Un ignoto castillo sin almenas ni pasado

Pocas personas escucharon hablar de este castillo en el remoto sur de América; muchas menos aún son las que lo han conocido. Para ser más precisos, sólo tres mortales hemos gozado de tal privilegio en los últimos dos siglos. El príncipe indio y el baqueano que me llevaron hasta el lugar han muerto ya, por lo que creo ser el único conocedor de tamaña obra, atemporal y extraña. Esta amalgama de raras circunstancias es la que me impulsa hoy a revelar aquellos acontecimientos que me parecen a veces tan lejanos y, a veces, tan recientes. Siento casi como una obligación ineludible el dar testimonio de ello. Misteriosamente, esta sensación de deber se ha ido intensificando en los últimos tiempos y no puedo adivinar la verdadera razón. ¿O será que mis días también están llegando a su fin?

Uno de los encantos de la Patagonia es su virginidad. Si desplegamos el mapa, veremos dos larguísimos hilos laterales que la recorren de Norte a Sur, bordeándola por el Este y por el Oeste, por el mar y por la cordillera, con escasos nexos entre ambas: apenas un par de rutas demasiado distantes. Están también los caminos menores, invariablemente de tierra, y las huellas apenas recorridas por algún habitante perdido en sus entrañas sobreviviendo con sus ovejas. Pero aun asi, sumando todos los caminos, quedan extensiones inconmesurables que no figuran en ningún destino ni existe brújula que enseñe cómo llegar hasta allí.

En verdad, creo que este suelo estepario está menos explorado que la misma selva amazónica; la diferencia reside en que la selva es virgen por impenetrable y en cambio el desierto patagónico por simple destino de soledad: por esa condena que otorga la lejanía. Hay quienes sostienen que más que condena es una bendición y hay días en los que me incluyo entre ellos; hay días en cambio en los que creo todo lo contario y otros en los que sinceramente creo que ambos tienen razón y que, a su vez, ninguno la tiene. Y esto último es lo más probable.

Con el príncipe Llantén nos conocimos por obra de la casualidad, a pesar de que no creo en ella. Al baqueano, en cambio, lo buscamos durante mucho tiempo, pero el esfuerzo valió la pena. Realmente fue un valioso hallazgo.

Cuando nos internamos en esa mal llamada pampa, justo sobre el nivel de la meseta, se desplegó delante nuestro una interminable e imprevisible alfombra de variados matices que iban del gris al verde oscuro, con algunos puntitos amarillos y violetas pintados por las flores de la estación. No hay como la primavera para ensayar estas excursiones hacia las entrañas mismas de la estepa para disfrutar de ese colorido tan rico como sutil y que me figuro similar al que buscaron Gauguin y van Gogh cuando se afincaron en la luminosa Provenza. Como contrapartida, para que el idilio no sea perfecto, el viento golpea como en ninguna otra época del año.

Lo sorprendente es que, apenas alejados de los caminos trillados y las huellas preexistentes, el paisaje cambia tanto que uno llega a creer que se trata de un engaño. De pronto se abren cañadones que sólo diez pasos atrás eran isospechables; sierras de puntas afiladas, invisibles hace apenas cinco golpes de clepsidra; cuevas que parecen haber albergado a toda una civilizacion perdida en la memoria del tiempo. La flora y la fauna, cambiantes y de una variedad insólita, constituyen otro misterio no menos interesante. Juraría que las variantes orograficas y la riqueza de vida que descubrimos fueron un espejismo, si no confiara tanto en mis sentidos. Aun hoy me sigo preguntando si habrá sido real, aunque se perfectamente que lo fue. Desde la ruta he observado miles de veces ese horizonte indiferente y monótono, tratando de adivinar algo de todo lo que vi en aquel viaje, pero me resulta imposible a pesar de mi insistencia. Incluso desde el avión, desde donde pareciera que la visión es más rica y completa, no logré jamás una simple insinuación de la verdad, ni el más vago bosquejo que dé fundamento a mis recuerdos. ¿Pueden unos pocos pasos cambiar tanto la realidad? Sin duda que si; puedo dar fe de ello, porque yo anduve esos caminos con Llantén y el baqueano Sosa.

Sosa nos anticipó que no conocía el camino. Pero, en realidad, Sosa conocía todos los caminos: los que anduvo y los que no. Era baqueano de raza, de esos que, si le tapan los ojos y lo largan en medio de la estepa siberiana, en pocos minutos se las arregla como si hubiera nacido allí.

El camino que él decía no conocer, era el camino al castillo. Tampoco había oído hablar de su existencia. El único que tenía noticias era Llantén y, con vagas referencias, iba guiando al baqueano hasta donde podía. Yo, con mi escaso protagonismo, parecía ser el convidado de piedra, aunque en realidad era todo lo contrario, porque el príncipe indio me eligió para hacerme partícipe de su conocimiento y éste fue el único y real móvil del viaje.

Andábamos en silencio. Largas horas a caballo -o días, tal vez, cómo asegurarlo- y el tramo final a pie. Sólo escuchábamos el crujir de las piedras bajo nuestros pies y el silbido del viento entre las matas. Pero había momentos en los que el viento amainaba, entonces el ruido de las pisadas se hacia más vívido y se disfrutaba como una música honda, visceral y profunda. Cuando llegábamos a algún médano y desaparecía el ruido de las pisadas debido a la alfombra de arena, entonces el silencio se hacía infinito y total. Sosa y Llantén apenas ensayaban algún monosílabo de tanto en tanto. Yo, en cambio, no me atrevía a ultrajar esa paz desconocida e irrepetible ni siquiera con mi respiración. Era un éxtasis digno de ser vivido.

