La página de Lorenzo Strukelj

En una estancia del sur

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (1)

Mary tomó un par de hojas de heliantemo, las unió con algunas semillas de la misma especie e introdujo esa armoniosa mezcla verde amarillenta en una bolsita de tela también verde, pero mucho más intenso, con ornamentos rojos; luego ató todo con un cordón dorado y lo guardó en un rincón íntimo y secreto.

Aunque Mary vivía en la distante y marginal Patagonia, en una de esas desmesuradas propiedades llamadas estancias, todas las navidades repetía el mismo rito, continuando con la tradición de su madre, de su abuela y de quién sabe cuántas generaciones en la vieja Inglaterra; esto traería fortuna y prosperidad. También traería salud, ya que para los griegos el heliantemo estaba dedicado a Esculapio el curador y Mary, por ascendencia paterna, era precisamente griega.

Kazantzaki decía que no hay una sola gota de sangre griega antigua en los griegos modernos, pero el mismo Kazantzaki dijo y se desdijo de esto constante y alternadamente a lo largo de toda su vida; en todo caso el padre de Mary vivió orgullosamente en la conciencia de su origen, como si fuera el heredero único y universal de la Grecia clásica.

El marido de Mary, John Sykes, fumaba a un costado del hogar - en ese momento apagado, dado que en estas latitudes del mundo la navidad llega en verano - vacío y oscuro como una gran boca desdentada, abierta y de helado aliento. El humo de la pipa iba invadiendo la atmósfera con un atrayente olor a tabaco high quality, traído especialmente para "Mister John", como solían llamarlo, desde una exclusiva tabaquería londinense.

Marido y mujer, rara vez discutían de política; John era tory, mientras que Mary prevenía de una familia de whigs, profundamente arraigada a sus creencias y tradiciones.

Tampoco la religión era tema de debates. El era anglicano y ella católica conversa, a pesar de que el anglicanismo de John era mas bien proclamado y folclórico, dado que, como hombre paradigmático de esta nueva civilización, fruto y causa del progreso, oriundo del país donde se gestó la revolución industrial, consideraba como su deber y obligación el no sentirse atado a esas retrógradas fruslerías; adhería sólo a lo científico, a la manera tan propia de los últimos siglos, en que la ciencia se convirtió en una religión tan dogmática como aquellas a las que desprecia.

Pero, como ya he dicho, de todos estos asuntos hablaban poco o nada; con esa flema natural de los británicos, mas bien gastaban su tiempo ocupados en quehaceres, que no en vanos debates.

Había momentos de inactividad, como éste, pero aún en esos momentos predominaba el silencio. Aunque Mary no lo decía, disfrutaba de la callada y simple presencia de John, así como del balsámico aroma, profundo y amargo, que despedía su pipa.

En ese preciso momento, llegó Nahuel para interrumpir esa idílica paz hogareña con la novedad de que una inmensa manada de guanacos había invadido el campo en su paso hacia el sur y había secado todas las aguadas. Había que hacer algo con premura si se quería salvar la hacienda. Esta sed inagotable de los camélidos, sumada a la voracidad de los zorros y los pumas y a la crueldad de las extemporáneas heladas mantenían en una lucha permanente y desigual al abnegado poblador: lucha universal entre lo autóctono y lo implantado; lucha a la manera de David y Goliat, contra las siete plagas de Egipto y el monstruo de Tasmania juntos. Por suerte para la historia, estos pobladores eran esforzados gallegos, tanos y gringos, que nunca supieron de desfallecimientos.

El campo era tan extenso que gran parte de la hacienda no llegaba jamás a los molinos; las aguadas secas serían la muerte segura para esos trashumantes rebaños de generosos vellones albos.

Mister John, de mala gana, dio una última pitada a su humeante y aromática pipa, elegante, marrón y de boquilla negra. No necesitaba decirle nada a Mary; ella había escuchado al peón tanto como él; sólo se levantó y salió tras los pasos de su fiel empleado de tantos años. Mary, en una reacción casi automática, corrió a su habitación, se desvistió rápidamente, se calzó un pantalón y sus botas de montar, una camisa escocesa y un grueso suéter de lana y trilló los pasos de su marido.

En la caballeriza se encontraron; su yegua tenía ya la montura y el apero colocados, esperándola. Los dos hombres ya montaban sus briosos corceles, puro nervio y energía. Mary, por su parte, montó a Candy y los tres salieron en apresurado galope, al ritmo de contrapunto de los sonoros relinchos.

El golpe de los cascos resonaba en el anchuroso silencio de esas soledades. La estela polvorienta que dejaban a su paso permitía adivinarlos desde distancias incalculables en la gran llanura; esa llanura que supo ser tierra de tehuelches, invadida por mapuches y que se extendía hasta territorio ona, donde los selk´nam se transportaban con sus canoas, como habitantes de una lejana y helada Venecia; esa llanura que conformó el Adelantazgo de Alcazaba; esa llanura de choikes mankes y pagís, con tantos misterios en sus entrañas.

Y esas entrañas devoraron a los tres. El árbol navideño quedó preparado en la gran sala, esperando ingenuamente una celebración que no llegaría nunca; la mezcla de heliantemo permanece aún en su recoleto y oculto espacio, pero esta vez sus efectos aparentemente fallaron: nunca más se supo nada de John, Mary y su fiel sirviente Nahuel.

Actualmente, la gran estancia pertenece a la corona británica, por uno de esos indescifrables milagros de los procesos sucesorios.

