la humanidad, desde la elección del escenario hasta la forma, el método y el desenlace.

Mientras tanto, dejé de visitar el acantilado, hasta que sienta la ineludible y fatal necesidad de hacerlo.