Por trechos, nos acompañaban distintos animales. Creo que así debe haber sido en el paraíso terrenal, porque esas bestias mansas y apacibles parecían no haber experimentado jamás la agresión de un humano. Se nos arrimaban como perritos falderos y nos seguían hasta que se aburrirían, supongo, de nuestra insípida compañía, pero enseguida eran reemplazados por otros, como si se tratara de una marcha programada en la que unos entregaban a otros la posta.

El sol subía y bajaba dibujando paisajes distintos a cada instante: proyectando sombras, quemando arenas, desdibujando perfiles, pintando y repintando con distintos matices el paño de nuestra visión.

Nadie llevaba reloj ni almanaque, desagradables carceleros que suelen encorsetar nuestras ansias de libertad hasta el fin de nuestras vidas, de modo que solamente la subjetividad de los sentidos primarios daba algún orden a nuestros días.

Durante toda la marcha nos cruzamos sólo con un humano. Era indio y Llantén parecía conocerlo, ya que se trenzaron en un breve y cordial visteo, analogía de una armoniosa a la vez que viril danza, en la cual ambos demostraron ser diestros. Cambiaron apenas tres palabras y luego el extraño siguió su camino, veloz sobre su brioso potrillo dorado, que más parecía una flecha que un caballo. Después, volvimos a la rutina del camino silencioso.

Justo en el momento en que ya el ciclo del asombro comenzaba a agotarse para convertirse en monotonía, se produjo la gran sorpresa. El camino comenzó a cerrarse como en una quebrada cada vez más angosta y, de pronto, se alzó ante nosotros una arcada que parecía ser la puerta de acceso a un mundo totalmente distinto. Hasta el olor del aire cambió de repente. Llantén sonrió, lo que para su flemática personalidad equivalía a un grito desaforado. Se adivinaba en su rostro el disfrute anticipado de una victoria que se está por conseguir. No dijo una palabra; sólo señaló hacia el noroeste con el brazo derecho extendido y hacia allí nos dirigimos.

A poco andar, comenzaron a hacerse más altas las matas y también más tupidas. Ya nos costaba avanzar sin coleccionar rasguños y azotes de las abundantes ramas. Pronto tuvimos que dejar los caballos y continuar de a pie y con machete, como si estuviéramos en plena selva. Por suerte no fue largo el camino. De buenas a primera, nos encontramos ante un gran farallón que no se podía confundir con las altas bardas que bordeaban el profundo valle, porque su constitución era totalmente distinta. No me animo a decir que era piedra, pero tampoco era ninguno de los materiales de construcción hasta hoy conocidos. He visitado innumerables ruinas y castillos en la vieja Europa, pero éste era distinto. Llantén apoyó ambas palmas sobre la inmensa pared y levantó la cabeza apuntando a la cúspide de aquel muro. Luego, como si se tratara de un extraño rito de alguna ignota liturgia, bajó la mirada al suelo cayendo en un estado de éxtasis o profunda meditación, mientras su cabeza se mecía casi imperceptiblemente en un rítmico vaivén. Hizo una larga inspiración, se irguió y retomó la marcha sin decir palabra, esta vez bordeando el muro hacia la izquierda.

Con Sosa nos mirábamos cada tanto como queriendo adivinar cada uno lo que pensaba el otro. No sabíamos muy bien de qué se trataba, pero sentíamos esa especie de sobrecogimiento que se experimenta en los momentos en que está por suceder algo muy importante.

Llegamos por fin a una gran puerta y, a través de ella, a un inmenso patio interior. ¡Era imponente! Recorrer con la mirada los muros que nos rodeaban producía vértigo. Desde los huecos de algunas aberturas, volaron grandes aves que seguramente habían establecido allí sus nidos ante la falta de otros habitantes. El patio era atravesado por un hilo de agua que surgía cerca de la puerta y se perdía en una grieta en el otro extremo, entre dos grandes piedras que le oficiaban de marco. Jamás vi ojos más grandes que los de Llantén recorriendo cada detalle. Cara de asombro como la de Sosa tampoco vi jamás.

De pronto, semiescondida por unos matorrales algo más altos que el resto, descubrimos una entrada lateral. Aparentemente la vimos todos en el mismo instante ya que, como en un acto reflejo, nos abalanzamos sobre ella los tres a un tiempo; pero Llantén nos hizo una seña para que esperásemos donde estábamos y siguió solo. Extenuados, nos resignamos a obedecer y tomamos asiento sobre unas piedras que parecían haber sido colocadas allí a modo de invitación al descanso y a la pausa. No se cuánto tiempo esperamos, porque me quedé dormido, exhausto por el viaje y la emoción del descubrimiento.