El castillo del Sur

Escrito por lorenzostrukelj 26-08-2006 en General. Comentarios (1)

Pocas personas escucharon hablar de este castillo en el remoto sur de América; muchas menos aún son las que lo han conocido. Para ser más precisos, sólo tres mortales hemos gozado de tal privilegio en los últimos dos siglos. El príncipe indio y el baqueano que me llevaron hasta el lugar han muerto ya, por lo que creo ser el único conocedor de tamaña obra, atemporal y extraña. Esta amalgama de raras circunstancias es la que me impulsa hoy a revelar aquellos acontecimientos que me parecen a veces tan lejanos y, a veces, tan recientes. Siento casi como una obligación ineludible el dar testimonio de ello. Misteriosamente, esta sensación de deber se ha ido intensificando en los últimos tiempos y no puedo adivinar la verdadera razón. ¿O será que mis días también están llegando a su fin?

Uno de los encantos de la Patagonia es su virginidad. Si desplegamos el mapa, veremos dos larguísimos hilos laterales que la recorren de Norte a Sur, bordeándola por el Este y por el Oeste, por el mar y por la cordillera, con escasos nexos entre ambas: apenas un par de rutas demasiado distantes. Están también los caminos menores, invariablemente de tierra, y las huellas apenas recorridas por algún habitante perdido en sus entrañas sobreviviendo con sus ovejas. Pero aun asi, sumando todos los caminos, quedan extensiones inconmesurables que no figuran en ningún destino ni existe brújula que enseñe cómo llegar hasta allí.

En verdad, creo que este suelo estepario está menos explorado que la misma selva amazónica; la diferencia reside en que la selva es virgen por impenetrable y en cambio el desierto patagónico por simple destino de soledad: por esa condena que otorga la lejanía. Hay quienes sostienen que más que condena es una bendición y hay días en los que me incluyo entre ellos; hay días en cambio en los que creo todo lo contario y otros en los que sinceramente creo que ambos tienen razón y que, a su vez, ninguno la tiene. Y esto último es lo más probable.

Con el príncipe Llantén nos conocimos por obra de la casualidad, a pesar de que no creo en ella. Al baqueano, en cambio, lo buscamos durante mucho tiempo, pero el esfuerzo valió la pena. Realmente fue un valioso hallazgo.

Cuando nos internamos en esa mal llamada pampa, justo sobre el nivel de la meseta, se desplegó delante nuestro una interminable e imprevisible alfombra de variados matices que iban del gris al verde oscuro, con algunos puntitos amarillos y violetas pintados por las flores de la estación. No hay como la primavera para ensayar estas excursiones hacia las entrañas mismas de la estepa para disfrutar de ese colorido tan rico como sutil y que me figuro similar al que buscaron Gauguin y van Gogh cuando se afincaron en la luminosa Provenza. Como contrapartida, para que el idilio no sea perfecto, el viento golpea como en ninguna otra época del año.

Lo sorprendente es que, apenas alejados de los caminos trillados y las huellas preexistentes, el paisaje cambia tanto que uno llega a creer que se trata de un engaño. De pronto se abren cañadones que sólo diez pasos atrás eran isospechables; sierras de puntas afiladas, invisibles hace apenas cinco golpes de clepsidra; cuevas que parecen haber albergado a toda una civilizacion perdida en la memoria del tiempo. La flora y la fauna, cambiantes y de una variedad insólita, constituyen otro misterio no menos interesante. Juraría que las variantes orograficas y la riqueza de vida que descubrimos fueron un espejismo, si no confiara tanto en mis sentidos. Aun hoy me sigo preguntando si habrá sido real, aunque se perfectamente que lo fue. Desde la ruta he observado miles de veces ese horizonte indiferente y monótono, tratando de adivinar algo de todo lo que vi en aquel viaje, pero me resulta imposible a pesar de mi insistencia. Incluso desde el avión, desde donde pareciera que la visión es más rica y completa, no logré jamás una simple insinuación de la verdad, ni el más vago bosquejo que dé fundamento a mis recuerdos. ¿Pueden unos pocos pasos cambiar tanto la realidad? Sin duda que si; puedo dar fe de ello, porque yo anduve esos caminos con Llantén y el baqueano Sosa.

Sosa nos anticipó que no conocía el camino. Pero, en realidad, Sosa conocía todos los caminos: los que anduvo y los que no. Era baqueano de raza, de esos que, si le tapan los ojos y lo largan en medio de la estepa siberiana, en pocos minutos se las arregla como si hubiera nacido allí.

El camino que él decía no conocer, era el camino al castillo. Tampoco había oído hablar de su existencia. El único que tenía noticias era Llantén y, con vagas referencias, iba guiando al baqueano hasta donde podía. Yo, con mi escaso protagonismo, parecía ser el convidado de piedra, aunque en realidad era todo lo contrario, porque el príncipe indio me eligió para hacerme partícipe de su conocimiento y éste fue el único y real móvil del viaje.

Andábamos en silencio. Largas horas a caballo -o días, tal vez, cómo asegurarlo- y el tramo final a pie. Sólo escuchábamos el crujir de las piedras bajo nuestros pies y el silbido del viento entre las matas. Pero había momentos en los que el viento amainaba, entonces el ruido de las pisadas se hacia más vívido y se disfrutaba como una música honda, visceral y profunda. Cuando llegábamos a algún médano y desaparecía el ruido de las pisadas debido a la alfombra de arena, entonces el silencio se hacía infinito y total. Sosa y Llantén apenas ensayaban algún monosílabo de tanto en tanto. Yo, en cambio, no me atrevía a ultrajar esa paz desconocida e irrepetible ni siquiera con mi respiración. Era un éxtasis digno de ser vivido.

Por trechos, nos acompañaban distintos animales. Creo que así debe haber sido en el paraíso terrenal, porque esas bestias mansas y apacibles parecían no haber experimentado jamás la agresión de un humano. Se nos arrimaban como perritos falderos y nos seguían hasta que se aburrirían, supongo, de nuestra insípida compañía, pero enseguida eran reemplazados por otros, como si se tratara de una marcha programada en la que unos entregaban a otros la posta.

El sol subía y bajaba dibujando paisajes distintos a cada instante: proyectando sombras, quemando arenas, desdibujando perfiles, pintando y repintando con distintos matices el paño de nuestra visión.

Nadie llevaba reloj ni almanaque, desagradables carceleros que suelen encorsetar nuestras ansias de libertad hasta el fin de nuestras vidas, de modo que solamente la subjetividad de los sentidos primarios daba algún orden a nuestros días.

Durante toda la marcha nos cruzamos sólo con un humano. Era indio y Llantén parecía conocerlo, ya que se trenzaron en un breve y cordial visteo, analogía de una armoniosa a la vez que viril danza, en la cual ambos demostraron ser diestros. Cambiaron apenas tres palabras y luego el extraño siguió su camino, veloz sobre su brioso potrillo dorado, que más parecía una flecha que un caballo. Después, volvimos a la rutina del camino silencioso.

Justo en el momento en que ya el ciclo del asombro comenzaba a agotarse para convertirse en monotonía, se produjo la gran sorpresa. El camino comenzó a cerrarse como en una quebrada cada vez más angosta y, de pronto, se alzó ante nosotros una arcada que parecía ser la puerta de acceso a un mundo totalmente distinto. Hasta el olor del aire cambió de repente. Llantén sonrió, lo que para su flemática personalidad equivalía a un grito desaforado. Se adivinaba en su rostro el disfrute anticipado de una victoria que se está por conseguir. No dijo una palabra; sólo señaló hacia el noroeste con el brazo derecho extendido y hacia allí nos dirigimos.

A poco andar, comenzaron a hacerse más altas las matas y también más tupidas. Ya nos costaba avanzar sin coleccionar rasguños y azotes de las abundantes ramas. Pronto tuvimos que dejar los caballos y continuar de a pie y con machete, como si estuviéramos en plena selva. Por suerte no fue largo el camino. De buenas a primera, nos encontramos ante un gran farallón que no se podía confundir con las altas bardas que bordeaban el profundo valle, porque su constitución era totalmente distinta. No me animo a decir que era piedra, pero tampoco era ninguno de los materiales de construcción hasta hoy conocidos. He visitado innumerables ruinas y castillos en la vieja Europa, pero éste era distinto. Llantén apoyó ambas palmas sobre la inmensa pared y levantó la cabeza apuntando a la cúspide de aquel muro. Luego, como si se tratara de un extraño rito de alguna ignota liturgia, bajó la mirada al suelo cayendo en un estado de éxtasis o profunda meditación, mientras su cabeza se mecía casi imperceptiblemente en un rítmico vaivén. Hizo una larga inspiración, se irguió y retomó la marcha sin decir palabra, esta vez bordeando el muro hacia la izquierda.

Con Sosa nos mirábamos cada tanto como queriendo adivinar cada uno lo que pensaba el otro. No sabíamos muy bien de qué se trataba, pero sentíamos esa especie de sobrecogimiento que se experimenta en los momentos en que está por suceder algo muy importante.

Llegamos por fin a una gran puerta y, a través de ella, a un inmenso patio interior. ¡Era imponente! Recorrer con la mirada los muros que nos rodeaban producía vértigo. Desde los huecos de algunas aberturas, volaron grandes aves que seguramente habían establecido allí sus nidos ante la falta de otros habitantes. El patio era atravesado por un hilo de agua que surgía cerca de la puerta y se perdía en una grieta en el otro extremo, entre dos grandes piedras que le oficiaban de marco. Jamás vi ojos más grandes que los de Llantén recorriendo cada detalle. Cara de asombro como la de Sosa tampoco vi jamás.

De pronto, semiescondida por unos matorrales algo más altos que el resto, descubrimos una entrada lateral. Aparentemente la vimos todos en el mismo instante ya que, como en un acto reflejo, nos abalanzamos sobre ella los tres a un tiempo; pero Llantén nos hizo una seña para que esperásemos donde estábamos y siguió solo. Extenuados, nos resignamos a obedecer y tomamos asiento sobre unas piedras que parecían haber sido colocadas allí a modo de invitación al descanso y a la pausa. No se cuánto tiempo esperamos, porque me quedé dormido, exhausto por el viaje y la emoción del descubrimiento.

Cuando desperté, vi a mi lado al baqueano. Me dijo que el indio seguía sin aparecer. Comenzamos a recorrer el patio; vimos otras entradas, ingresando en algunas de ellas, pero eran todas entradas muy obvias y ninguna tenía el misterio de la que fagocitó a Llantén. Descubrimos algunas galerías largas y espaciosas, otras más reducidas y algunas que se convertían en pasadizos casi infranqueables. Seguimos vagando largamente y aquello parecía no tener fin. Era como andar y andar sin llegar nunca al final. ¿Tan grande sería aquel castillo? La luz entraba por distintas aberturas a modo de ventanas, pero todas demasiado altas para que pudiéramos mirar a través de ellas. Hasta que, de pronto, vimos una que no estaría a más de un metro y medio del piso. Grande fue nuestra sorpresa cuando, al asomarnos, descubrimos que estábamos a una gran altura, desde la que divisábamos todo el valle y aun mucho más allá. En realidad, podíamos ver casi todo el camino recorrido en el largo viaje que nos había traído hasta allí. Pero, nos preguntábamos con Sosa, cómo podía ser que viéramos el camino tan lejano y sin embargo, cuando en él habíamos estado, no vimos ningún accidente en el horizonte que pudiera hacernos sospechar siquiera la existencia del lugar donde ahora nos encontrábamos. Nos prometimos desentrañar este misterio a nuestro regreso. Seguramente no habíamos mirado bien o algún velo nebuloso había censurado nuestra visión, pero a la vuelta observaríamos atentamente hasta descubrir cómo se veía el castillo desde la distancia. También compartimos la sospecha de que las galerías por las que habíamos caminado seguramente conformaban una gran espiral, sutil pero eficiente, ya que en ningún momento habíamos subido escalera alguna, antes bien, nos pareció caminar todo el tiempo en forma horizontal, llana, y de pronto resultaba que estábamos a una altura similar a la cima de una gran montaña, desde la que se divisaba una extensión casi infinita de territorio. Nos entretuvimos adivinando el lugar en el que habíamos dejado los caballos. No parecía lejos.