Cuando desperté, vi a mi lado al baqueano. Me dijo que el indio seguía sin aparecer. Comenzamos a recorrer el patio; vimos otras entradas, ingresando en algunas de ellas, pero eran todas entradas muy obvias y ninguna tenía el misterio de la que fagocitó a Llantén. Descubrimos algunas galerías largas y espaciosas, otras más reducidas y algunas que se convertían en pasadizos casi infranqueables. Seguimos vagando largamente y aquello parecía no tener fin. Era como andar y andar sin llegar nunca al final. ¿Tan grande sería aquel castillo? La luz entraba por distintas aberturas a modo de ventanas, pero todas demasiado altas para que pudiéramos mirar a través de ellas. Hasta que, de pronto, vimos una que no estaría a más de un metro y medio del piso. Grande fue nuestra sorpresa cuando, al asomarnos, descubrimos que estábamos a una gran altura, desde la que divisábamos todo el valle y aun mucho más allá. En realidad, podíamos ver casi todo el camino recorrido en el largo viaje que nos había traído hasta allí. Pero, nos preguntábamos con Sosa, cómo podía ser que viéramos el camino tan lejano y sin embargo, cuando en él habíamos estado, no vimos ningún accidente en el horizonte que pudiera hacernos sospechar siquiera la existencia del lugar donde ahora nos encontrábamos. Nos prometimos desentrañar este misterio a nuestro regreso. Seguramente no habíamos mirado bien o algún velo nebuloso había censurado nuestra visión, pero a la vuelta observaríamos atentamente hasta descubrir cómo se veía el castillo desde la distancia. También compartimos la sospecha de que las galerías por las que habíamos caminado seguramente conformaban una gran espiral, sutil pero eficiente, ya que en ningún momento habíamos subido escalera alguna, antes bien, nos pareció caminar todo el tiempo en forma horizontal, llana, y de pronto resultaba que estábamos a una altura similar a la cima de una gran montaña, desde la que se divisaba una extensión casi infinita de territorio. Nos entretuvimos adivinando el lugar en el que habíamos dejado los caballos. No parecía lejos.

Permanecimos tres días con sus noches en el castillo, caminando casi todo el día; recorriendo galerías y habitaciones, conociendo pasadizos y recovecos, explorando grandes salones y pequeñas recámaras, incansablemente y sin parar. En los tres días no recuerdo haber estado dos veces en el mismo lugar, lo que me hace pensar que aquello era realmente colosal. Tampoco encontramos en todo ese tiempo a Llantén, ni pudimos volver a encontrar la entrada por la que se había introducido él en el castillo. Varias veces creímos verla, pero al acercarnos caíamos en la cuenta de que en realidad no era ésa la puerta del indio.

Como por arte de magia, al tercer día, Llantén apareció ante nosotros, sonriente y gozoso, más comunicativo de lo que lo recordaba y con una luz en la mirada que tenía algo de misterioso y celestial. Así y todo, no fue mucho lo que nos dijo. Lacónicamente narró algunas noticias que a él le habían contado sobre la historia del castillo y que involucraban a sus antepasados muy remotos. También nos dio algunas referencias vinculadas con distintos puntos del castillo y su orientación, mencionando alineamientos estelares y planetarios que no comprendí muy bien. De golpe, como si le atacara una imprevista urgencia, nos indicó la salida y hacia allí nos dirigimos.

El camino de regreso fue muy similar al de ida. Los mismos silencios, los mismos monosílabos, el mismo paisaje, el mismo crujir de las piedras. Con Sosa intentamos descubrir el castillo desde la distancia, de acuerdo a lo planeado, sin embargo todo intento fue infructuoso, como si un acto de prestidigitación lo hiciera invisible casi de golpe. Por un momento sentí el impulso de volver para verificar que fuera verdad, pero no me animé. Creo que a Sosa le pasó lo mismo. Llantén seguía callado, pero algo había cambiado en él. No sólo su mirada; hasta su piel parecía más lozana. Era como si hubiera rejuvenecido.

Cuando llegamos al punto en el que nos habíamos encontrado con aquel otro indio en nuestro viaje de ida, el príncipe nos hizo saber que allí se separaban nuestros caminos. La despedida no fue ni solemne, ni triste, ni alegre, ni nada. Parecía sólo un acto banal, sin ninguna importancia ni trascendencia. Apenas saludó, tomó la misma dirección que había tomado su hermano de sangre y desapareció de nuestra vista con la misma premura con que lo había hecho el otro.

Nosotros, sin salir de la sorpresa por la intempestiva despedida, desandamos el resto del camino, idéntico pero opuesto al de ida y, llegados a la ruta, también nos despedimos, prometiendo encontrarnos en algún momento en la ciudad.

Siempre viví con la idea de que volvería a ver a Llantén, pero no fue así. A Sosa lo vi un par de veces y conversamos sobre lo vivido en esos días, por eso estoy seguro de que fue real. Sosa murió hará cosa de un año, soñando con serpientes, pobre. Por el padre Antonio Mateos, un santo español que anda por entre las tribus y reservaciones de la cordillera, supe que Llantén también murió. Según el padre Antonio, Llantén era un iluminado. Y debió ser así, porque ya el padre Barreto me lo había dicho muchos años antes, cuando nos presentó. Algún día relataré ese encuentro.