Permanecimos tres días con sus noches en el castillo, caminando casi todo el día; recorriendo galerías y habitaciones, conociendo pasadizos y recovecos, explorando grandes salones y pequeñas recámaras, incansablemente y sin parar. En los tres días no recuerdo haber estado dos veces en el mismo lugar, lo que me hace pensar que aquello era realmente colosal. Tampoco encontramos en todo ese tiempo a Llantén, ni pudimos volver a encontrar la entrada por la que se había introducido él en el castillo. Varias veces creímos verla, pero al acercarnos caíamos en la cuenta de que en realidad no era ésa la puerta del indio.

Como por arte de magia, al tercer día, Llantén apareció ante nosotros, sonriente y gozoso, más comunicativo de lo que lo recordaba y con una luz en la mirada que tenía algo de misterioso y celestial. Así y todo, no fue mucho lo que nos dijo. Lacónicamente narró algunas noticias que a él le habían contado sobre la historia del castillo y que involucraban a sus antepasados muy remotos. También nos dio algunas referencias vinculadas con distintos puntos del castillo y su orientación, mencionando alineamientos estelares y planetarios que no comprendí muy bien. De golpe, como si le atacara una imprevista urgencia, nos indicó la salida y hacia allí nos dirigimos.

El camino de regreso fue muy similar al de ida. Los mismos silencios, los mismos monosílabos, el mismo paisaje, el mismo crujir de las piedras. Con Sosa intentamos descubrir el castillo desde la distancia, de acuerdo a lo planeado, sin embargo todo intento fue infructuoso, como si un acto de prestidigitación lo hiciera invisible casi de golpe. Por un momento sentí el impulso de volver para verificar que fuera verdad, pero no me animé. Creo que a Sosa le pasó lo mismo. Llantén seguía callado, pero algo había cambiado en él. No sólo su mirada; hasta su piel parecía más lozana. Era como si hubiera rejuvenecido.

Cuando llegamos al punto en el que nos habíamos encontrado con aquel otro indio en nuestro viaje de ida, el príncipe nos hizo saber que allí se separaban nuestros caminos. La despedida no fue ni solemne, ni triste, ni alegre, ni nada. Parecía sólo un acto banal, sin ninguna importancia ni trascendencia. Apenas saludó, tomó la misma dirección que había tomado su hermano de sangre y desapareció de nuestra vista con la misma premura con que lo había hecho el otro.

Nosotros, sin salir de la sorpresa por la intempestiva despedida, desandamos el resto del camino, idéntico pero opuesto al de ida y, llegados a la ruta, también nos despedimos, prometiendo encontrarnos en algún momento en la ciudad.

Siempre viví con la idea de que volvería a ver a Llantén, pero no fue así. A Sosa lo vi un par de veces y conversamos sobre lo vivido en esos días, por eso estoy seguro de que fue real. Sosa murió hará cosa de un año, soñando con serpientes, pobre. Por el padre Antonio Mateos, un santo español que anda por entre las tribus y reservaciones de la cordillera, supe que Llantén también murió. Según el padre Antonio, Llantén era un iluminado. Y debió ser así, porque ya el padre Barreto me lo había dicho muchos años antes, cuando nos presentó. Algún día relataré ese encuentro.

Durante muchos años callé todo esto, por temor al ridículo. Me sentía como quien vio un platillo volador y teme ser tomado por loco. Pero últimamente comencé a sentir un impulso extraño y una necesidad de contarlo que me llevó a hacerlo tal vez en demasía. Lo sigo haciendo compulsivamente, sin poder contenerme. La gente me escucha; algunos no dicen nada y se quedan pensando. Otros sonríen con sorna, desconfiados y a un tiempo condescendientes para con mis delirios. Esas muecas de Mona Lisa son las que menos tolero; prefiero a los que, directamente y sin rodeos, me manifiestan su incredulidad. He pasado a ser un personaje extravagante y sospechado de cierta insanía.

Sin embargo esta historia, tan simple como maravillosa, fue real. Nunca me atreví a regresar al lugar, pero puedo dar su ubicación aproximada. Miles y miles de veces he repasado el mapa, rehaciendo mentalmente el camino andado hace ya tantos años. Para quien se interese en investigar la verdad de mis dichos o tenga inquietud por descubrir los secretos de una civilización que aparentemente nada tiene que envidiar a los mayas, a los aztecas ni a los egipcios, voy a dar una referencia que supera toda ambigüedad: si trazamos una línea recta imaginaria uniendo Camarones con Trevelín y otra similar entre Chimpay y Colonia Sarmiento, donde se produce la intersección de ambas, no estaremos lejos del lugar. En cuanto al camino a tomar, lo más indicado es, desde la Ruta Tres, internarse hacia el oeste en las inmediaciones del camino que lleva a Sierra Cuadrada; luego, buscar el punto indicado por las coordenadas antedichas. Lo ideal es ir en primavera, aunque en otoño debe ser también espectacular y asombroso.

Homenaje a Borges

Escrito por lorenzostrukelj 25-08-2006 en General. Comentarios (0)

Dedicatoria

 

Hay tres poetas, en tres riberas,

Que me han saciado de arte:

 

En la del Rio de la Plata, el universal Jorge Luis Borges;

En la del Segura, el sufrido Miguel Hernández;

Y el genial France Preseren, en la del Sava.

 

Este es un homenje al primero de ellos.

El de los otros dos,

Aún está en el alma.

 

 

CAPRICHO BORGEANO

 

Me han dicho, Jorge Luís, que te has marchado

Y es bueno que yo sepa que no es cierto;

Morar en otro mundo, con los dioses,

No puede ser lo mismo que estar muerto.

 

El ostracismo estaba ya en tu mente

Cual rara pero firme vocación,

¿Por qué afanarnos, pues, inútilmente

Buscando a tu destierro explicación?

 

Hoy sabes ya quién fue tu tercer hombre,

Vagando por las ruinas circulares;

Hoy sabes de los números, los nombres,

Las tierras misteriosas y los mares.

 

Has muerto y sin embargo sigues vivo;

Te fuiste y sin embargo estás aquí...

¿Será que vida y muerte son lo mismo?

¡Curiosa ubicuidad la del morir!

 

Trelew, Junio de 1986

 

 

JUSTIFICACION DE UNA AUSENCIA

 

En la Helvecia eternal

-patria tan añorada-

se me ha muerto como del rayo don Jorge Luis

-pluma tan admirada-

(remedando a Miguel Hernández)

 

Génesis inevitable de conjeturas y desconcierto:

La muerte.

Puebla el error, empero, cada espacio conjetural.

Y así fue cada palabra vanamente pronunciada;

Cada gota de tinta vanamente derramada.

 

La ausencia duele y confunde.

El vacío sin retorno desespera y angustia.

Aun así, me pregunto por qué

Tanta impudicia y crueldad

En aras de explicar un destierro...

 

Y es que no fuel el desamor,

Ni fue el inviolable destino;

No fue tampoco el consumirse al engendrar.

Todas, aproximaciones y espejismos.

No fue una cobarde huída

Ni un nuevo capítulo de otra porfiada búsqueda.

Menos aún, una mera etapa procesal de la existencia.

 

Fue, simplemente, aquella luminosa idea

Alumbrada tienpo atrás

E innumerables veces releída y repensada en secreto:

"... ¿Y para qué ser poeta en tiempos de penuria? ..." (*)

 

(*) Hoelderlin en "Brot und Wein"

 

Trelew, Julio de 1986

 

 

LAS DOS PROFECIAS

 

Bettina, reina de Tracia,

A quien cantara Jorge en inspirado vuelo;

Realeza nueva, sin aristocracia,

Nacida en surco al horadar el suelo.

 

Mas Luís se empecinó en hacerte prosa

Sin importarle pronunciar tu nombre en vano.

Así nació su conocida glosa

En aquel libro, tan divino cual profano.

 

Es Borges quien, sacrílego pronuncia

Tu nombre sin temor ni miramientos.

No se cumplió la maldición que anuncia

El misterioso libro de los cuatro vientos:

 

El mora entre nosotros, no se ha ido;

La profecía, pues, no se ha cumplido.

 

Trelew, abril de 1986

 

 

QUERIDO JORGE LUIS

 

En dos cosas acertaste solamente

Y aún en ellas

No fue total tu suerte.

 

Fue verdad que volverías a Ginebra,

Pero fue antes

De tu pretendida muerte.

 

No estás en Recoleta,

Tal cual lo predijiste;

Y estás también allí,

Tal cual lo presentiste.

(Nadie puede decir

Que no estará en un lugar

Si no ha pensado antes

En estar).

 

¿Juego de palabras?

¿Adivinación y suerte?

... ¡Caprichos de la ruleta

En que giran vida y muerte!

 

Comodoro Rivadavia, Junio de 1994

 

Hoy es hoy

Escrito por lorenzostrukelj 23-08-2006 en General. Comentarios (6)

Sé que parece un poco rara esta perogrullada.

Sin embargo, si comienzas a escribir "hoy es hoy" a las 11.59:58 pm, es probable que hoy ya no sea hoy al terminar la frase, si es que por hoy comprendemos el momento en que la iniciamos; y viceversa.

Me dirán que complico la cosa. Y es absolutamente verdad. En honor a aquel famoso principio: ¿para qué fácil, si se puede complicar?

La complicación es todo un arte, que algunos practican con encomiable éxito. A veces me ponen furioso, otras veces los admiro; a veces los odio, otras veces me divierten.

El arte de la compliación no está en las listas de las bellas artes, pero sí que es una de las más extendidas.

¡Viva la complicación!

Así de simple.

Otro ejemplo: yo me llamo Lorenzo Strukelj, sin embargo eso no es totalmente cierto, porque en realidad soy Štrukelj, pero como esa palabreja contiene una letra que no existe ni en el castellano ni en el inglés, entonces sólo puedo apellidarme así cuando estoy en Eslovenia.

Pero, por ejemplo, en el blog no puedo ser ni lo uno ni lo otro, porque existe otro carácter llamado "espacio", que no existe en el idioma "blog", entonces ahí tengo que ser lorenzostrukelj.

Por añadidura, en Eslovenia soy Lovro en lugar de Lorenzo...

¡Pucha, digo! ¡qué crisis de identidad! pero, sobre todo, qué complicación, ¿no?

Hasta... ¿hoy?

Una pequeña historia

Escrito por lorenzostrukelj 23-08-2006 en General. Comentarios (0)
 

Describe tu aldea

Y describirás el mundo

Describe el mundo

Y desnudarás tu alma

Desnuda tu alma

Y desnudarás el universo


I . El universo

 “En un principio era el caos;

“Las tinieblas cubrían el abismo…

Más tarde fue la luz, la mar, las flores,

Diversidad de seres y de amores.

Y, siglos después, más de lo mismo…

Así, querido amigo, en dos más dos.

Después, exhaustos ya los siglos,

Mi génesis y yo.