Durante muchos años callé todo esto, por temor al ridículo. Me sentía como quien vio un platillo volador y teme ser tomado por loco. Pero últimamente comencé a sentir un impulso extraño y una necesidad de contarlo que me llevó a hacerlo tal vez en demasía. Lo sigo haciendo compulsivamente, sin poder contenerme. La gente me escucha; algunos no dicen nada y se quedan pensando. Otros sonríen con sorna, desconfiados y a un tiempo condescendientes para con mis delirios. Esas muecas de Mona Lisa son las que menos tolero; prefiero a los que, directamente y sin rodeos, me manifiestan su incredulidad. He pasado a ser un personaje extravagante y sospechado de cierta insanía.

Sin embargo esta historia, tan simple como maravillosa, fue real. Nunca me atreví a regresar al lugar, pero puedo dar su ubicación aproximada. Miles y miles de veces he repasado el mapa, rehaciendo mentalmente el camino andado hace ya tantos años. Para quien se interese en investigar la verdad de mis dichos o tenga inquietud por descubrir los secretos de una civilización que aparentemente nada tiene que envidiar a los mayas, a los aztecas ni a los egipcios, voy a dar una referencia que supera toda ambigüedad: si trazamos una línea recta imaginaria uniendo Camarones con Trevelín y otra similar entre Chimpay y Colonia Sarmiento, donde se produce la intersección de ambas, no estaremos lejos del lugar. En cuanto al camino a tomar, lo más indicado es, desde la Ruta Tres, internarse hacia el oeste en las inmediaciones del camino que lleva a Sierra Cuadrada; luego, buscar el punto indicado por las coordenadas antedichas. Lo ideal es ir en primavera, aunque en otoño debe ser también espectacular y asombroso.

En una estancia del sur

Mary tomó un par de hojas de heliantemo, las unió con algunas semillas de la misma especie e introdujo esa armoniosa mezcla verde amarillenta en una bolsita de tela también verde, pero mucho más intenso, con ornamentos rojos; luego ató todo con un cordón dorado y lo guardó en un rincón íntimo y secreto.

Aunque Mary vivía en la distante y marginal Patagonia, en una de esas desmesuradas propiedades llamadas estancias, todas las navidades repetía el mismo rito, continuando con la tradición de su madre, de su abuela y de quién sabe cuántas generaciones en la vieja Inglaterra; esto traería fortuna y prosperidad. También traería salud, ya que para los griegos el heliantemo estaba dedicado a Esculapio el curador y Mary, por ascendencia paterna, era precisamente griega.

Kazantzaki decía que no hay una sola gota de sangre griega antigua en los griegos modernos, pero el mismo Kazantzaki dijo y se desdijo de esto constante y alternadamente a lo largo de toda su vida; en todo caso el padre de Mary vivió orgullosamente en la conciencia de su origen, como si fuera el heredero único y universal de la Grecia clásica.

El marido de Mary, John Sykes, fumaba a un costado del hogar - en ese momento apagado, dado que en estas latitudes del mundo la navidad llega en verano - vacío y oscuro como una gran boca desdentada, abierta y de helado aliento. El humo de la pipa iba invadiendo la atmósfera con un atrayente olor a tabaco high quality, traído especialmente para "Mister John", como solían llamarlo, desde una exclusiva tabaquería londinense.

Marido y mujer, rara vez discutían de política; John era tory, mientras que Mary prevenía de una familia de whigs, profundamente arraigada a sus creencias y tradiciones.

Tampoco la religión era tema de debates. El era anglicano y ella católica conversa, a pesar de que el anglicanismo de John era mas bien proclamado y folclórico, dado que, como hombre paradigmático de esta nueva civilización, fruto y causa del progreso, oriundo del país donde se gestó la revolución industrial, consideraba como su deber y obligación el no sentirse atado a esas retrógradas fruslerías; adhería sólo a lo científico, a la manera tan propia de los últimos siglos, en que la ciencia se convirtió en una religión tan dogmática como aquellas a las que desprecia.

Pero, como ya he dicho, de todos estos asuntos hablaban poco o nada; con esa flema natural de los británicos, mas bien gastaban su tiempo ocupados en quehaceres, que no en vanos debates.

Había momentos de inactividad, como éste, pero aún en esos momentos predominaba el silencio. Aunque Mary no lo decía, disfrutaba de la callada y simple presencia de John, así como del balsámico aroma, profundo y amargo, que despedía su pipa.

En ese preciso momento, llegó Nahuel para interrumpir esa idílica paz hogareña con la novedad de que una inmensa manada de guanacos había invadido el campo en su paso hacia el sur y había secado todas las aguadas. Había que hacer algo con premura si se quería salvar la hacienda. Esta sed inagotable de los camélidos, sumada a la voracidad de los zorros y los pumas y a la crueldad de las extemporáneas heladas mantenían en una lucha permanente y desigual al abnegado poblador: lucha universal entre lo autóctono y lo implantado; lucha a la manera de David y Goliat, contra las siete plagas de Egipto y el monstruo de Tasmania juntos. Por suerte para la historia, estos pobladores eran esforzados gallegos, tanos y gringos, que nunca supieron de desfallecimientos.

El campo era tan extenso que gran parte de la hacienda no llegaba jamás a los molinos; las aguadas secas serían la muerte segura para esos trashumantes rebaños de generosos vellones albos.