II – Yo

Y existo desde entonces yo, arrojado,

En esta simple historia,

Sin fuerzas, sin valor, como atrapado,

Sin pena verdadera y tan sin gloria.

 

En este cuerpo animado,

Alma encarnada y pasión de rojo,

Onomatopeya vital

De otros que le antecedieron,

Sólo veo carne nula

Que se pudre con el tiempo,

Que arrastra todo mi ser

Por el fango del olvido.

Se borrarán horas largas

Con el tiempo que no existe,

Que es un "ahora" eterno, inmóvil,

Como el ser.

Un puñado de nervios y sangre

Que acumula experiencias,

Que alimenta angustias

O finge dichas y lame hiel.

Hiel amarga de existencia,

De duras inexperiencias,

De inmadurez progresiva

De un siempre inmutable y cruel.

Con un tendal de vivencias

Putrefactas e inmorales

Ante los ojos mortales

De otra carne como yo:

Un cúmulo de fracciones

De amor y libertinaje,

De invencible ignorancia,

De negro hedor e impotencia,

De veleidad de poder.

Son los ojos de la carne

Que sólo son temporales

Y quieren ser radicales

En necias afirmaciones

Al auscultar las tinieblas

Pardas e indescifrables

Que mienten a la razón,

Factores de destrucción.

 

Y en la senda del seré,

Mis ojos perdieron el camino;

La rosa de los vientos se ocultó,

Otras manos forjaron mi destino.

 

Había bruma en mi ser dolorido,

Y era grito de angustia

Arrojado con asco,

Escupido al camino,

Para que en tu minuto de hueca humanidad

Se hiciera carne en ti;

Para que en ese instante de leve vacuidad

Se hiciera sangre en ti.

 

Había luz en mi día claro

Y era vida parida al azar,

Existencia iluminada,

Un camino hacia la esencia,

Para transformar tu carne

Y mirar conmigo el siempre.

 

¿Y por qué esta soledad

Que me carcome los huesos?

Osteoporosis del alma,

Socava mi fuerza y mi paz,

No me da quietud ni calma.

 

En una playa desierta,

Mil osamentas mortales;

Nubes negras en el cielo,

Olas de furia en el mar.

Y en mi cuerpo, hambre, sed…

¡Deshidratación brutal!

Gritos ensordecedores

Que el agua grita en las rocas;

Soledad desgarradora

De cadáveres humanos.

El cuerpo se desvanece…

Tiemblan sin fuerza las manos…

Ni un sol triste que me alegre,

Ni un pájaro que me cante,

Ni un corazón que me hable.

¡Soledad que vuelve loco!

Y mi cuerpo, enfermo y débil,

Va cediendo poco a poco…

Gris tristeza de una tarde

Sembrada de calaveras.

¡Incomunicación re-cruel,

Suplicio peor que el hambre!…

…En la playa triste y gris

Yace ahora otro cadáver.

III – Tu

Y entonces apareces de improviso

Cual Eva de un edén casi olvidado

Que, empero, regenera mis recuerdos,

Revive en mis entrañas el pasado…

Recrea mis vivencias y mis duelos,

Mis viejas frustraciones y mis sueños.

Lastima mis otoños con su ausencia,

Alegra mis mañanas con su risa,

Remueve mi letargo con su prisa

Desnuda mis pasiones y mi esencia.

 

Descubrí el universo en tus ojos.

¿Recuerdas esa aurora y esos rojos

Destellos tenues de tu tierna juventud?

El hecho es que tampoco tú te has ido

Y entonces el recuerdo me devuelve

Aquellos pobres versos dedicados

En un poemario breve y escogido:

“Nada son veinte

“Poemas de amor,

“Nada una canción desesperada.

“Cuando alguien quiere

“Como quiero yo,

“Todos los poemas no son nada.

“No es nada el libro ni nada la palabra

“Ni es nadie Neruda en este asunto.

“¿Por qué te regalo entonces yo esta obra?

“Porque sí; porque te quiero y punto.

Recuerdo que reíste y me besaste

Y yo gocé, feliz, de nuestro idilio.

Jamás imaginé que nuestros pasos

Pudieran ir camino del exilio.


IV – Nosotros

Todo comenzó,

Como comienza todo.

Luego, el tiempo me enseñó

Que es ése el único modo.

Vivimos días de dicha

Y siglos de hondo dolor...

Noches negras y cerradas

Y días de intenso sol...

Conocí tu vientre tibio

Y conocí tu traición...

El mar sabe de la calma

Y sabe también del furor...

Juntos contamos los días,

Las estrellas y los vientos.

Juntos hicimos los hijos,

Juntos les dimos consejos,

Juntos gastamos la vida...

Juntos llegamos a viejos.

 

Y juntos hicimos el mundo

Cargado de angustia,

Colmado de pena,

Que en ti se hizo grito

Y en mi se hizo guerra.

Y parí violencia.

Y nos destruimos.

Y ya no existimos

En aquel camino que tracé contigo.

Y fuimos violados.

Y ni en el recuerdo tenemos morada:

Fuimos olvidados

Y de nuestro paso ya no queda nada.

Ni una huella triste, marcada al pasar

De nuestra existencia gris, acelerada,

De nuestras ansias natas de dejar estela.

Y un pájaro yerto hoy se nos parece.

Y el segundo breve de la breve opción

Hoy desaparece,

Bajo las tinieblas de la oscura nada.

Sólo nos anima y late en nosotros

La leve esperanza de la redención.

A ti te debemos; a mi se me debe,

Esta triste destrucción.

Ya nada tenemos, ya nada sabemos.

Tan solo nos queda,

Esperar perdón.

 

V – Ellos (los otros, los lugares y las cosas)

Anduvimos el camino en soledad,

Pero en una soledad acompañada.