Mister John, de mala gana, dio una última pitada a su humeante y aromática pipa, elegante, marrón y de boquilla negra. No necesitaba decirle nada a Mary; ella había escuchado al peón tanto como él; sólo se levantó y salió tras los pasos de su fiel empleado de tantos años. Mary, en una reacción casi automática, corrió a su habitación, se desvistió rápidamente, se calzó un pantalón y sus botas de montar, una camisa escocesa y un grueso suéter de lana y trilló los pasos de su marido.

En la caballeriza se encontraron; su yegua tenía ya la montura y el apero colocados, esperándola. Los dos hombres ya montaban sus briosos corceles, puro nervio y energía. Mary, por su parte, montó a Candy y los tres salieron en apresurado galope, al ritmo de contrapunto de los sonoros relinchos.

El golpe de los cascos resonaba en el anchuroso silencio de esas soledades. La estela polvorienta que dejaban a su paso permitía adivinarlos desde distancias incalculables en la gran llanura; esa llanura que supo ser tierra de tehuelches, invadida por mapuches y que se extendía hasta territorio ona, donde los selk´nam se transportaban con sus canoas, como habitantes de una lejana y helada Venecia; esa llanura que conformó el Adelantazgo de Alcazaba; esa llanura de choikes mankes y pagís, con tantos misterios en sus entrañas.

Y esas entrañas devoraron a los tres. El árbol navideño quedó preparado en la gran sala, esperando ingenuamente una celebración que no llegaría nunca; la mezcla de heliantemo permanece aún en su recoleto y oculto espacio, pero esta vez sus efectos aparentemente fallaron: nunca más se supo nada de John, Mary y su fiel sirviente Nahuel.

Actualmente, la gran estancia pertenece a la corona británica, por uno de esos indescifrables milagros de los procesos sucesorios.

El acantilado

Qué omnímoda potestad,

Cuánta embriaguez de poder

Otorga la facultad

De elegir: ser o no ser.

(Lalo de Pablo)

 

Sobre este fragmento reflexionaba yo en esa mañana de otoño, rumiando mentalmente los nunca publicados versos, que siempre consideré de lo más valioso escrito por Lalo de Pablo, a la vez que la revelación más auténtica del profundo drama de su breve vida.

Hay mil motivos para el suicidio y hay también sitios más adecuados que otros para consumar ese acto póstumo y fatal. Aquí, frente a este increíble Atlántico, azul, profundo y eterno, en el sur del sur, conozco uno de los mejores lugares. El mismo Zigajna, ese fiel amigo de Passolini, me confesó que Pier Paolo hubiera cumplido su programada inmolación en estos lares si no existiera Ostia y si el esteta hubiese trascendido al místico.

De momento, es un inapreciable legado de la naturaleza destinado sólo a los privilegiados lugareños; el día en que lo descubran las masas, seguramente cambiará su destino. Sospecho que se organizarán excursiones para suicidas que tal vez hasta terminen convirtiéndose en un brillante negocio.

El lugar es la cima de un acantilado que sólo se hace visible mirándolo desde otra escarpa similar, ubicada septentrionalmente con relación a él. Se recorta en el horizonte, abrupto y señero, envuelto en una estética inigualable, formando un precipicio hacia las rocas y el agua helada, que realmente invita al salto final. Es la muerte que sale al encuentro de uno y no uno al encuentro de la muerte. Me recuerda a la jaula de Kafka que fue en busca de un pájaro.

Desde este emplazamiento, se desvanecen los motivos para perpetrar la auto inmolación, a pesar de ser seguramente innumerables y definitivas las causas aparentes. El simple hecho de habitar este rincón inhóspito, alejado de la mano de Dios, es para muchos, suficiente justificación. Pero como hay también quienes vislumbran en el hecho de vivir en este lugar su redención personal y su única vía de supervivencia, parece quedar demostrado que no sólo los extremos se tocan, sino que la misma causa puede tener efectos aún contrapuestos.

Sin duda, existen también las causas intrínsecas. Lalo de Pablo, que reflexionó mucho sobre su propio aniquilamiento, llegó a la conclusión de que el suicida no es más que un homicida egocéntrico, egoísta y frecuentemente ególatra. Como se trata de características para nada escasas entre los humanos, no es raro que existan potencialmente innumerables aspirantes.

El mismo de Pablo, a pesar de todo, no dudó en materializar su planeada autodestrucción. En el escrito que dejó como testimonio, atribuyó el hecho a la imposibilidad de comunicarse con el mundo y con sus semejantes. Su recién inaugurada adolescencia nos privó de futuros y probables escritos, pero quiero transcribir su ópera póstuma, porque nació precisamente en este escenario. La tituló Incomunicación:

En una playa desierta,

Mil calaveras mortales.

Nubes negras en el cielo,

Olas de furia en el mar.

Y en mi cuerpo, hambre y sed…

Deshidratación brutal.

Gritos ensordecedores

Que el agua grita en las rocas;

Soledad desgarradora

De cadáveres humanos.

El cuerpo se desvanece…

Tiemblan sin fuerza las manos…

Ni un sol triste que me alegre,

Ni un pájaro que me cante,

Ni un corazón que me hable…

¡Soledad que vuelve loco!

Y mi cuerpo, enfermo y débil,

Va cediendo poco a poco…

Gris tristeza de una tarde

Sembrada de calaveras.

¡Incomunicación re-cruel!

¡Suplicio peor que el hambre!

…En la playa triste y gris

Yace ahora otro cadáver.

De estos versos postreros de de Pablo puedo deducir que tal vez ya antiguamente el acantilado despertaba ese secreto y oscuro impulso exterminador, de lo contrario sería difícil justificar la cantidad de calaveras que inundaban la playa; la historia no registra allí ninguna batalla que pudiera explicarlo ni los indígenas del lugar tenían por costumbre establecer los cementerios junto al mar, sino en lo alto de la meseta, los llamados chenques.

De todas maneras, la humanidad toda es muy propensa al suicidio. Regresando a Kafka, para el Quijote el suicidio era una importantísima proeza, pero, ya muerto, necesitaba de un espacio viviente para lograrlo. Los sucesores del Quijote, necesitamos una víctima. Contra lo que es común creer, el suicida es victimario; las víctimas son su prójimo; víctimas de una cruel y feroz venganza, que los aniquila sin siquiera tocarlos.

De Pablo estaba, a todas luces, muy enamorado de la muerte, cualidad tan habitual entre los adolescentes como entre las naturalezas sensibles en demasía; sus versos son casi empalagosos en ese sentido. Tal vez ello encuentre explicación justamente en su mentada adolescencia de aquellos días, que se manifiesta también en la inmadurez literaria de sus versos, pese a la cual quise transcribirlos en forma literal (aunque en fragmento), porque creo que su clima logra abrir una ventana al alma del autor en ese instante en que ya había decidido su destino.

¿Sería la soledad la verdadera causa de su decisión, o fué víctima del hechizo que el enorme promontorio ejerce sobre quienes osan establecer allí su atalaya para indagar el universo?

Esta inquisición me persiguió durante largo tiempo, hasta que caí en la cuenta de que en este escenario toda causa pasa a ser subalterna; en realidad, el impulso surge como ineluctable necesidad de satisfacer un hecho estético, trascendente e irrepetible, definitivo e irrevocable.

En mi caso particular, hubo un solo argumento capaz de refrenar mi impulso en el instante final, y fue la conciencia de que no podemos manipular el ser o no ser; simplemente, no podemos renunciar a ser, sólo podemos decidir sobre el estar o no estar.

Recuerdo que escribí ese día en mi diario:

"…El aire duro del mar golpeó mi cara, / oxigenó mis poros. / Las olas golpeaban las rocas / en la lejana profundidad. / Percibía el sordo ruido de esa música brutal. / La lucha interior continuaba…/ Me di cuenta en ese instante / de que me sería imposible dejar de ser. / Apenas, conseguiría dejar de estar. / Y además, después de todo, / siempre habría tiempo…".

Cumplido este rito íntimo de introspección, se abortó el intento en su mismo impulso inicial y me quedé mirando el infinito desde el acantilado imponente y sobrecogedor.

Desde entonces, la posibilidad del suicido es lo que me mantiene vivo. Frecuento los escritos de suicidas famosos, desde Hemingway hasta Pablo de Rokha, pero por sobre todos me interesan los suicidas frustrados, porque sobrevivieron al intento y son los que mejor testimonio pueden dar de la experiencia previa y posterior. Entre ellos, mi favorito es Gauguin, que hizo una obra de arte de su vida y de su muerte, y que realizó uno de los intentos más interesantes y coloridos de la humanidad, desde la elección del escenario hasta la forma, el método y el desenlace.

Mientras tanto, dejé de visitar el acantilado, hasta que sienta la ineludible y fatal necesidad de hacerlo.

Francisco Pietrobelli, fundador

Los buenos vinos y los cuentos comparten una suerte análoga de aromas y sabores. Resulta encantador ese olor misterioso y ese sabor a mito lejano e inaccesible que envuelve a los cuentos añejos, atemporales. Opuestamente, resultan tediosas las historias referidas a un pasado tan flamante que se esconde apenas a un palmo de nuestra contemporaneidad; huelen a simple lectura de diario o, peor aún, a ominosa e indeseada lección de historia.

También debe ser verdad, si Borges no se equivoca, que "solamente los países nuevos tienen pasado" (Evaristo Carriego - Palermo de Buenos Aires), por lo que no tengo reparos en relatar esta historia que me fuera confiada en una noche de vigilia, en la trasnochada semipenumbra de un bar y al calor de un porrón de ginebra. Está referida al pretendido fundador del pueblo1 que me vio nacer hace ya tantos años.

Según me aseguró el confidente, los manuscritos y crónicas de viaje atribuidos a don Francisco Pietrobelli son apócrifos, compartiendo tal suerte con el propio génesis e identidad del autor. Su origen piamontés es apenas circunstancial; sus padres venían del Friuli y ya a sus antepasados habíanles modificado el nombre de familia. Eran eslovenos del Véneto y su abuelo se llamaba Peter Beli (traducido literalmente, Pedro Blanco).