Estar juntos, codo a codo, en realidad,

Es muy frecuente que no quiera decir nada.

Estaban ellos, compañeros invisibles

De un camino de placeres y dolores,

Compartiendo silenciosos nuestras horas,

Las auroras y el perfume de las flores.

El cante jondo, Valle Inclán, Dalí, Picasso,

Serrat, Machado, Nuria Espert y algún pecado...

Buñuel, Gauguin, Sabina y Mallarmé,

Algunas dudas, Prešeren, Kosovel.

Venecia, Bled, Pidal, Pelayo, Lorca,

Tu vientre tibio y el juego de la horca,

Miguel Hernández, Prevert y el postre helado

Que preparabas, tan rico y esperado.

El costumbrismo español, el pan y el vino,

Mis padres, Heidi y Paco de Lucía.

Mi sueño en sol mayor, Bizet, Tchaikowski

Y los sabores que contigo compartía.

 

Y en larga procesión, estéril y fecunda,

Lugares, hechos, hombres,

Los héroes y las tumbas,

Fantasmas y demonios,

Lo incierto y lo sagrado.

La yerma Patagonia

 y el fruto del pecado.

 

Samuel Agnon, sus leyendas y sus nombres.

Vivaldi, Bach y el canto postergado,

Y vuelves siempre, Gauguin, hache de pé,

Con todo tu paquete de viviencias,

De cambios, de heroísmos y temores,

Suicidios fracasados, duda y fe.

Jugando con lo efímero y lo eterno,

Los planes y el vivir improvisado,

Lograste lo que pocos han logrado:

Gozar cual ciudadano del infierno.

No obstante el cruel infierno de tu vida,

Viviste tu arte a fondo y en plena libertad,

Esclavo voluntario de tu firme vocación

Igual que redivivo Cicerón.

Como un lobo salvaje sin collar

En este bosque, en esta selva singular;

Seurat, Van Gogh, Mallarme, Laval

Bebieron a tu mesa, frívola y frugal.

Tu amor por Vaitúa, tu amor por Tahití,

Tu amor por la vida, el amor y la bebida...

Ya se, ya se, Gauguin, el dolor no se va.

Ya se, ya se, Gauguin, sin sufrir no hay crear.

 

Uá maté, Gauguin, Ua peté énata

Uá maté, Gauguin, Ua peté énata

Uá maté, Gauguin, Ua peté énata

(Aún resuena hueco, lúgubre y final

Ese canto grave, postrero y fatal,

Como un eco triste de un pueblo olvidado

Que, una vez al menos, se ha sentido amado)

 

Tahití, con sus demonios, selvas y desnudos,

Patagonia, tierra estéril,

Patagonia, fin del mundo…

 

Y sigues siendo, terrón que me ha parido,

La tierra gris que llevo en mis entrañas.

No se si tu existir tiene sentido

O sólo es escenario de míseras hazañas.

 

Crecí, no obstante, oyendo cantos, cuentos,

Palabras, melodías y leyendas,

Viviendo fantasías e historias de la guerra

Contadas con pasión en otra lengua.

Y entonces con la leche

Materna, dulce, tibia,

Se cuela otra cultura por mis venas.

Es Europa que avanza despaciosa

Por los vasos capilares de otra tierra.

 

Canta, tierra, austral, desierta,

Odas de sangre retinta

Meollo de venas secretas,

Oasis sin agua ni vida.

Drusa incrustada en la piedra.

Oro negro bajo tierra,

Roncando en paz y silencio,

Génesis de crueles guerras.

Oro blanco bajo el cielo,

Terso, suave, lana al viento,

Deambulando, padeciendo,

Vagoroso en tus misterios.

Recorriendo laberintos

Intrincados, grises, secos.

Anduvieron, te pisaron

Duendes envueltos en sueños...

Aventureros sufridos

Viendo tus cien años nuevos

¿Imaginaron acaso,

A dónde tus pasos fueron?

 

¿Y a dónde fueron mis pasos?

¿Dónde me llevó la vida?

Disfrutando de espejismos,

Del manjar y la bebida

En una orgía sensual

Sin principio ni final.

Llegaron los Rolling Stones,

Los Beatles, Mozart, Pink Floyd,

Leonardo, Plečnik, Gaudí,

Tartini con su violín

Y un Ménart, canto y pasión,

Deep Purple, vida, emoción.

 

Amé ciento tres mujeres

En seis idiomas distintos.

Pagué caros los pecados

Dictados por mis instintos.

I love you, je t’aime, ti amo,

Y también Ich liebe Dich.

Piero y Jairo me cantaron,

Jetro Tull… y algún desliz.

Aún no cancelé la deuda

Y sigo pagando a diario;

No se terminan las hojas

De este, mi cruel calendario.

El mar mojó mi piel blanca,

Hubo caviar y champaña,

Largas noches sin dormir

Y hasta algún tiempo en España.

Surgieron nuevas ideas

Cual palomas de galera

Y revueltas de estudiantes,

Dolina, Bioy, Ginastera…

…El alma sigue sedienta

Y no hay quien pague la cuenta.

 

Y el mundo me llama y yo voy como Ulises,

A Ulises lo engañan, me engañan a mí.

En mi alma desierta no hay tiempo de dudas.

Como un vagabundo total, me perdí.

 

Anduve pregonando mi destino,

Nihilismo total de mi existencia.

Ausencia de soles,

Inanidad de estar en el camino.

Los bancos, las finanzas

Mi cuenta corriente,

Los brazos engañosos

De alguna hembra ardiente,

El trabajo y sus horarios,

Las revistas y los diarios,

Poblaron mis días

Y mis vanas fantasías.

Malgastaron mi tiempo

Sin ningún miramiento.

Llegué así, sin piedad,

A una edad

En que recién descubrí

Todo lo que olvidé,

Todo lo que perdí.

Y no es que me haya ocurrido

Sólo y tan sólo a mí.

Por lo que suelo escuchar,

Es error universal.

Y entonces,

Pretendemos recobrar inútilmente

Aquello que perdimos

Irremediablemente.

Y arrastramos esa pena tanto, tanto,

Que la llevamos hasta el mismo camposanto.


VI – Armagedón

Sueño con convertirme

En un animal alado

Y alejarme raudamente

De este suelo envenenado.

(Lalo de Pablo)

 

Y así vegetamos

Perdidos en un mundo

Que no nos da tregua

Ni pausa en la lucha.

Que no nos comprende,

Que no nos escucha.

Vivimos con temores,

 Con odios, con guerras.

La duda existencial

Se torna banal:

Perdemos la conciencia

Por simple subsistencia.

Preguntas sin respuesta,

Respuestas sin sentido,

Impuestos sin servicios,

Servicios no pedidos.

Batallas profundas

Libradas por en el alma;

Batallas frugales

Eternas, cotidianas,

Que opacan el hoy,

Que ahogan el mañana.

Cual aves rapaces

Regresan y anidan

Y nada nos dan

Mas todo nos quitan.

  

Pero en ese cruel camino, largo, ajeno,

No me ahorraron ni una pena ni un dolor;

Me bebí hasta el fondo la poción

Que me estaba destinada del veneno

De algún Hobbes con su amargo Leviatán:

Hombres lobos que en contienda sin final

Nos mordemos a matar o a morir

Para todos, finalmente, sucumbir

Los hijos abandonados,

La prédica cotidiana:

Cambio amor por condón,

Cambio dinero por paz.

Toma, hijo, a disfrutar

Y déjame descansar.

 

Descartes con su dualismo

De todo me hizo dudar

Y ni Sartre ni Camus

Arrojaron mejor luz.

Para colmo, vino Marx

A proponer soluciones

Y otros muchos diletantes

En opíparos salones

Que, apelando a mi idealismo,

Me hicieron tomar partido

En el proceso penoso

De crear un mundo podrido.

Y en la vereda de enfrente

No había opción ni elección:

El capital, el mercado

Y los pobres, estafados;

La bestia, que no descansa,

Atacaba de ambos lados.

 

New York y la guerra santa,

Madrid y la guerra santa,

La espada demente de oriente,

Las víctimas y el dolor…

El mundo se va de madre

¡La madre que los parió!

¿Es que tendrá que volver

El flaco eterno, barbudo,

Judío de Palestina,

Porque todos los demás

No hallamos la medicina?

 

Así se sumaba la ley natural

A la ley del hombre, cruda y demencial,

Haciendo al humano perder la esperanza,

Herido de hastío, cubierto de llagas,

Violado en su esencia, sin voz y sin alma.

Vejado, sin consuelo, sin gloria y sin cielo.

 

Y así todo termina en mar de conjeturas,

Dolor, ausencia, duelo, traiciones, soledad,

Pesar, contradicciones, mentiras sin piedad,

Heridas sin remedio, bravatas y bravuras.

 

Y fue, cada palabra, sin frutos pronunciada;

Cada gota de tinta, vanamente derramada.

Cada voz, todas las voces, a los puercos arrojadas

Cual bíblicas margaritas, mustias y deshojadas.

 

La ausencia duele y confunde.

El vacío sin retorno desespera y angustia.

Aun así, me pregunto por qué

Tanta impudicia y crueldad

En aras de explicar un destierro.

Y es que no fue el desamor,

Ni fue el inviolable destino.

Tampoco el consumirse al engendrar,

Sólo vaguedades y espejismos.

No fue una cobarde huída,

Ni un capítulo novel

De una búsqueda porfiada

Eternal, hueca, extraviada,

Sin sentido y hasta cruel,

Mera etapa procesal

De una existencia sin sal

Que busca darle un sentido

A lo pasado y vivido.

 

Fue sólo aquella idea alumbrada tiempo atrás,

Postrer y promisoria de secretos y penumbras,

Mil veces releída, repensada en secreto:

"... ¿y para qué ser poeta en tiempos de penuria?..." (*)

 (*) Hölderlin, en "Brod und Wein"

 

VII – Postrimerías

¿Y qué quedó de aquello que fuimos y vivimos?

¿Por qué se nos escapa la fiesta de la vida?

¿No existe ya esperanza para los que nacimos?

¿Hemos perdido todo o hay algo todavía?

 

Tan sólo la poesía

De Lalo de Pablo

Luchando su lucha

Entre Dios y el diablo:

“Mas la existencia del hombre

“Es una tendencia al Ser,

“Es un negar el olvido:

"Ser hombre es tender a Dios".

“Esperanza azul abierta

“A este rojo actual, finito,

“Limitado, impropio, impuro,

“Efervescencia de soles,

“Potencia de las potencias,

“Micrométrica por hoy;

“Aplastada por las guerras,

“Pisoteada por los hombres,

“Limitada por si misma:

“Negación de libertad

“Reina del libertinaje,

“Descalza, tullida, manca,

“Circunscripta, perseguida,

“Apoteosis de pasión.

“Pero hay una fuerza oculta:

"llegar a ser": LIBERACION.

 

De Pablo, cual profeta de los desesperados,

Encuentra su camino, resuelve su pasado,

Enciende una luz nueva que alumbra mi intelecto,

Concilia las afrentas, hedor de sangre y fuego.

No aquieta, sin embargo, las dudas de mi soma;

Me falta una vivencia total, definitiva,

Que en eclosión vital, cual santa parusía,

Inunde mi interior, aquiete mis hormonas.

 

Revolución profunda que integre mi existencia

Con todo lo que tengo de ciencia y de ignorancia

Y el todo universal, inacabable archivo

Que envuelve y delimita lo físico y mi esencia.