Su bisabuelo había sido alcalde de una de esas vecindades (sosednje) que fueran modelo de comunidad autogestionaria a orillas del río Natisone en el siglo XVIII. Una vez al año, se reunían los alcaldes de la región para discutir cuestiones de estado alrededor de una gran mesa de piedra, a la sombra de un robusto tilo. En 1805, los franceses irrumpieron con sus tropas invasoras, destruyendo tanto la organización política de los Landar como sus mesas y sus tilos. No obstante, el subsiguiente dominio napoleónico, que duró hasta 1813, trajo un gran auge cultural al flamante dominio francés – denominado Provincias Ilíricas - que se extendía desde el Tirol hasta Dalmacia, con capital en Ljubljana. La presión tributaria, en contrapartida, se hizo insostenible; había que financiar las aventuras militares del Gran Corso. Derrotado éste, la región se volvió a anexar al Imperio Austríaco de los Habsburgos y, muchos años después, pasó a formar parte de Italia. Nunca más fue ni autónoma ni eslava.

Despaciosamente, la comarca se fue colmando de pobladores venidos de las regiones italianas vecinas. Con el tiempo arribaron también gentes subsidiadas, provenientes de otras regiones más lejanas de la península, llegando a superar en número a la primigenia población eslovena, lo que produjo un superestrato cultural en toda esa parte del litoral Adriático y el interior adyacente, zona de exquisitos vinos y frescos olivares.

Fue en ese tiempo, que se modificaron muchos nombres de lugares y personas. Trst se convirtió en Trieste, Videm en Udine, Grad en Grado y así adelante. De la misma suerte, rebautizaron a Peter Beli, logrando una síntesis – Pietrobelli - que se convirtió en apellido para su descendencia.

Pero volvamos a la Patagonia y al relato que nos entretiene. Pietrobelli trabó profundo conocimiento y algo parecido a la amistad con los caciques pehuenches y tehuelches de la región. Me refiero a algo sólo parecido a la amistad, porque los aborígenes jamás harían amistad verdadera con un representante de los usurpadores, sin menoscabo y no obstante la simpatía que pudiera inspirarles a título singular y personal; es una ley de la sangre que aún se corresponde con el antiguo principio de hospes hostis2. Sin embargo, salvo alguna transcripción literal de los extensos conciliábulos celebrados, los manuscritos genuinos de don Francisco habrían sido sustituidos por un relato nuevo y distinto, recreado a manu servus3 y, por supuesto, conveniente a la versión oficial de la historia. Los originales, amén de sus crónicas de viaje, contenían datos siniestros y condenatorios sobre hechos atroces ocurridos en la Patagonia en las postrimerías del siglo XIX. Pese a constituir un secreto muy mal guardado, pocos son los que se han animado a escribir sobre estas atrocidades y aún lo publicado echó más sombras que luces sobre la historia, contribuyendo al ocultamiento de la verdad verdadera.

Un dato clave de la verdad sería que Pietrobelli no llegó a ver jamás el Golfo San Jorge. En vida, sólo llegó al valle de la actual comuna de Sarmiento, que lo deslumbró con su virgen potencial, tan parecido a la campiña de sus ancestros en la añorada llanura del Po, fértil enclave entre los Apeninos y los Alpes.

Al llegar a Sarmiento, Pietrobelli estaba ya muy enfermo, preso de una extraña fiebre que lo mantenía postrado en su campamento, a pocos pasos del río. Cierto día, el toqui4 Painefilu – del linaje de los Calfulcurá - enterado de su enfermedad, le envió a su propia curandera y pitonisa, una Machi5 de mirada ausente y piel ajada cual añoso papiro; engañadora del Gualicho6 y conocedora de las palabras vedadas; ni los más ancianos sabían adivinar su edad.

Llegó con una corte de lanceros, pero demasiado tarde; el expedicionario ya agonizaba abrasado por un fuego cruel y devastador. Ella, con su profunda y misteriosa sabiduría, reconoció claramente los signos del apocalipsis personal de aquel portentoso aventurero, que supo ser un roble hasta esos días.

De los co-expedicionarios de don Francisco quedaban en el campamento apenas cuatro. Un par de ellos había regresado a Gaiman; algunos pocos habían muerto durante el viaje. Entre los que quedaban, más el séquito de la vieja india, incluídos ésta y el moribundo, sumaban once almas. Con uno más, podrían parodiar con mediano éxito a los confundidos apóstoles de la última cena, pero el que faltaba aquí, a todas luces, no era Judas.

Una vez muerto el caudillo, la permanencia en el lugar perdió sentido, pero nadie atinaba a hacer nada: ni a levantar campamento, emprendiendo el regreso, ni a comenzar alguna actividad con miras a afincarse en el lugar. Los indios, pragmáticos y supervivientes, vieron en la inmensa cantidad de vituallas que había en las siete enormes carretas, una posibilidad de aprovechamiento para los suyos; entonces, los blancos se convirtieron en un estorbo.

A Pietrobelli lo embalsamaron en medio de un ritual en el que ofició de sacerdotisa doña Heka Guennake, tal el nombre de la hechicera. Sus condiciones chamánicas le previnieron acerca de la intención de los lanceros de matar a los expedicionarios: lo supo en un sueño, como todo lo que sabía. No me fue revelado si intentó impedirlo; de todas formas era tarde. Ya los aborígenes habían perpetrado el sangriento hecho, del que sólo Blas Cancler ("Cruento Sur", cap.23) da testimonio.

Heka no los amonestó, dado que, de acuerdo al pensamiento fatalista de su cosmografía, carecía de sentido la pretensión de influir sobre los hechos, así como ensayar conclusiones morales sobre los mismos. Menos aún, juzgar lo consumado (si ocurrió, es porque así debía ser). Para ella, sólo se podía obrar sobre el presente y, aún ello, por intercesión de los dioses y no mediante la libre voluntad: las criaturas seríamos simples actores en una compleja obra escrita, dirigida y montada para escena por los dioses y sus sirvientes. Tal, su rudimentaria teología.

Los cuerpos sin vida fueron arrojados al río, dado que, al no pertenecer a la raza, no les correspondía la sepultura según la usanza moluche. En cambio don Pietrobelli corrió distinta suerte. Los indígenas daban a los jefes de otros grupos un tratamiento similar a sus pares; esto formaba parte de su protocolo y reglas del ceremonial. La vieja tomó el mando (que por otra parte siempre había tenido, con excepción del hecho de sangre relatado) y dispuso que a don Francisco lo sepultaran mirando al mar y al oriente, dado que de allí provenía. Así fue, que llegó el expedicionario a la costa atlántica, pero ya sin vida, cual añoso árbol que se ha talado y que servirá ahora para otros propósitos.

El viaje hasta el mar fue breve; apenas tres jornadas. Cuando llegaron, los dioses les regalaron un día luminoso y diáfano, con ese mar intensamente azul que sólo puede verse en estas latitudes. La vista desde el acantilado era extasiante. A Pietrobelli lo enterraron de pié, al lado de su caballo, en lo más alto del Chenque7, mirando hacia el noreste.

Apenas consumada la inhumación, se desató una tormenta infernal de vientos huracanados acompañados de lluvia y nevisca, que duró tres días con sus tres noches.

Al cuarto día, los aborígenes decidieron regresar a sus pagos, con el tranquilizador sentimiento de la misión cumplida. Camino de regreso hacia el Neuquén, levantaron el campamento que habían dejado a la orilla del río Chubut, llevándose una verdadera riqueza en vituallas y ropajes de las siete generosas carretas que habían pertenecido a la expedición.

Painefilu no fue informado de los pormenores y como jefe prudente, sabio y veterano, tampoco preguntó. Sólo se interesó por la salud de Pietrobelli. Todo lo demás, quedó escondido tras la sonrisa enigmática y arrugada de la hermética sacerdotisa de piel de papiro y ubicua sapiencia. Painefilu sabía que ella al menos había estado a la altura de las circunstancias. Por otra parte, lo acaecido llegaba a ser apenas una sombra, un pequeño detalle en el proceso de devolución de favores a los blancos por todas las tropelías, tan cercanas al genocidio, de las que habían sido víctimas. Sabríamos más acerca de ello, si los escritos originales de Pietrobelli no se hubieran perdido.

La ausencia de noticias en Rawson motivó que los dos miembros originales del grupo colonizador que habían vuelto a Gaiman, regresaran ahora al valle del Senguerr. Inútilmente buscaron a sus compañeros y a su jefe. Ante la extensa e infructuosa búsqueda, terminaron afincándose en el lugar y es recién a partir de entonces que comenzaron las acciones de asentamiento.

Pronto se hizo imperiosa la búsqueda de un puerto marítimo como salida para los productos del fértil valle. Curiosamente, no hay precisiones sobre esta parte de la historia, tan actual como anónima. Ni siquiera se conocen los nombres de los dos fundadores; sólo sabemos que realizaron el proyecto trunco que Pietrobelli no pudo concluír, a pesar de que se le atribuye su consumación. Algunos, tal vez malintencionados, insisten en que el vacío se debe al analfabetismo de estos pioneros. Otros dicen que no había tiempo para registrar los hechos porque los acontecimientos se producían en una vorágine que sólo dejaba tiempo para la mera y elemental subsistencia.

Pero esas son discusiones marginales. Una vez más, la historia demuestra aquel arcaico principio de que la fuerza creadora está en el deseo y la intención, aunque sean inconscientes, potenciales y futuros; el resto, son simples herramientas.

Mirando a la luz de la proyección de nuestros planes y su cristalización extemporánea, sabemos hoy que, de haber vivido, Pietrobelli hubiera buscado una salida al mar y hubiera fundado un asentamiento a sus orillas. Algo se interpuso para que no fuera así, pero lo revelado, lo que trascendió, fue lo que debía ocurrir porque estaba programado en una mente, como todas, portentosa. Por otra parte, es sabido que la memoria cósmica sólo puede contener las líneas esenciales del devenir, no así las circunstancias. Si Pietrobelli debía fundar la ciudad, entonces la fundó: tiempo, espacio, corporalidad, son ajenos a la esencia de los hechos y totalmente intrascendentes e ineficaces.

 

Notas:

1.        Comodoro Rivadavia, Patagonia Argentina.

2.        (= “extranjero, enemigo”) Locución latina que indica que todo extranjero es, en esencia, enemigo.

3.        (= “con mano de siervo”) Locución latina; expresión con que se califica lo escrito con motivos mercenarios.

4.        Cacique.

5.        Chamán, curandero/a.

6.        Espíritu del mal, también llamado Huecuvoé ("el viejo que merodea por fuera"), hermano del Chachao ("padre de la gente").  Ambos representan la bipolaridad mal-bien en la concepción de la deidad mapuche.

7.        Chenque = cerro a cuyo pie creció la población de Comodoro Rivadavia. En lenguaje autóctono significa “cementerio”; para nosotros es “cementerio de indios”.

 

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